jueves, 28 de julio de 2011

CHARLA EN UNA TERRAZA (3): Complicidad


─Entonces, ¿qué te atrae de todo esto? ─preguntó Diego tras una nueva pausa.

Ella resopló alzando la mirada al cielo, como si suplicase a los hados un hálito inspirador. Quedaba claro que esa pregunta no era nueva para ella; si acaso, era la primera vez que alguien se la hacía abiertamente, de viva voz.

─No lo sé…

─Piénsalo, por favor.

viernes, 1 de abril de 2011

PIEL DE NEÓN (Y 2)

Continuación de PIEL DE NEÓN (1)

Mantenía la mirada dirigida al frente, encarada hacia su perdición en forma de una alegre cuadrilla de jóvenes que, con vasos de plástico en mano, intercambiaban bromas y compartían la velada.

El terreno irregular resultó un gran bromista. Alma descubrió con qué facilidad las suelas de sus zapatos, que poco antes se hartaron de pisotear la pista de baile, ahora eran dos losas de plomo que se adherían al suelo viscoso de tierra. Los menudos pechos, casi de cría, apenas sugerían movimiento, congelados por el frescor de la noche indiferentes ante el ardor interior. Los pezones, duros, señalaban su meta.

Sostenía el tanga en la mano, estrujándolo con tal fuerza que hubiera podido extraer el color. La voz le perseguía, ese sencillo mandato que apenas necesitó media docena de palabras. “Regálaselo a uno de ellos”, le había dicho. La niña continuó.

Aquellos estaban todavía lejos, apoyados en su coche. Ninguno la había descubierto todavía, pero era cuestión de segundos. No más. Se le formó un nudo en la garganta e intentó tragar saliva sin éxito. Continuó despacio sin saber por qué. O cómo. “Regálaselo, regálaselo”.

Estaba muerta de miedo.

domingo, 27 de marzo de 2011

PIEL DE NEÓN (1)

Salieron del pub Cimarrón allá a las cuatro. El aire fresco de noviembre les recibió con un suave bofetón que les reanimó al momento, arrancándoles de su piel los restos de alcohol y música todavía adheridos a causa de las largas horas de coqueteos y bailes en el local. Demasiada gente, pensaban con razón. Salir fuera era atravesar las puertas de un adictivo infierno de luz estroboscópica y aire alimentado por incontables cuerpos sobrecargados de impulso y deseo.

Alma no sabía cómo dejar de reírse. Se lo había pasado en grande y apenas alcanzó el exterior sin tropezar con los inconscientes que se apilaban en la puerta. Se reía, y se sentía feliz. Llena. A su lado, Ernesto callaba. Fue idea suya marcharse y, por más que la mujer se había resistido, no le quedó más remedio que hacerle caso. Alma se agarró a su brazo como temiendo que escapara y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Y volvió a reírse. Alguno la miró extrañado, pero tan sólo el hombre se dio cuenta. Cogió a la mujer de la muñeca y tiró de ella para que echaran a andar.

─¡Espera, no vayas tan deprisa! ─le pidió Alma tratando de no perder un zapato en la caminata. Ernesto no le respondió. Soltó su mano y continuó sin esperarla. Alma, confusa, se ajustó el zapato que había insinuado una rebeldía y se apresuró a ponerse a su altura─. Cariño, ¿estás bien? ─Silencio─. Te noto muy callado. ¿Qué te pasa?

─Nada.

legaron hasta donde tenían aparcado el coche, un solar usado en las noches de los fines de semana como improvisado aparcamiento y lugar de aprovisionamiento de alcohol. Ernesto miró a diestro y siniestro, casi ansioso, quizás ceñudo, y encontró su coche. Cuando Alma, casi sin aliento, había llegado, empezó a caminar y la distancia volvió a crecer entre ambos. Alma ya no tenía ganas de reír.

Subieron al Opel Corsa gris metalizado. Él al volante ella…, ella no pudo subir.

lunes, 27 de diciembre de 2010

CHARLA EN UNA TERRAZA (2): Lo que no es

Continuación de CHARLA EN UNA TERRAZA (1): Los primeros minutos

─Entonces, ¿me lo vas a explicar? ─dijo ella una vez más. Se mordió el labio inferior con una mueca muy graciosa. Parecía una niña.

Diego aguardó un momento, y esta vez no era por hacerla rabiar de impaciencia. Echó una mirada al cielo, azul, mientras ordenaba sus pensamientos y decidía por dónde empezar.

─Quieres saber lo que es el BDSM, ¿verdad?

─Sí.

─Pues empezaré por decirte lo que no es.

─¿Por qué? ¿No sería mejor decirme lo que sí es?

Diego sonrió:

─Porque puedo suponer lo que habrás leído por ahí, lo que quizás hayas visto y, si me fijo en tu preciosa cabecita, también adivinar el barullo que tendrás montado en tu mente.

─Ya. Quizás.

Diego se inclinó sobre la mesa y susurró:

─¿Tienes miedo? ¿Te da miedo el BDSM?

Marta tragó saliva.

─Sí.

─Bien. Eso es bueno ─respondió Diego con una sonrisa aprobadora.

─¿Por qué es bueno?

─Porque es una buena forma de evitar que cometas algunos errores graves ─Aguardó un momento, y prosiguió para clarificar las dudas crecientes que se acumulaban en su compañera─. El BDSM, en sí mismo, no es malo. Pero tampoco por eso significa que sea bueno. Son un conjunto de prácticas, muy variadas entre sí, que pueden llevarse a cabo de mil maneras distintas. La diferencia la marca con quién estés y lo que hagas. Y esto depende, en buena parte, de ti. Por suerte.

”Ya sé lo que has estado viendo en la tele y en relatos, pero la práctica real del BDSM exige compromiso, dedicación, esfuerzo y sentido común por parte de ambos. Sobre todo, de esto último. El BDSM es un pacto libre entre dos personas adultas, un convenio para relacionarse entre sí siguiendo ciertas normas que ellos mismos han formado y asumido de forma voluntaria. Y pueden dejar de practicarlo cuando cualquiera de los dos quiera.

”Esto que te digo es muy importante que lo tengas, ¡siempre!, presente, porque la práctica saludable y adecuada del BDSM NO debe suponer engaños, ni abusos, ni perjuicios, ni injusticias. No es machismo ─o feminismo─, porque no debe implicar ni basarse en la superioridad de uno sobre el otro, ni tampoco en la convicción de que uno goza de una situación de poder per sé, es decir, llegado desde no se sabe dónde, y que te otorga el poder sobre el otro al margen de sus necesidades y decisiones. No es así, y no debe tener lugar.

”Un hombre que maltrata a su pareja es justo eso, un maltratador, y poco importa que conozca el BDSM, o se crea Amo, le excite, o a su pareja le guste la sumisión. Porque estas prácticas no son maltrato.

─Pero, no lo entiendo, ¿no es sado?

─El sado es parte del BDSM, pero no todo. Puede darse, igual que no darse. O puede tener cabida en una distinta medida. Pero cuando se da, es porque ambos lo desean, porque a ambos les gusta, porque ambos dejan de practicarlo cuando lo estimen adecuado y, desde luego, no es por dañar, sino por un fin bien distinto. En el maltrato no se da nada de esto. En un maltrato hay ganas de romper, de destruir, de desintegrar a esa otra persona. Y esto es tan así que en muchos casos se termina en un asesinato.

”No te confundas. A una sumisa le puede gustar recibir azotes, incluso fuertes o muy fuertes, sado propiamente, pero no de cualquiera ni de cualquier modo. No es que quiera que la maten a palos. Le gusta en un contexto determinado, en una relación bien asentada, y por alguien específico. ¡A buenas horas se dejaría hacerlo sin más por el primero que quiera descargar su rabia en ella! Como te dije antes, es necesario que se den ciertas condiciones, y las tres normas básicas son que el BDSM debe ser sano, es decir, saludable y no perjudicial para la salud física y psicológica de ninguna de las partes; seguro, es decir, teniendo control sobre las circunstancias para evitar los accidentes de cualquier índole; y, claro está, consensuado, es decir, elegido por los dos. Y de igual modo que pueden decidirr empezar, pueden decidir dejarlo.

─Entiendo ─dijo Marta sin mucha convicción.

Diego la sonrió con dulzura.

─Creo que aún no, pero no te apures. Te queda mucho por aprender.

─Y por preguntar ─añadió ella.

─Por supuesto. Eso que no falte. Cuanto más sepas, más difícil lo tendrán los demás para manipularte, engañarte o causarte daño. El BDSM puede y son muchas cosas, pero sean las que sean, y lo vivas como lo vivas, que sea de la forma en que quieras ─Marta iba a replicar, pero Diego se adelantó─. No me refiero a que tú dirijas la relación, sino a que esa relación donde estás a merced de alguien, donde estarás dirigida, controlada o sometida por alguien, será elegida por ti. En este mundo pueden darse muchas prácticas y situaciones distintas, pero ninguna se dará lugar salvo que las hayas elegido, directa o indirectamente por ti.

─No lo entiendo. ¡Me estás liando!

─Te lo explicaré así. El “tono” de la relación puede ser muy variado. Podría tener un gran componente de sado, o de dominación psicológica, o como un suave juego sexual. Hablo en términos generales. Si te atrae el sado fuerte…

─No me va. Me asusta.

─Si te gustase ─continuó saltando su comentario─, tendrías que encontrar a alguien a quien también le fuese. Y si no te va, porque lo que te atrae es la dominación psicológica tu elección sería encontrar a quien coincida en gustos, más o menos, contigo. No hay parejas compatibles al cien por cien, pero no tiene sentido estar con alguien si las diferencias son abismales. Conforme la relación progrese y ambos os conozcáis más, podréis encajar y compenetraros.

”En resumen, el BDSM puede ser muchas cosas, pero lo que no debe ser es la causa de que, a largo plazo, no momentáneamente en una práctica determinada, te sientas mal o sufras. Puedes pasar un apuro al recibir unos azotes, pero debería ser algo que te satisfaga porque forma parte de una relación que hace que la disfrutes, por ejemplo, porque esos azotes te hacen sentirte propiedad de alguien, de tu Dueño.

─Eso ya me gusta más ─apuntó ella sonriendo con timidez.

─¿El qué?

─Eso. Sentirme de alguien.

─Me alegro. Es una sensación muy intensa… cuando se alcanza. Requiere esfuerzo por parte de ambos para que se dé. Como todo, la verdad.

Se quedaron un rato en silencio, una asimilando lo que había oído y el otro concediéndole ese tiempo necesario. Fue Marta quien quebró la tranquilidad con una pregunta, que brotó temblorosa de sus labios.

─Diego…

─Dime.

─Y a ti…

─¿Sí? Pregunta sin miedo.

─¿A ti te pone el sado fuerte?

Diego se echó a reír, y Marta se mordió de nuevo el labio inferior. Quiso mostrar una sonrisa, aunque fuese tenue, pero no supo qué le había salido. Su corazón latió con fuerza mientras él le respondía. Y tardó, maliciosamente, un rato en hacerlo.

CONTINUARÁ

domingo, 26 de diciembre de 2010

CHARLA EN UNA TERRAZA (1): Los primeros minutos.

─¿Por qué? ─dijo ella.

─¿Por qué? ─repitió él.

Ella sonrió con vergüenza y movió la cabeza. Su cabellera castaña se agitó levemente y un mechón le cayó cruzando el rostro. Lo apartó con un suave movimiento de la mano y se inclinó para dar un nuevo sorbo a su granizado.

─Eres tú quién me lo ha de decir ─dijo Marta al fin─. Eres el experto.

Diego negó con la cabeza.

─No sólo no soy un experto, sino que aún me queda mucho por aprender y por conocer. Tengo muchos años de experiencia, sí, pero me falta por conocer. Y que no falte.

─Pero sabes mucho más que yo.

─Así es. Desde luego ─sentenció Diego.

─Como ya te dije, soy una novata ─añadió avergonzada. Agitó la cabeza, en un gesto que tanto podría indicar irritación por sus carencias como deseo por dejar de serlo.

─Y, como yo te dije, te enseñaré. Puedo enseñarte.

─¿Cuál es la diferencia?

─Que quizás no encajemos.

─Ya.

─Estas relaciones son complejas. O pueden serlo. Que dos personas se conozcan y se atraigan y surja esa complicidad de la que tanto te he hablado no es fácil. Eso hace más deseable el final.

─Me gusta como hablas, Diego.

─Gracias.

─Se nota que sabes mucho. Eso me gusta. Me da confianza.

─Gracias ─repitió Diego una vez más.

Aguardaron un buen rato, cada cual con su bebida, sentados cómodamente en la terraza de un bar que hacía esquina en la plaza donde habían quedado. Aquella había supuesto el primer encuentro real, pese a haber hablado más de una docena de veces mediante chat y teléfono.

─Entonces, ¿cómo se hace? ─preguntó cuando el silencio se volvió ensordecedor.

─¿El qué?

─Ya lo sabes ─replicó ella─. No seas malo ─añadió con un hilo de voz sin atreverse a mirarle.

Diego suspiró. Alzó la mirada hacia el cielo azul, retorció sus labios en plan pensativo y cuando fijó nuevamente la mirada en ella, Marta se sintió tan cohibida que creyó que sus ojos azules la penetraban como dos dagas. Se vio obligada a bajar la mirada hacia su bebida una vez más. Su corazón no daba abasto.

─Hablando ─dijo sencillamente─. No hay otra forma para empezar. O, al menos, es la mejor.

─Hablemos pues ─respondió la muchacha conforme.

─Entonces, empecemos por el principio.

─¿Y cómo era?

─Con un por qué.

─¿Por qué qué?

─Por qué fantaseas y por qué deseas experimentar el BDSM.

El sonrojo cubrió el rostro de Marta y se echó hacia atrás hasta que la espalda golpeó el respaldo de la silla. Cerró los ojos, pero eso aún fue peor. Cientos de imágenes cayeron sobre ella con diáfana claridad. De pronto, hacía mucha calor, y aquel granizado no era lo bastante frio.

CONTINÚA EN CHARLA EN UNA TERRAZA (2): Lo que no es

domingo, 5 de septiembre de 2010

DESAFÍO

¿Crees vencerme? ¿Crees de verdad que vas a poder vencerme?

Piénsalo de nuevo. Piensa más.

Vienes a mi lado dándotelas de macho cabrío, de tipo duro, de hombre experimentado, de mandamás del barrio y no eres sino un pobre chiquillo asustado de su sombra con ínfulas de grandeza. ¿Y así vas a vencerme? ¿Te crees que voy a entregarme a alguien como tú? Sigue pensando. Te hace falta y, hasta ahora, lo has hecho muy mal.

No estoy aquí porque sea tonta, ni estúpida. No soy una imbécil insegura que necesita de tu sombra para sentirse protegida, ni tu mirada aprobadora para aceptar mi reconocimiento. No soy sumisa por que haya nacido con un estigma o una condición. No soy nada de eso como tan fácilmente concluiste. Lo soy porque quiero y punto, y dejaré de serlo cuando así lo decida.

¿Que no es eso propio de una sumisa? ¿Qué hemos de ser obedientes, amables, entregadas? ¿Algo más? Porque no es así como lo entiendo y, te guste o no, así soy. ¿Me quieres a mí? ¿En serio me quieres? No, reflexiona una vez más, porque no es una pregunta baladí. Te pregunto qué sí de verdad me quieres a mí.

Pues gánatelo. Vénceme.
Te voy a desafiar; me verás protestar; sentirás mi rabia; tentaré tu compasión; te provocaré como nadie te ha provocado antes; te morderé a poco que dejes tu cuello al alcance de mis mandíbulas. Y probablemente, porque ya ha sucedido antes, terminarás huyendo. No serás el último ni el primero, de modo que no te avergüences. Sólo habrás demostrado que eres uno más, uno de esos sueños quebrados por la realidad, por mi mal humor, por mi falta de conocimiento del BDSM y porque me he vuelto una mocosa incorregible, una maleducada sin remisión. Así soy, pero, aún peor, así me gusta ser.

Pero si resistes… si aprendes a conocerme, si consigues doblegarme… ¡Ah, amigo! Si me sometes…

Entonces seré tuya. Entonces, mi buen Amo, me habrás hecho tuya, con todas las sílabas ─sólo dos─, con todas sus letras ─¿te las deletreo?─. Y ahí me demostrarás por qué soy tuya y por qué estás conmigo. Y sé lo que me espera, no lo dudes:

Tus castigos, esos tan terribles que me estremecen apenas me los mencionas; esas humillaciones que me crispan los nervios y me mojan las bragas; y esos azotes, uno tras otro, marcando mis nalgas ─mi culo, ¡qué coño!─ hasta hacerme morder el labio inferior por la rabia, la vergüenza, el dolor, la indefensión; esas cuerdas que mordisqueen la piel de mis muñecas y tobillos, o allí donde hagan falta, para que no me escape, para que no te obligue a sujetarme con tu fuerza física; esa bofetada, seca, corta, rápida, inesperada. Merecida; esa orden, y esa otra, y la siguiente, y la que vendrá después, y todas las demás. ¿Qué debo hacer? ¿Chupártela? ¿Otra vez? ¿Y ahora convertirme en tu perra? ¿Qué lo admita? ¿Qué lo demuestre? ¿Qué, qué, dime, joder, qué más me vas a hacer?

Lo asumo y lo acepto, porque es lo que quiero. Lo dije antes, que soy sumisa porque quiero, y dejaré de serlo si no. Y no quiero. No quiero. No cuando me has demostrado tu valía, cuando me has sabido manejar, cuando me has enseñado paciencia, y voluntad, y sin necesidad de pedestal, te siento encima de mí, y yo, sin bajar a ningún lado, me encuentro debajo de ti. Eso es, eso sucederá algún día, cuando te encuentre, cuando te conozca.
Cuando me hayas vencido.

sábado, 14 de noviembre de 2009

LA DISCUSIÓN

–¡Vete a la mierda!

Él la miró con el ceño fruncido pero se abstuvo de responder. La vio alejarse por la calle a paso rápido, tan altiva y orgullosa como siempre; tan deseosa y necesitada de varios correctivos como siempre. Clavando sus ojos azules en su espalda, hendió las uñas en las palmas de las manos y se decidió a poner en marcha sus pies para alcanzarla.

Era el inicio del otoño, pero el calor aún se dejaba notar y la tarde había resultado muy agradable. Agradable hasta que empezó aquella discusión, claro está. Y la razón de todo era… bueno, por lo de siempre: uno y otro compitiendo para probar quién era más terco y quién resistía a dar su brazo a torcer.

Sí, eso estaría muy bien, pensó el joven. Se lo torcería hasta que ella gimiese de dolor y luego…

–Te estás pasando, Laura –le advirtió cuando se puso a su altura.

–¡Déjame en paz!

Aprovechando que no había nadie en las inmediaciones y que, por espacio de algunos segundos, gozarían de cierta intimidad, la cogió del pelo y la forzó a doblar la cabeza hasta desnudar su cuello. Él era un vampiro deseoso de clavar sus colmillos en su carne, y ella no era más que una tierna presa… Tierna, pero no desprovista de buen temperamento. Laura se debatió con fuerza, le desafió con la mirada y, por último, sus dientes dejaron su impronta en el dorso de la mano del hombre.

Como única respuesta posible, la abofeteó.

Se cruzaron dos miradas de odio y desafío, uno acalorado y la otra con la mejilla encendida, pero se abstuvieron de decirse nada más. En esos instantes una mujer con un carrito de bebé acababa de doblar la esquina y pasó a su lado. Si intuyó algo inusual en esa pareja se cuidó mucho de mostrarlo. Aún no había desaparecido en el final de la calle cuando el hombre la cogió de la muñeca y tiró de la muchacha para obligarla a ir a su lado. Laura trató de desasirse, claro está, pero él tenía las manos de hierro y no dudó en clavar las uñas en su blanda muñeca como primera advertencia.

–Me haces daño –le previno sin lograr respuesta alguna–. ¡Que me haces daño!

Tampoco el alzar la voz sirvió de mucho. Sólo cuando ella accedió, muy a su pesar, a acompañarle, aflojó su presión pero sin permitirle ningún amago de libertad.

Estaba claro a dónde se dirigían, y su destino apareció apenas diez minutos después. Tras cruzar el puente que dividía la ciudad en dos y una gran avenida, alcanzaron la casa que compartían.

En todo el trayecto no intercambiaron una palabra, ni una mirada. Cada cual seguía el mismo camino sin más contacto que el físico, pues seguían pensamientos bien dispares. La tensión entre ambos era notable. Incluso la misma palabra “tensión” se quedaba corta para el enfado, la rabia y la irritación dejados a su paso como si una amarga estela se tratase.

Subieron las dos plantas aún enlazados con aquellos grilletes formados por carne, hueso y piel y, al llegar al rellano de las escaleras, él la empujó sin miramientos contra la pared. Si ella se dolió por el trato brusco no se dignó a mostrarlo ni con un mero quejido. El hombre abrió la puerta, agarró a la muchacha y la empujó con brusquedad a su interior.

Aún no había cerrado la puerta a su espalda cuando él la abofeteó por segunda vez. Laura le miró con furia descarnada, pero, salvo el rechinar de los dientes, el silencio regresó a su hogar compartido. Por poco tiempo, claro.

–¿A qué viene eso?

Sin ningún miramiento, el hombre la tomó por los hombros y la empujó contra la pared. Laura trató de zafarse de su acoso, pero no era lo bastante fuerte y no consiguió sino retrasar unos segundos sus intentos por arrancarle la blusa cuyos botones salieron despedidos en todas direcciones.

–¡Déjame en paz! ¿Qué pretendes?

Se aproximó hasta que sus labios rozaron los de ella pero, lejos de besarla, esquivó su boca para aproximarse hasta su oreja donde susurró con una voz gélida y fría como el hielo:

–Darte una lección.

–¡Estás loco!

Como respuesta, le cogió ambas muñecas y la forzó a mantenerlas por encima de su cabeza.

–¡Suéltame!

–Creo que no –le aseguró él–. Eres demasiado huidiza para mi gusto.

–¡Soy como me sale de los huevos!

–Tú de eso no tienes.

–¡Más grandes que los tuyos! –replicó Laura.

Para silenciarla, el hombre alzó una rodilla y la apoyó sobre la ingle de la mujer presionando por unos instantes. Ella trató de soltarse primero, soportarlo después, y, por último, suplicó:

–Por favor…

–No te oigo, perrita.

–Por favor, para.

Por algunos instantes pareció meditarlo, recreándose en el rostro compungido de Laura, pero cedió al fin y la soltó. Mientras ella se frotaba sus muñecas doloridas, que aún sentían la presa del hombre, se dirigió hacia el dormitorio, pero él la detuvo con una orden seca.

–Ni se te ocurra moverte de ahí.

Laura se giró, titubeó entre replicarle o no, pero finalmente optó por guardar silencio.

–¡Desnúdate! –Sin siquiera alzar la voz, su tono tenso y autoritario encerró a la mujer en un diminuto estado de shock que la dejó congelada en el sitio. No se molestó en repetir la orden; ni siquiera en concederle unos segundos de tregua. Se lanzó contra ella, la agarró de donde fue necesario y le arrancó la ropa, a veces de una pieza, a veces rasgada. Tampoco ella se quedó atrás y, uniendo a sus protestas verbales, hizo acopio de sus agitadas fuerzas y luchó con el suficiente ahínco como para arrancarle a su vez la camisa al hombre.

Parecía que aquella lucha le hacía disfrutar. Así lo vio Laura al verle sonreír y percatarse de un brillo, a medias entre la satisfacción y la crueldad, en sus ojos que la tensaron aún más. Quiso escapar, desasirse de sus manos de acero, pero sus desmanes no obtuvieron nada más sino proporcionarle la excusa deseada para que el hombre agarrara su ropa interior, un sostén rojo y un tanga a juego, y empleara, el primero, para atarle las manos a la espalda, con una firmeza que no hubiera sospechado antes.

–¡Suéltame! No tiene ni puta gracia. ¡Suéltame de una vez, coño! –le gritó ella. Él se reclinó lentamente, le apartó sus cabellos del rostro, le acarició la sien con unos dedos que parecían tener la piel de lija, y se aproximó para besarle la frente con inusitada ternura. Después, con dos dedos de su mano izquierda le presionó la nariz hasta que la asfixia hicieron brotar lenguas de fuego en sus pulmones en la mujer y, apenas abrió la boca para recuperar el aliento, él aprovechó ese provocado momento para meterle el tanga en la boca.

–A veces, hablas demasiado, perra.

Quedó claro al momento que ella no estaba dispuesta a soportarlo, pero mientras pugnaba por deshacerse de la prenda de ropa encajada en su boca, él la tomó del cuerpo, la alzó en al aire y la condujo hasta una silla próxima a los dos. Se sentó, la colocó sobre sus rodillas boca abajo, como si no fuera sino una mocosa insolente, una mera niña mimada y borde, y la azotó en las nalgas con su propia mano una y otra vez.

No fue el dolor lo que la molestó, claro que no. Pese al creciente picor en cada nalga por las fuertes palmadas que él la propinaba, fue aquella postura tan humillante, tan impropia de alguien de su edad lo que más la afectó. Escuchaba cada azote con sorprendente claridad, un chasquido tras otro mientras sus nalgas temblaban por las palmadas y cómo sus pechos se balanceaban al compás del movimiento. ¡Joder, que la estaba azotando como si fuera una puta cría!

Cuando se cansó, demasiado tiempo después, la echó al suelo. Supuso que al fin habría acabado todo, pero él ni siquiera le hizo creer que pensaba desatarla. Escupió al fin aquel tanga empapado de su propia saliva –¿y algo más?– y, desde el suelo, le vio salir del vestíbulo que aún no habían abandonado. No tardó mucho en regresar. En la mano derecha sostenía una caña, una fina varilla que recogió tiempo atrás y que con un mínimo de fuerza era capaz de dejar señalizada su paso en su carne mediante una delgada y rojiza huella.

–De rodillas, perra –ordenó. Su sonrisa era pérfida, devoradora. Como la de un escualo, pensó ella. Sí, justo eso, de un tiburón.

–¡Vete a la mierda! –le gritó Laura aún desde el suelo. El hombre no se amedrantó por el insulto. Ni siquiera se molestó por ello, como si lo esperara; como si incluso desease provocar en ella esa rabia y enfado que le permitiesen proseguir aquel trato dominante y humillante con ella.

–Ponte de rodillas o te pongo yo.

–¡Que me sueltes de una vez, cabrón!

Soltó la caña y, sin descubrir el segundo objeto que debiera llevar en la otra mano, la agarró del pelo y tiró del mismo hasta obligarla a alzar la vista al cielo donde parecía encontrarse él, y forzarla a postrarse de rodillas. Fue una postura poco agraciada y no muy esbelta, pero efectivamente terminó, más o menos, como él había deseado. Y fue entonces, mientras le escupía una mirada de odio, rencor y furia, que él le enseñó lo que había estado escondido:

Un bozal. Un bozal de perro, uno de verdad.

Laura palideció primero, se sonrojó después, abrió los ojos de par en par, y buscó la forma de escapar de aquel destino que había decretado aquel hombre.

–¡Ni se te ocurra! ¡Jamás, nunca, jamás me lo pondrás! –chilló como la chiquilla en que se convirtió cuando la sostuvo sobre sus rodillas–. No me lo pondré en mi puta vida. ¡Jamás!

Quedó claro que él no pensaba así, ni mucho menos. Y que tenía todas las de ganar. Y que tenía la fuerza, la oportunidad y la decisión para, como poco, intentarlo. Sin aflojar su agarre sobre su pelo, impidió que se pudiera escapar y, soportando sus ridículos golpes y empujones con las piernas y el hombro, le fue colocando el bozal de perro en su cara. Por supuesto, ella agitó la cabeza una y otra vez deshaciendo todo el trabajo y los esfuerzos del hombre por colocárselo, pero dos secas bofetadas, seguidas, intensas, la dejaron paralizada el tiempo suficiente como para que él se lo colocase.

Desde detrás de la pieza de plástico Laura vio el mundo y a su Amo de un modo cuadriculado. Movió la cabeza una vez más, ya sin fuerzas, pero el bozal no se movió un ápice. Él se había cuidado mucho de modificarlo de forma adecuada como para que encajase en un rostro humano, en un rostro de mujer, el rostro de su sumisa. Estaba a su merced, indefensa, dominada, sojuzgada. Estaba en sus manos, para lo que quisiera. Y lo que quiso fue…

La arrastró consigo hasta sacarla del vestíbulo. Y arrastrarla era un verbo que se quedaba corto por la fiereza mostrada por Laura para impedir ser llevada así, como un fardo, como un objeto, como alguien sin voluntad. Estaba más que harta de ser la muñequita indefensa que, sin duda lo era, pero otra cosa es reconocerlo… o dar su brazo a torcer. Sin muchos miramientos le hizo traspasar la puerta acristalada hasta aterrizar sobre una gran mesa de caoba de solidez indiscutible. Echada boca abajo, con las manos atadas a su espalda y el bozal bien sujeto a su rostro, sintió el peso del hombre cuando se apoyó sobre ella sujetando la mano sobre su cabeza hasta presionársela contra la pulida superficie de madera y susurrar:

–Por cada palabra más alta de lo debido, por cada insulto proferido, por cada gesto despectivo, por cada desobediencia y por cada desaire, vas a pagar.

Y mientras la sujetaba con una firmeza fuera de lo común contra la mesa, impidiéndola incorporarse, escuchó, y sintió, y padeció, una larga tanda de azotes propinados con un instrumento que conocía muy bien: la caña.

Cada azote fue como un menudo y punzante mordisco en sus carnes, una hendidura afilada que chasqueaba en su piel dejando –estaba bien segura– una fina marca que en breve tomaría un color rojizo. No tardarían sus nalgas en mostrar todo un dibujo formado por surcos que resaltarían a la vista de cualquiera que la mirase. Y ella, que no podía verlos, sin embargo sería mucho más consciente de esas huellas en los días venideros cada vez que su ropa interior le rozase la piel dolorida, o cuando tomase asiento o cuando simplemente lo rememorase. Nunca sabría cuántos azotes recibió, pero tuvo que reconocer que sus ojos se habían empañado con las lágrimas, su labio inferior lucía la marca de sus dientes y su saliva sabía a súplica apenas contenida.

Desnudada, humillada, dolorida y, seguidamente… ¿follada?

Casi. Sí, pero casi. Porque para su vergüenza sin par, el hombre la obligó a separar sus piernas mediante sucesivos golpes en sus pies y clavó su diestra en su ingle, pasando la mano por encima de su sexo. Ella supo al instante lo que encontró, porque hasta para ella, en su estado, era evidente. El hombre le aproximó dos dedos húmedos y olorosos para que su humillación fuese total y, por suerte, no se lo recriminó verbalmente. Quizás no fue por compasión, sino para que la burla fuese aún mayor. Sí, era cierto… estaba cachonda. Mucho. Pero aún así…

A su espalda escuchó un último sonido, el de un cinturón que se desprendía de su pantalón. ¿Más azotes, quizás? No, esta vez no… La cogió por la cintura, aproximó su sexo al de ella y, directamente la penetró.

En su estado, entre febril, excitado, confuso y agotado, no se sentía con más ánimos para protestar o rebelarse. Sólo se dejaba llevar por una fantasía en la que, en realidad, era una chica sometida sexualmente por su pareja en una relación tan morbosa como fascinante para ella. Con una sonrisa, recordó que aquello no era una fantasía. Era la misma realidad.

Un tiempo más tarde los dos yacían abrazados en el suelo del comedor, cerca de la ventana. Él mantenía un brazo por encima de sus hombros y ella yacía a su costado, reclinando su rostro sobre su pecho para escuchar su corazón. La “música de su vida”, lo llamaba. En algún momento, ella, despacio, cambió de postura. Cuando él la interrogó con la mirada, Laura se lo explicó entre risas:

–¡Me duele el culo!

También él esbozó una sonrisa, pero no dijo nada en un buen rato. Sólo entonces, cuando aceptó reconocerlo, le dijo:

–Está bien, puedes decirlo.

–¿Decir el qué? –Laura fingió inocencia. No muy bien, por cierto.

–El “te lo dije”. Sé que te mueres por echármelo en cara.

Tal como esperaba que hiciera, se echó a reír.

–¡Te–lo–dije! –repitió ella paladeando todas y cada una de las palabras.

–Es cierto –reconoció él mirándola fijamente. La besó en la coronilla y dejó que continuara–. Te dije que acabaríamos de lo más cachondos.

El hombre soltó un suspiro a medias entre resignación y alivio.

–Pues otro día lo repetimos entonces.

Laura enarcó las cejas.

–Podemos hacerlo, sí, o…

–¿O?

Laura se incorporó y le miró con un brillo renovado de ilusión en sus ojos:

–¡Verás! ¡He tenido una idea genial!

Él palideció un segundo y, seguidamente, se preparó para escuchar su nueva propuesta. Y Laura, claro está, se la contó.