sábado, 14 de noviembre de 2009

LA DISCUSIÓN

–¡Vete a la mierda!

Él la miró con el ceño fruncido pero se abstuvo de responder. La vio alejarse por la calle a paso rápido, tan altiva y orgullosa como siempre; tan deseosa y necesitada de varios correctivos como siempre. Clavando sus ojos azules en su espalda, hendió las uñas en las palmas de las manos y se decidió a poner en marcha sus pies para alcanzarla.

Era el inicio del otoño, pero el calor aún se dejaba notar y la tarde había resultado muy agradable. Agradable hasta que empezó aquella discusión, claro está. Y la razón de todo era… bueno, por lo de siempre: uno y otro compitiendo para probar quién era más terco y quién resistía a dar su brazo a torcer.

Sí, eso estaría muy bien, pensó el joven. Se lo torcería hasta que ella gimiese de dolor y luego…

–Te estás pasando, Laura –le advirtió cuando se puso a su altura.

–¡Déjame en paz!

Aprovechando que no había nadie en las inmediaciones y que, por espacio de algunos segundos, gozarían de cierta intimidad, la cogió del pelo y la forzó a doblar la cabeza hasta desnudar su cuello. Él era un vampiro deseoso de clavar sus colmillos en su carne, y ella no era más que una tierna presa… Tierna, pero no desprovista de buen temperamento. Laura se debatió con fuerza, le desafió con la mirada y, por último, sus dientes dejaron su impronta en el dorso de la mano del hombre.

Como única respuesta posible, la abofeteó.

Se cruzaron dos miradas de odio y desafío, uno acalorado y la otra con la mejilla encendida, pero se abstuvieron de decirse nada más. En esos instantes una mujer con un carrito de bebé acababa de doblar la esquina y pasó a su lado. Si intuyó algo inusual en esa pareja se cuidó mucho de mostrarlo. Aún no había desaparecido en el final de la calle cuando el hombre la cogió de la muñeca y tiró de la muchacha para obligarla a ir a su lado. Laura trató de desasirse, claro está, pero él tenía las manos de hierro y no dudó en clavar las uñas en su blanda muñeca como primera advertencia.

–Me haces daño –le previno sin lograr respuesta alguna–. ¡Que me haces daño!

Tampoco el alzar la voz sirvió de mucho. Sólo cuando ella accedió, muy a su pesar, a acompañarle, aflojó su presión pero sin permitirle ningún amago de libertad.

Estaba claro a dónde se dirigían, y su destino apareció apenas diez minutos después. Tras cruzar el puente que dividía la ciudad en dos y una gran avenida, alcanzaron la casa que compartían.

En todo el trayecto no intercambiaron una palabra, ni una mirada. Cada cual seguía el mismo camino sin más contacto que el físico, pues seguían pensamientos bien dispares. La tensión entre ambos era notable. Incluso la misma palabra “tensión” se quedaba corta para el enfado, la rabia y la irritación dejados a su paso como si una amarga estela se tratase.

Subieron las dos plantas aún enlazados con aquellos grilletes formados por carne, hueso y piel y, al llegar al rellano de las escaleras, él la empujó sin miramientos contra la pared. Si ella se dolió por el trato brusco no se dignó a mostrarlo ni con un mero quejido. El hombre abrió la puerta, agarró a la muchacha y la empujó con brusquedad a su interior.

Aún no había cerrado la puerta a su espalda cuando él la abofeteó por segunda vez. Laura le miró con furia descarnada, pero, salvo el rechinar de los dientes, el silencio regresó a su hogar compartido. Por poco tiempo, claro.

–¿A qué viene eso?

Sin ningún miramiento, el hombre la tomó por los hombros y la empujó contra la pared. Laura trató de zafarse de su acoso, pero no era lo bastante fuerte y no consiguió sino retrasar unos segundos sus intentos por arrancarle la blusa cuyos botones salieron despedidos en todas direcciones.

–¡Déjame en paz! ¿Qué pretendes?

Se aproximó hasta que sus labios rozaron los de ella pero, lejos de besarla, esquivó su boca para aproximarse hasta su oreja donde susurró con una voz gélida y fría como el hielo:

–Darte una lección.

–¡Estás loco!

Como respuesta, le cogió ambas muñecas y la forzó a mantenerlas por encima de su cabeza.

–¡Suéltame!

–Creo que no –le aseguró él–. Eres demasiado huidiza para mi gusto.

–¡Soy como me sale de los huevos!

–Tú de eso no tienes.

–¡Más grandes que los tuyos! –replicó Laura.

Para silenciarla, el hombre alzó una rodilla y la apoyó sobre la ingle de la mujer presionando por unos instantes. Ella trató de soltarse primero, soportarlo después, y, por último, suplicó:

–Por favor…

–No te oigo, perrita.

–Por favor, para.

Por algunos instantes pareció meditarlo, recreándose en el rostro compungido de Laura, pero cedió al fin y la soltó. Mientras ella se frotaba sus muñecas doloridas, que aún sentían la presa del hombre, se dirigió hacia el dormitorio, pero él la detuvo con una orden seca.

–Ni se te ocurra moverte de ahí.

Laura se giró, titubeó entre replicarle o no, pero finalmente optó por guardar silencio.

–¡Desnúdate! –Sin siquiera alzar la voz, su tono tenso y autoritario encerró a la mujer en un diminuto estado de shock que la dejó congelada en el sitio. No se molestó en repetir la orden; ni siquiera en concederle unos segundos de tregua. Se lanzó contra ella, la agarró de donde fue necesario y le arrancó la ropa, a veces de una pieza, a veces rasgada. Tampoco ella se quedó atrás y, uniendo a sus protestas verbales, hizo acopio de sus agitadas fuerzas y luchó con el suficiente ahínco como para arrancarle a su vez la camisa al hombre.

Parecía que aquella lucha le hacía disfrutar. Así lo vio Laura al verle sonreír y percatarse de un brillo, a medias entre la satisfacción y la crueldad, en sus ojos que la tensaron aún más. Quiso escapar, desasirse de sus manos de acero, pero sus desmanes no obtuvieron nada más sino proporcionarle la excusa deseada para que el hombre agarrara su ropa interior, un sostén rojo y un tanga a juego, y empleara, el primero, para atarle las manos a la espalda, con una firmeza que no hubiera sospechado antes.

–¡Suéltame! No tiene ni puta gracia. ¡Suéltame de una vez, coño! –le gritó ella. Él se reclinó lentamente, le apartó sus cabellos del rostro, le acarició la sien con unos dedos que parecían tener la piel de lija, y se aproximó para besarle la frente con inusitada ternura. Después, con dos dedos de su mano izquierda le presionó la nariz hasta que la asfixia hicieron brotar lenguas de fuego en sus pulmones en la mujer y, apenas abrió la boca para recuperar el aliento, él aprovechó ese provocado momento para meterle el tanga en la boca.

–A veces, hablas demasiado, perra.

Quedó claro al momento que ella no estaba dispuesta a soportarlo, pero mientras pugnaba por deshacerse de la prenda de ropa encajada en su boca, él la tomó del cuerpo, la alzó en al aire y la condujo hasta una silla próxima a los dos. Se sentó, la colocó sobre sus rodillas boca abajo, como si no fuera sino una mocosa insolente, una mera niña mimada y borde, y la azotó en las nalgas con su propia mano una y otra vez.

No fue el dolor lo que la molestó, claro que no. Pese al creciente picor en cada nalga por las fuertes palmadas que él la propinaba, fue aquella postura tan humillante, tan impropia de alguien de su edad lo que más la afectó. Escuchaba cada azote con sorprendente claridad, un chasquido tras otro mientras sus nalgas temblaban por las palmadas y cómo sus pechos se balanceaban al compás del movimiento. ¡Joder, que la estaba azotando como si fuera una puta cría!

Cuando se cansó, demasiado tiempo después, la echó al suelo. Supuso que al fin habría acabado todo, pero él ni siquiera le hizo creer que pensaba desatarla. Escupió al fin aquel tanga empapado de su propia saliva –¿y algo más?– y, desde el suelo, le vio salir del vestíbulo que aún no habían abandonado. No tardó mucho en regresar. En la mano derecha sostenía una caña, una fina varilla que recogió tiempo atrás y que con un mínimo de fuerza era capaz de dejar señalizada su paso en su carne mediante una delgada y rojiza huella.

–De rodillas, perra –ordenó. Su sonrisa era pérfida, devoradora. Como la de un escualo, pensó ella. Sí, justo eso, de un tiburón.

–¡Vete a la mierda! –le gritó Laura aún desde el suelo. El hombre no se amedrantó por el insulto. Ni siquiera se molestó por ello, como si lo esperara; como si incluso desease provocar en ella esa rabia y enfado que le permitiesen proseguir aquel trato dominante y humillante con ella.

–Ponte de rodillas o te pongo yo.

–¡Que me sueltes de una vez, cabrón!

Soltó la caña y, sin descubrir el segundo objeto que debiera llevar en la otra mano, la agarró del pelo y tiró del mismo hasta obligarla a alzar la vista al cielo donde parecía encontrarse él, y forzarla a postrarse de rodillas. Fue una postura poco agraciada y no muy esbelta, pero efectivamente terminó, más o menos, como él había deseado. Y fue entonces, mientras le escupía una mirada de odio, rencor y furia, que él le enseñó lo que había estado escondido:

Un bozal. Un bozal de perro, uno de verdad.

Laura palideció primero, se sonrojó después, abrió los ojos de par en par, y buscó la forma de escapar de aquel destino que había decretado aquel hombre.

–¡Ni se te ocurra! ¡Jamás, nunca, jamás me lo pondrás! –chilló como la chiquilla en que se convirtió cuando la sostuvo sobre sus rodillas–. No me lo pondré en mi puta vida. ¡Jamás!

Quedó claro que él no pensaba así, ni mucho menos. Y que tenía todas las de ganar. Y que tenía la fuerza, la oportunidad y la decisión para, como poco, intentarlo. Sin aflojar su agarre sobre su pelo, impidió que se pudiera escapar y, soportando sus ridículos golpes y empujones con las piernas y el hombro, le fue colocando el bozal de perro en su cara. Por supuesto, ella agitó la cabeza una y otra vez deshaciendo todo el trabajo y los esfuerzos del hombre por colocárselo, pero dos secas bofetadas, seguidas, intensas, la dejaron paralizada el tiempo suficiente como para que él se lo colocase.

Desde detrás de la pieza de plástico Laura vio el mundo y a su Amo de un modo cuadriculado. Movió la cabeza una vez más, ya sin fuerzas, pero el bozal no se movió un ápice. Él se había cuidado mucho de modificarlo de forma adecuada como para que encajase en un rostro humano, en un rostro de mujer, el rostro de su sumisa. Estaba a su merced, indefensa, dominada, sojuzgada. Estaba en sus manos, para lo que quisiera. Y lo que quiso fue…

La arrastró consigo hasta sacarla del vestíbulo. Y arrastrarla era un verbo que se quedaba corto por la fiereza mostrada por Laura para impedir ser llevada así, como un fardo, como un objeto, como alguien sin voluntad. Estaba más que harta de ser la muñequita indefensa que, sin duda lo era, pero otra cosa es reconocerlo… o dar su brazo a torcer. Sin muchos miramientos le hizo traspasar la puerta acristalada hasta aterrizar sobre una gran mesa de caoba de solidez indiscutible. Echada boca abajo, con las manos atadas a su espalda y el bozal bien sujeto a su rostro, sintió el peso del hombre cuando se apoyó sobre ella sujetando la mano sobre su cabeza hasta presionársela contra la pulida superficie de madera y susurrar:

–Por cada palabra más alta de lo debido, por cada insulto proferido, por cada gesto despectivo, por cada desobediencia y por cada desaire, vas a pagar.

Y mientras la sujetaba con una firmeza fuera de lo común contra la mesa, impidiéndola incorporarse, escuchó, y sintió, y padeció, una larga tanda de azotes propinados con un instrumento que conocía muy bien: la caña.

Cada azote fue como un menudo y punzante mordisco en sus carnes, una hendidura afilada que chasqueaba en su piel dejando –estaba bien segura– una fina marca que en breve tomaría un color rojizo. No tardarían sus nalgas en mostrar todo un dibujo formado por surcos que resaltarían a la vista de cualquiera que la mirase. Y ella, que no podía verlos, sin embargo sería mucho más consciente de esas huellas en los días venideros cada vez que su ropa interior le rozase la piel dolorida, o cuando tomase asiento o cuando simplemente lo rememorase. Nunca sabría cuántos azotes recibió, pero tuvo que reconocer que sus ojos se habían empañado con las lágrimas, su labio inferior lucía la marca de sus dientes y su saliva sabía a súplica apenas contenida.

Desnudada, humillada, dolorida y, seguidamente… ¿follada?

Casi. Sí, pero casi. Porque para su vergüenza sin par, el hombre la obligó a separar sus piernas mediante sucesivos golpes en sus pies y clavó su diestra en su ingle, pasando la mano por encima de su sexo. Ella supo al instante lo que encontró, porque hasta para ella, en su estado, era evidente. El hombre le aproximó dos dedos húmedos y olorosos para que su humillación fuese total y, por suerte, no se lo recriminó verbalmente. Quizás no fue por compasión, sino para que la burla fuese aún mayor. Sí, era cierto… estaba cachonda. Mucho. Pero aún así…

A su espalda escuchó un último sonido, el de un cinturón que se desprendía de su pantalón. ¿Más azotes, quizás? No, esta vez no… La cogió por la cintura, aproximó su sexo al de ella y, directamente la penetró.

En su estado, entre febril, excitado, confuso y agotado, no se sentía con más ánimos para protestar o rebelarse. Sólo se dejaba llevar por una fantasía en la que, en realidad, era una chica sometida sexualmente por su pareja en una relación tan morbosa como fascinante para ella. Con una sonrisa, recordó que aquello no era una fantasía. Era la misma realidad.

Un tiempo más tarde los dos yacían abrazados en el suelo del comedor, cerca de la ventana. Él mantenía un brazo por encima de sus hombros y ella yacía a su costado, reclinando su rostro sobre su pecho para escuchar su corazón. La “música de su vida”, lo llamaba. En algún momento, ella, despacio, cambió de postura. Cuando él la interrogó con la mirada, Laura se lo explicó entre risas:

–¡Me duele el culo!

También él esbozó una sonrisa, pero no dijo nada en un buen rato. Sólo entonces, cuando aceptó reconocerlo, le dijo:

–Está bien, puedes decirlo.

–¿Decir el qué? –Laura fingió inocencia. No muy bien, por cierto.

–El “te lo dije”. Sé que te mueres por echármelo en cara.

Tal como esperaba que hiciera, se echó a reír.

–¡Te–lo–dije! –repitió ella paladeando todas y cada una de las palabras.

–Es cierto –reconoció él mirándola fijamente. La besó en la coronilla y dejó que continuara–. Te dije que acabaríamos de lo más cachondos.

El hombre soltó un suspiro a medias entre resignación y alivio.

–Pues otro día lo repetimos entonces.

Laura enarcó las cejas.

–Podemos hacerlo, sí, o…

–¿O?

Laura se incorporó y le miró con un brillo renovado de ilusión en sus ojos:

–¡Verás! ¡He tenido una idea genial!

Él palideció un segundo y, seguidamente, se preparó para escuchar su nueva propuesta. Y Laura, claro está, se la contó.

domingo, 18 de octubre de 2009

¿QUÉ ES EL BDSM?


Ésta es una pregunta sencilla de formular y muy compleja de responder. O sea, que me voy a enrollar. Avisados estáis. Como alternativa, está la Wikipedia.

La literalidad de la respuesta bastaría para explicar que son las siglas de Bondage, Disciplina, Dominación/Sumisión y Masoquismo. Personalmente (y porque me gusta ir a la mía) siempre lo he reducido a Bondage, Dominación, Sumisión y Masoquismo. Más cortito y, así, las siglas coinciden.

En resumen, da igual.

La complicación de explicar en qué consiste el BDSM es que conjunta un número muy grande y heterogénea de prácticas eróticas/sexuales, donde mucha gente dice y hace muchas cosas, influida por muchos conceptos, prejuicios, leyendas, deformaciones, distorsiones, complejos y fantasías.

Daré un ejemplo: el 95 por ciento de lo que he visto al respecto o relacionado con ello en la tele, mediante reportajes, me ha parecido hortera, chabacano, decepcionante, ridículo, estereotipado, manipulado, estúpido y antierótico. Como poco. Pero, claro, estamos hablando de la tele donde es difícil explicar algo de lo que se sabe poco y se entiende la mitad. Entendamos algo, y es que si yo no supiese nada de este tema y viese algún reportaje televisivo, sencillamente lo apagaría. No me gusta. Más aún, lo veo idiota. Sí, es sólo mi opinión, porque entiendo muy bien que si sale, es porque existe, y si existe es porque a otras personas le gustan y, desde luego, tienen derecho a hacerlo y practicarlo. Por eso yo voy a explicar lo que es, para mí, el BDSM.

Precisamente, esto último es uno de los conceptos más difíciles de entender, y es que no existe “un” BDSM, sino muchos, puesto que, como dije al inicio, reúne un conjunto muy grande de prácticas, de forma que unos se sienten a gusto con unas, otros con otras, etc. ¿Lógico, no?

Pero, entonces, a ver, ¿de qué puñetas va el BDSM? Pues va de dominar. Bueno, y de más cosas. De bastantes más cosas. ¿He dicho que es complejo?

Para mí, el BDSM, o las facetas que me atraen del mismo, se simplifican en una relación entre dos personas, adultas, maduras psicológicamente, responsables, inteligentes, imaginativas que, de una forma consensuada, inician una juego/fantasía/relación donde una de ellas entrega una parte de su libertad a la otra o, dicho de otro modo, se pone en las manos del otro. El grado de entrega varía enormemente. Es una simulación, un juego, una fantasía sexual que puede ser tan light o tan intensa como ambos quieran. Es un sueño de posesión, de disciplina, de ser llevada a un palacio lejano, de juegos morbosos, de ser tomada como esclava sexual, de desconocer lo que te puede pasar, de explorar a alguien que se te entrega.

Imagínate, por un instante, que alguien pudiera hacerte (casi) todo lo que quisiera; que no pudieras evitarlo; que no supieras como impedirlo; que pudiera llegar una orden cuando menos lo esperases; que te mostrasen algo que deseas… pero no te permiten tener en ese instante. Imagínate que eres una sumisa.

Imagínate que hay alguien que se entrega a ti; que deja que la conozcas íntimamente; que puedes realizar con ella tus fantasías de dominarla a tu capricho; que está dispuesta a ser barro en tus manos de alfarero para moldearla, para que se sienta tuya, para educarla y disciplinarla extrayendo de su interior todo su potencial, no para minimizarla y degradarla, sino para superarse día tras día. Imagínate que eres un Amo.

Estos son los dos roles que se toman, el de Dominante y el de sumis@, pudiendo ser cada uno de ellos tanto hombre como mujer, dando por tanto varias modalidades. El Dominante es el que domina, manda, dirige, gobierna, enseña; el sumis@ es el receptor de las enseñanzas, de las instrucciones, de las órdenes. El BDSM puede ser muchas cosas y, ciertamente, muchas de ellas, personalmente, me disgustan. Es mi forma de ser, y es como yo lo veo. Yo siempre animo a todo el que se acerca a ello que explore, que mire, que pregunte, que cuestione e investigue, que nunca dude en plantearse las cosas, que nunca tome nada al pie de la letra sólo porque alguien se haya atribuido un determinado rol y se crea con derecho a nada. Aunque parezca mentira, no existen carnets para ser tal o cual. En serio.

Cada relación entre un Dominante y su(s) sumisa(s) es única. Lo es y así debe serlo, porque cada uno de nosotros es único y crea una relación especial con esa persona en especial, según las circunstancias, según surgen las situaciones, según hay más o menos necesidades, según la experiencia adquirida. Hay perfecto derecho a buscar una u otra cosa, siempre que se use un mínimo de sentido común. ¡Qué menos! Lo que no es cuestionable es que hay que cuidar la higiene, la salud psicológica, la sensatez, la intimidad, etc. Es de pura lógica, pero, para algunos, ni eso.

Si queda claro que uno es Amo o sumisa porque le da la real gana (entendiendo que lo es en la forma y con las prácticas que le atraen, sean, para otros, muy lights o muy retorcidas), también queda claro que puede dejar de serlo de igual modo. Y es obligación de la otra parte el respetar esa decisión. Si una sumisa quiere dejar de serlo, porque sí, porque ha dejado de gustarle, porque ya no le motiva, porque está atareada, porque ha encontrado a alguien que le gusta más, tiene derecho a dejarlo. Y el Amo, tiene obligación de respetarlo, y con respetarlo, quiere decir ni insultos, ni venganzas, ni lloriqueos, ni pataletas, ni nada semejante. Esas son conductas inmaduras, infantiles e inadecuadas en alguien que presume de ser lo bastante adulto como para practicar el BDSM. Queda claro que el caso contrario, donde el Amo decide dejar de serlo para esa sumisa, es igualmente posible.

El BDSM, además, puede ser una perfecta excusa. Entendiendo desde el principio que se practica cuando se quiere y como se quiere (pero sin la necesidad de recordar esto, que es una ficción, que es un acuerdo para evitar romper “la magia”), se podría emplear estas prácticas para algo más que calentarse y para la cama. Si entendemos que un Amo es alguien que vela y cuida de su propiedad, de su sumisa, se podría emplear justo esto para fortalecer la disciplina de la sumisa, por ejemplo, obligándola a atender sus estudios/trabajo, a vigilar el cuidado personal, a asistir regularmente al trabajo, a evitar que se desmadre con el tabaco cuando se quiere dejar, etc, todas estas conductas que siendo por el bien de uno mismo, pueden costar de llevar a cabo. Si a una sumisa le gusta sentirse vigilada/protegida/sometida, ¿por qué no emplearlo también para tareas semejantes? Como dije antes, parte de estas relaciones estriban en superarse, y eso implica dar lo mejor de uno mismo en todos los ámbitos, adquirir un comportamiento exigente consigo mismo, con renunciar a la mediocridad, con rechazar la pereza, con no ser cualquier cosa sino adquirir un carácter perfeccionista, tanto con uno mismo como con la persona con la que se está. Un Dominante, si asume el rol de un artista, como un escultor por ejemplo, bien puede tomar esa roca de mármol que es la sumisa, vislumbrar qué hay de hermoso en su interior y apartar los pedazos de roca inútil que hasta el momento han estado ocultando la belleza de su interior. Por el contrario, hay algunos “amos” que para sentirse bien lo que hacen es dañar, es ensuciar a una persona, es destruirla psicológicamente, es degradarla y lograr que se sienta una mierda, alguien desamparado e inútil sin su apoyo, alguien incapaz de vivir por su cuenta. En mi opinión, esos no son Amos. Son gentuza.

En el BDSM no debe tener cabida el machismo, ni el egoísmo, ni la injusticia. El BDSM, como digo en la cabecera de mi blog, debe suponer sentirse bien, reír, disfrutar, ilusionarse, apasionarse con la compañía de esa otra persona, sentir hambre de conocer más y conocerse a sí mismo, estar pletórico, apartarse de la amargura, de las lágrimas, de la desidia, de la cobardía y de las miserias humanas. Si se quiere disfrutar del BDMS, que sea con un fin noble: superarse y animar a quien tengas a su lado a apasionarse por la vida.

¿Y ya está? ¿Ya ha quedado claro lo que es el BDSM? No, ¿verdad? Ya lo sé, pero este post no ha terminado, pero por ahora, lo dejo así. Como dicen en los culebrones, “continuará”.

¿Qué me queda por explicar? A ver, los castigos, las bromas, la disciplina, la entrega, el chat, los premios, el sexo, el control… Aún quedan unas cuantas cosas pendientes. Por lo tanto, repito:

Continuará.

sábado, 10 de octubre de 2009

GÉMINIS

–¿Y bien? –le dijo, pero por mera cobardía y vergüenza, Laura no se atrevió a devolver siquiera la mirada; mucho menos a responder–. ¿Qué tienes que decir entonces?

–Nada. No sé –murmuró sonrojada hasta las orejas.

Laura permanecía aún desnuda. Acabada la sesión intentó esconderse en el dormitorio, pero los recuerdos no conocían paredes y las sensaciones aún pervivían bajo su piel. La inquietud le hacía cambiar el peso de su cuerpo de un pie al otro, cruzar las manos al frente desobedeciendo las órdenes de su Amo de mantenerse erguida y el rubor había alcanzado tal punto que diríase que tenía fiebre. Más o menos, apostillaría ella de atreverse a hablar.

Podía mirar hacia todas partes menos al frente, donde otra figura junto la pared la vigilaba reprendiéndole tantas cosas que asemejaban nuevos azotes que atravesaran su cuerpo y chasquearan en lo más interno de su ser.

¡Claro que tenía mucho que decir! Tanto, tanto que… que no sabía por dónde empezar, porque ni siquiera sabía que aquel fuera su sitio. Sí, lo había disfrutado; sí, le había encantado; sí, se había excitado como nunca; sí, estaba satisfecha. Pero, que eso quedase claro, ella no era sumisa. No podía serlo. Porque lo que le había hecho…, lo que había tenido que hacer…, lo que…

¡Por favor, que ella tenía veinticinco años, era inteligente, culta, elegante! ¿Qué tenía que hacer allí? ¿Cómo iba a aceptar tener un Amo, alguien que le hiciese lo que le viniera en gana cuando le apeteciese? Porque esa era otra, su Amo (¡qué horrible palabra, por favor!) era de los “imaginativos”, de esos cabroncetes que les gustaba salirse con la suya, que siempre se las ingenian para retorcer sus palabras y ponerlas en serios aprietos, de los que no dudan en aplicar castigos tan creativos como severos. ¡Si es que cada vez que su ánimo se encrespa y se pone farruca le aplica un correctivo nuevo! Ya le basta con mirarle a los ojos y saber que le ha caído una buena. Y Laura, que siempre fue independiente, de orgullo desmesurado y de hacer lo que le viene en gana, llevaba un tiempo obligada a aguantarse, a morderse la lengua, a ser el juguetito sexual de su Amo.

Y ese día, en su cuarta sesión, pese sus temores, pese sus protestas, pese tratar de convencerle… una vez más su Amo le había hecho lo que le salió de… de ahí. No era por los azotes. Eso, bueno, incluso le gustaba (quizás le daba con mucha fuerza), pero lo otro… es que eso otro…. ¿Por qué cojones a su Amo le gustaría tanto humillarla así? Apenas lo recordaba a Laura se le inflamaba el rostro y entraba en cólera.

En ese día, sábado por la tarde, en la casa de su Amo, éste la había desnudado pieza por pieza de ropa para dejarlas con un cuidado casi ceremonial sobre una silla vacía. Ya en ese punto Laura no sabía hacia dónde mirar o cómo permanecer quieta, tal como se le había ordenado.

Luego, su Amo le ordenó que se arrodillase, despacio, sobre el suelo duro. Ella, aún muerta de vergüenza, porque no se sentía cómoda con su cuerpo desnudo en el que siempre encontraba defectos, lo hizo, pero… pero con el apoyo de dos secos azotes en sus nalgas que le recordaron que la tardanza era mala consejera de una sumisa. Y, de rodillas (¿pero para qué de rodillas, qué ganaba su Amo con ello?) escuchó como le ordenaba que apartara el cabello de su cuello. También obedeció, claro, aún cuando las manos le temblaran. No quería… (cerró los ojos ante el inminente recuerdo de cualquiera de los últimos castigos recibidos) de ninguna de las maneras recibir uno más. No, jamás otro castigo… tan retorcido, tan intenso, tan… ¡No, no, eso no!

Laura, arrodillada en el suelo con la prohibición expresa de sentarse sobre sus piernas, bien erguida y con las manos apartando su cabello sintió, escuchó, palpó la mordedura de un chasquido metálico que se cerraba próximo a su piel. Era un collar, uno de acero, grueso y sólido, y que no podría soltarse sin su única llave.

Y luego… Laura volvió a estremecerse por el recuerdo. Su Amo le dio una orden susurrante, tan suave como el filo de una cuchilla de afeitar raspando su vientre. Sus palabras fueron: “A cuatro patas”.

¡A cuatro patas! Que no, que de eso ni hablar. Que ella era una mujer adulta y no necesitaba ni quería algo así. ¿No había otra cosa que ordenar? ¿Tenía que ser esa, precisamente esa la orden que le lanzase? Y el bastardo de su Amo, sonreía. Y sólo por orgullo, ella no lo hizo. Y sólo por joderla, él la cogió de las muñecas, la empujó y la obligó a ponerse así, como una perra, como una vulgar mascota que…

Otra vez más, la enésima al menos, Laura recorrió el dormitorio inquieta. Su pelo negro, alborotado, le daba más que nunca el aspecto de una leona prisionera por unos barrotes formados con sus recuerdos, esas imágenes tan vivas que no se le iban de la cabeza. Su mirada saltaba de uno a otro mueble de la habitación consciente de aquella figura en la otra esquina que no le quitaba el ojo de encima. ¿Qué tienes que decir entonces?, le había dicho no sin razón. Porque algo tendría que decir.

Si al menos todo le dejase de dar vueltas…

Tras sentir el collar rígido en torno a su cuello, llegó el momento de la espera. Era una de las cosas que más odiaba, cuando su Amo la hacia aguardar tensos segundos antes de propinarle el siguiente azote, o antes de decirle lo que debía hacer o, como en esta ocasión, cuando se alejó unos pasos, se acuclilló y la reclamó para que se acercase a su vera… caminando como lo que aseguraba que era, su perra. ¡Su perra!

Con la cabeza baja, agradeciendo que su larga melena cayera sobre su encarnado rostro y gateando despacio, Laura obedeció recibiendo unas caricias de premio apenas se detuvo a su lado. No podía estar más humillada. Todo su ser, ¡pero todo! pugnaban por levantarse airada y furiosa, soltar más de un grito de rabia y marcharse haciendo temblar el marco de la puerta.

–Entonces, ¿por qué no lo hiciste? –oyó decir.

–No lo sé –respondió Laura.

–¿Te lo habría impedido? ¿Podías irte si querías?

–Sí.

–Entonces, ¿por qué no te marchaste? Si tanto lo odiabas, haberte ido. ¿Por qué te quedaste? Eres libre para ser sumisa o no, solo que si lo eres, has de atenerte a las consecuencias. Así que, sincérate, ¿qué tienes que decir?

Laura quedó callada, descendió la mirada y descubrió su diestra próxima a su sexo, acariciándose suavemente. Apartó la mano al instante, pero ya era tarde. Había sido descubierta.

–Eso lo explica todo –le reprendió con una sonrisa traviesa.

Laura cruzó las manos a la espalda y le dio la espalda abochornada. No soportaba sentirte tan expuesta a su escrutinio y sus recuerdos. Incluso sus nalgas azotadas aún le ardían más que antes.

La pregunta estaba lejos de encontrar una respuesta. Su Amo no cambiaría, desde luego. Sabía ser severo y disfrutaba siéndolo. Le gustaba doblegar su orgullo y sacaba todo el jugo al poder que ella le había ofrecido. Tenía claro lo que le esperaba si seguía: una dominación gradual donde su Amo no se dejaría manipular ni lograría dirigir su forma de educarla, donde los castigos serían siempre intensos y aborrecibles para ella, y donde su orgullo se vería tocado en más de una ocasión sólo por su capricho.

–Por lo tanto…

–Por lo tanto –repitió ella. Inspiró profundamente, rodeó la cama hasta alcanzar el lado opuesto de la habitación y se encaró, por fin, con su interlocutor. Estaba frente suyo, como siempre, su misma imagen reflejada en un espejo que no le permitía esconderse a si misma ni ocultar por mucho tiempo la verdad. Algo avergonzada por verse al espejo –no le gustaba su cuerpo, por mucho que le insistiese su Amo en lo contrario, en que era realmente guapa–, se miró, lanzó un beso a su doble y, con la cabeza muy alta salió de la habitación.

Ya tenía claro qué decirle.

sábado, 18 de julio de 2009

NOCHE INTRANQUILA


Hubiera debido ser una noche cálida y apacible. Pese a estar ya empezado el mes de julio, el Sol no había martirizado la ciudad con intensidad y aquello se agradecía.

Pero Ana, acostada en su cama, se removía y agitaba en mitad de los sueños sin cesar.

Y no era por el calor. No podía serlo. Siguiendo las estrictas órdenes de su Amo –que difícilmente hubiera sido desoídas considerando la estación– se había ido a dormir completamente desnuda, sin el menor objeto ajeno a su cuerpo. Pero, aún así, una fina capa de sudor la recubría como un manto gelatinoso que escocía su piel torturándola aún más si cabe. Sudaba y no era por el calor; daba vuelta y más vueltas en la cama y estaba durmiendo.

Ana sufría una horrible pesadilla.

Imposible recordar cuál era o en qué consistía. Casi con seguridad se relacionaría con sus últimos y pesarosos sucesos en su vida que la estaban marcado como estacas señalan un camino inexorable en su existencia. Todo cambiaba y evolucionaba más rápido de lo que podía esperar.

Ahora, por ejemplo, tenía un Amo, un Dueño. Ana ya no era libre, sino que le pertenecía a Él. Hoy, mañana y pasado se vería encadenada –con eslabones de pétalos de rosa y rocío mañanero– a su Amo.

Rompiendo el silencio de la madrugada, Ana gimió de malestar. La pesadilla crecía y estaba lejos de menguar. Imágenes fulgurantes atravesaban su mente dejando tras de sí un poso turbio y de tacto áspero.

Y cuando creía que al fin lograría rendirse al sueño y deambular por paisajes más pintorescos y menos horripilantes, pequeñas manchas oscuras aparecieron en las paredes y techo de su habitación sin que ella se diera cuenta. Presintió, eso sí, que algo no estaba bien, alguien había soldado sus ojos y les fue imposible abrirlos para encararse a una docena de pequeños diablillos azabaches que se habían desgajado de las pareces donde fueron creados para revolotear por el aire entre chillidos nerviosos y risitas maliciosas. Uno de ellos, el más atrevido, se aproximó al cuerpo desnudo de Ana y, con un dedo terminado en una uña larga y curva, pinchó un pezón de la muchacha. Ella gritó un poco y se giró, pero pronto otra de las malignas criaturas imitó a su compañero y rozó con su garra un muslo de Ana, dejando a su paso tres finísimas líneas oscuras de sangre. Al poco, otros más, palmoteó su espalda o tiró de sus cabellos riéndose a continuación. Ana, incapaz de discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo imaginado, se movía de uno al otro lado, viéndose a merced de los juegos sádicos de aquello que fuera que le rodeaba por todas partes.
Cuando sintió un pequeño mordisco en su hombro, sollozó aún en sueños:

–¡Amo, Amo mío!

Las palabras arrancadas de su dolor surtieron un breve efecto. Los diablillos se detuvieron y miraron a su alrededor precavidos. La estancia permanecía quieta, silenciosa. Las estanterías con los libros, la percha con la ropa mal colocada, la mesita con un puñado de papeles desordenados no mostraban el menor cambio.

Frunciendo las pobladas cejas de un duendecillo volador y esbozando su boca de finos labios, él, primero, y los demás después, rompieron a reír. La noche, cuchichearon en su dialecto inteligible, prometía mucha diversión.

Se subió en el vientre de Ana, que había quedado exhausta y rendida, y la miró. Luego esquivó los dos pechos erectos y firmes de la muchacha y se arrodilló ante su cuello desnudo y mordió con sus dientecillos finos como agujas. Aquello fue ya excesivo y Ana casi saltó de la cama gritando.

–¡Amo mío, por favor! –y sumergiéndose nuevamente en el colchón, suplicó–: Ven.

Entonces, de cada uno de los arañazos que Ana mostraba en su piel, surgió un débil resplandor. Una luciérnaga de tonalidad plateada surgió de la misma y gemó en forma de una pequeña esfera luminosa que revoloteó en el techo arremolinándose hasta fundirse entre sí ante los ojos hipnotizados de los diablillos, que veían asombrados aquel extraño e inesperado fenómeno. Al pronto, tras un chisporroteo eléctrico, una figura oscura surgió de la misma y permaneció de pie en la habitación. Los diablillos gruñeron de frustración y retrocedieron un par de pasos, para remontar el vuelo seguidamente y, mascullando un sinfín de maldiciones, trataron de escapar por donde habían venido, filtrándose nuevamente en las paredes, pero, en lugar de ello, chocaron contra el muro que no les permitió la entrada. De haberse girado, quizás habrían visto una sonrisa insinuante en la figura recién llegada.

El extraño miró a Ana y suspiró aliviado al comprobar que no sufría daños graves y que estaba recuperando la paz. Luego miró en torno suyo y, uno tras otro, alargó el brazo para atrapar con sus manos cada uno de los insidiosos demonios que tanto trabajo daban. Algunos trataron de fugarse por la puerta, otros por una ventana y los que menos, esconderse bajo el colchón, pero ninguno tuvo posibilidad alguna. No frente Él. Al poco rato, sólo dos seres quedaban en la habitación.

Se aproximó a la cama y se reclinó sobre Ana. Sobre su frente y sobre sus labios, dejó un pequeño beso. Al apartarse, el rostro de Ana reflejaba felicidad y una amplia sonrisa.

–Buenas noches, preciosidad –le susurró al oído.

Luego, tomó asiento y montó guardia a su lado el resto de su vida.

UNA CARICIA LLAMADA sahar


¿Qué decir sobre alguien que te encanta? ¿Qué escribir cuando sólo tienes recuerdos de entrega, ternura, morbo y sensualidad? Pues esa es mi misión, hablar de alguien que evoca tales sensaciones.

Su nombre es sahar, y se escribe en minúscula porque es el nombre de una sumisa, de una chica que ha rodeado su libertad con la solidez de un collar de metal y ha depositado la cadena en mis manos, cerrando con firmeza los dedos en torno a la misma.

Ella ha dado todo de si, al menos en el escaso tiempo en que llevábamos conociendo. Porque eso es cuanto hacemos aún… conocernos y disfrutando de la mutua compañía.

¿Qué pudo hacer para tal comentario? Quizás todo lo que era posible pedirle, de la mejor forma posible, tan sensual como fuese posible, tan obediente como era posible… Si era posible, lo tenía. ¿Acaso es poca cosa? No…es mucho. Casi todo, quizás.

Le pedí prudencia, y me entregó confianza; le exigí tiempo, y me ofreció obediencia; le comenté paciencia, y me entrega excitación. ¿Qué más se puede pedir?

Sí, su nombre es sahar, “noche mágica”, pero para mí, sahar es algo más… su nombre me insinúa un baile exótico, una sonrisa en su carita de niña avergonzada, un bichito pícaro, una melodiosa y dulce voz, unos pezones erectos traicionándola, un temblor en sus manos y sus piernas al soportar un maquiavélico juego ideado y planeado tan afilado como un dardo que atravesase su desnuda piel electrizándola como una descarga que atravesase su médula espinal y no la abandonase en todo el día.

sahar es todo ello y mucho más; es entrega, es deseo, es intención, es obediencia y es intención de superarse a diario. Es mi noche mágica en el desierto, bajo el tondo de una tienda, es un andar de pies descalzos en silencio tan solo roto por el tintineo de un cascabel y su tobillera de acero cerrada con llave, es su mirada llena de pasión y excitación, es la delicadeza con que se arrodilla ante mí y es su devoción hacia cuanto le pido, sea o no necesariamente.

Y es que sahar es mi sahar. Es barro aún blando que estoy manipulando y dirigiendo, sintiendo la blandura de su esencia impregnando mis dedos, es una figura aún naciente pero que sugiere algo hermoso, casi imposible y tremendamente ansiado. Es un “mi Señor”, que desea ser un “mi Amo”, y una “su sumisa”, que ruega por ser “su esclava”.

Yo pido y ella da. Yo quiero y ella consigue.

sahar es el inicio de algo irrepetible, un atisbo de lo que no se conoce todavía. ¿Qué será sahar? ¿Cómo será? Ella es sahar… ¿No se entiende? ¿No queda claro? ¿Es un concepto abstracto?

Es porque no conocéis a sahar.

NOCHE

Recostada en la cama, prácticamente desnuda, Adela oteaba el techo con la vaga esperanza de descubrir algo de interés. Era pasada la una de la noche y cada minuto transcurría sin abrir la esperanza a un instante de sueño. A su costado, no muy lejos de ella, barajó la posibilidad de apagar la luz e intentarlo de nuevo, pero sabía a ciencia cierta que era inútil. No lo conseguiría.

Estaba excitada.

Cerró los ojos, no para dormir, sino para disfrutar más con cada imagen que acudía a su mente, y se acarició un pecho. El pezón lo tenía duro, y ella lo pellizcó con dos dedos, retorciéndolo y tirando suavemente de él. Una imagen, casi etérea, indefinida, acudió a su mente. Creyó verse desnuda, o poco faltaba, y algo relacionado con sus labios y la lengua húmeda que los recorría. Luego, al momento, intuyó algo más, un sexo masculino, erecto que… Pero ya había desaparecido antes siquiera de fijar la mirada de sus recuerdos.

Volvió a fijar la vista en su pasado, en aquella vez en que la ataron firmemente, de pies y manos, en una silla, cuando pasaron horas de dulce tortura al verse acariciada una y otra vez, sin poder acelerar o retardar la sensación, cuando casi llega a desesperar de la frustración al verse privada de lo que se había convertido en una obsesión: un orgasmo.

O cuando los azotes en sus nalgas cayeron, una, dos, tres… hasta un número que casi olvida. El dolor, la sensación de abatimiento, el placer al verse sometida de un modo que sólo su traicionero sexo humedecido se atrevía a confesar.

Y otro día, al permanecer de pie en una esquina de la habitación, como una niña pequeña castigada, tratada así, de un modo injusto y tan… excitante.

Adela, ya bajo el sopor del calor que emanaba su propio cuerpo, no retrasó más su mano y la hundió en su sexo, acariciándose, presionándose el clítoris en tanto imaginaba que no podía hacerlo, que no se lo permitían. Abrió la boca y comenzó a gemir. Los iniciales suspiros se tornaron en chillidos que brotaban de su corazón encendido y no había mano que no recorriese su cuerpo sudoroso y frágil, mientras sus párpados cerrados en sus ojos parecían transparentes frente cada recuerdo de tantas experiencias placenteras y excitantes.

Continuó, aceleró y cayó víctima de su propio morbo, de su deseo insatisfecho y las imágenes que pese ser creadas por ella, no las sentía sino como reales. Se pellizcó los pezones, tiró de ellos y los imaginó que eran pinzas; se acarició el sexo, rozó sus labios y presionó el clítoris para descender y penetrarse en su sexo, deseando que fuese el sexo de su amo, que la follaba, que la sometía, que la hacía suya.

El rubor, el ansia y la pasión ascendieron hasta que… abriendo los ojos, ya definitivamente, la oleada tan apreciada cortocircuitó su médula espinal y un torrente salió a presión de su ser. Relajó las manos, aún húmedas, sonrió y dio un largo suspiro.

Cuando recobrase las mínimas fuerzas, se pondría en pie, se lavaría y regresaría. Pero ahora, para dormir. Eso ya nadie ni nada se lo podría impedir.

EN LA SALA


La llama de la vela devolvía la mirada a Lucía que, arrodillada en el suelo, con las manos apoyadas en sus muslos desnudos (como lo estaba ella por completo), vigilaba con extraña inexpresión el pequeño fuego que casi parecía cristalizado en la oscuridad del cuarto.

No apartaba los ojos siquiera un segundo, aunque poco hubiera tenido que ver de interés. Aquella era la “sala de castigo”, una pequeña habitación carente de muebles o decoración alguna, de blancas paredes y suelo baldosado destinada a la aplicación de los siempre merecidos castigos a Lucía. En aquella ocasión había cuatro objetos: un pequeño taburete sobre el cual descansaba una pequeña vasija de porcelana que cobijaba la pequeña vela, cuya llama calentaba un frasquito de cristal desprendiendo así una ligera fragancia a melocotón que envolvía la sala con sus brazos invisibles... y ella misma. En su situación voluntariamente aceptada de sumisa, no cabía más definición que un objeto más.

Solo que, aquella tarde de junio, era aún menos.

Estaba castigada.

La llama no respondía a los ruegos silenciosos de Lucía. En una competición por ver quién se movía antes, los dos seguían tercamente en sus rígidas posturas. Una encerrada en su prisión de cerámica; la otra en sus cadenas invisibles llamadas vergüenza, asombro, confusión y temor.

Aquella tarde se había comportado mal, francamente mal. Algo dentro de ella -estrés, cansancio, hastío, irritación- hicieron mella en su, hasta ahora, casi impecable comportamiento, tornando sus palabras hirientes, sus movimientos fríos y su actitud muy reprochable. Su Dueño (cómo le gustaba llamarle así), que siempre había mostrado una paciencia innata y casi eterna, terminó rompiendo su tenso silencio en un rudo “BASTA”, la tomó de la mano (aún sentía las marcas de sus dedos cerniéndose en su muñeca) y arrastrándola hasta aquella habitación. Bajo su severa y muy enfadada mirada se desnudó y la dejó allí hasta nueva orden. Ni siquiera le permitió que guardase el collar que siempre lucía con orgullo y coquetería mientras se hallaban en la casa. Lucía se permitió girar levemente la cabeza y sintió algo extraño al notar la ligereza de su movimiento. La falta del collar de perra con la que tantas veces había sido paseada o bajo el cual había sido amada y humillada al placer del Amo había desaparecido.

Ah, sí. Había otro objeto más en aquella habitación. Uno que, por extraño que fuera -quizás no tanto, si lo pensaba bien- la asustaba más que nada: un espejo de cuerpo entero colocado justo frente ella, que le devolvía y le reprochaba cada segundo que permaneciera allí. En su reflejo se veía a sí misma arrodillada en el suelo culpa de su mal comportamiento, de su avergonzante comportamiento.

Empezó a llorar. Los ojos se encharcaron y dos amargas lágrimas describieron largas huellas de dolor en sus mejillas. A estas dos siguieron más, muchas más. Sin dejar de mirar la hipnótica imagen, vio como su rostro se contorsionaba en una máscara de dolor y pesar que deformaban los rasgos de lo que había sido una mujer bonita y rostro angelical, para tornarse una máscara de carnaval de facciones cruzadas por lamentos que no tenían cabida en su cuerpo y no sentía capaz de expresar. Lloró y lloró sin cambiar de posición, con desconsuelo y desamparo en aquella habitación vacía donde siempre se había sentido tan pequeña, tan insignificante y tan sola. Las rodillas y los tobillos se hallaban entumecidos, pero no eran nada comparadas con el dolor que apretaba su corazón como una garra huesuda que se clavaba en sus entrañas para desgarrar sin piedad aquello que más deseaba: la felicidad sin condiciones de su Amo. Con timidez desvió sus ojos hacia la puerta. Temió, y no poco, que jamás volviera a abrirse. Que jamás volviera a ver a su Amo. Que jamás volviera a sonreírle.

Procuró no pensar, porque no podía decirse nada que no supiera y nada que no le doliera como el más crudo de los latigazos. No quería pensar. Sabía la verdad, y sentía abrazarla como papel de lija que arañaba su fina piel. Dejó de llorar y volvió la vista a la llama, que había ganado en su inexistente competición: fue la vela, y no ella, la que aún seguía sin moverse. Lucía reconoció su derrota... y algo más: reconoció lo mucho que le quedaba por aprender, incluso de una humilde llama.

Inspiró profundamente y exhaló todo el aire contenido en los pulmones. La llama gimió y bailó sigilosamente como una doncella virgen ante los futuros dueños de su persona. Se contorsionó y danzó con la elegancia, la dulzura y la sensualidad que ninguna bailarina podría igualar jamás. Lucía la miró y se regocijó ante el espectáculo. Cuando su aliento abandonó a la llama, cesó el baile y todo regresó a la normalidad. De nuevo, todos quedaron en sus puestos, eliminando el paso del tiempo de aquella sala, donde no existía ni el hoy ni el mañana ni el ayer; ni el día ni la noche. La sala de castigo era, ante todo, una sala para reflexionar, para meditar y para enfrentarse ante lo pequeño de la vida -representado por la llama y el frasco aromático- y ante sí misma -representado por el espejo.

Lucía comprendió, se arrepintió y aprendió. Después de eso, sólo le quedaba aguardar el perdón de su Amo.

De existir en aquella sala, se podría decir que pasó mucho tiempo, pero no siendo así, solamente era posible afirmar que el tiempo de castigo también conoció su fin.

En la puerta abierta, el Amo la miraba. Estaba sonriéndola.

sábado, 16 de mayo de 2009

UN SEGUNDO ANTES

Desnuda, arrodillada y postrada, así la tengo ante mí.

Llevamos largo rato sin movernos. Yo de pie, cruzado de brazos y mirándola con semblante serio. Ella a mis pies, temblando suavemente sin alzar la vista temerosa de encontrarse con mis ojos.

Es media tarde de un domingo y no hay coches que molesten en su tránsito. No hay vecinos con sus televisores a pleno volumen. No hay perros ladrando al aire. Solos ella y yo. Solos los dos. El Amo y la esclava. Ella y yo.

Adivino sus pensamientos. Con las nalgas apoyadas en los talones, las manos con las muñecas cruzadas a su espalda, su cuerpo inclinado hacia delante hasta que su frente casi roza el suelo y el cabello cayendo a ambos lados de su rostro, protegiéndola de mi escrutinio, aquella mujer ha abandonado los primeros minutos de excitación por la de confusión y sorpresa. Su mente arde de deseos de conocer mis próximas palabras; su piel palpita con la proximidad de mis manos; su sexo ha secado hacía rato el inicial hambre y ahora se ha adormecido.

Y yo, que podría azotarla, que podría penetrarla, que podría humillarla, me quedo de pie, altivo, poderoso, fuerte, dominante, preguntándome cuán altivo, poderoso, fuerte y dominante quiero, puedo, deseo ser. No tiene cadenas, no tiene cuerdas y podría levantarse y decirme vivamente: “Alto”. Y yo no podría retenerla. Soy su Amo porque ella desea ser mi esclava. Y, viéndolo al revés, ella es mi esclava sólo porque deseo ser su Amo.

Mis zapatos crujen cuando rodeo su cuerpo. Es el primer sonido que escucha en largo tiempo y no resulta ser su ahogada respiración o los latidos irregulares de su corazón. De nuevo recupera las preguntas que antaño se hiciera. ¿Qué haré con ella?. ¿Será excitante?. ¿Será doloroso?. ¿Será humillante?.

Ante mí se deslizan docenas de posibilidades. La tengo, hoy por hoy, a mi disposición. Como una moneda que se puede deslizar entre los dedos de un habilidoso tahúr, el futuro próximo se contorsiona ante mis ojos imaginativos, viéndola, sintiéndola de muchas formas: atada en forma de cruz a la cabecera de una cama con un vibrador que no conoce descanso ni tregua; su cuerpo a cuatro patas para que me sirva como apoya pies; sus nalgas enrojecidas por los azotes continuos; su sexo y ano utilizados para mi placer sexual hasta quedar satisfecho. Todo ello y más podría acontecer. Son muchos los futuros posibles, todos deseados en sus distintas formas, y todos ellos míos.

Porque para eso está ella aquí y ahora, desnuda y sometida, para complacerme y disfrutar de la sensación de abandono de sí misma, con la excitación del juego que implica un desconocimiento casi absoluto de lo que vendrá a continuación, del deseo de pensar en ser de alguien con un sentido más que metafórico.

Situado a sus espaldas, sigo sin decir nada. Es mi pequeña caja de sorpresas, un regalo que promete mil emociones hasta el momento en que sea abierta.

Pronto me decido por una de mis opciones, por saciar uno de mis deseos que me ha surgido en aquel instante, pero ahogo las palabras en mi boca y no digo nada. Todavía quiero saborear aquel instante, aquella visión de su cuerpo echado a mis pies, deseando… si, deseándolo intensamente, satisfacerme, complacerme, entregada a un placer prohibido para muchos. Ella es mía. En aquel momento, en esos segundos, es mía, la poseo, la tengo. Palpo el poder por poseer un cuerpo distinto al mío, de disfrutar con su piel sin impedimento alguno, con su obediencia a mis instintos salvajes, y cada uno de nosotros saboreando el placer del abandono: el mío, es el abandono a mis deseos; el suyo, es el placer a abandonar su libertad.

En un segundo esta emoción ancestral desaparecerá. Daré una orden y seré obedecido. El placer será distinto. Ni mejor ni peor. Sólo distinto.

Pasa el segundo y doy mi orden.

martes, 12 de mayo de 2009

POR LA MAÑANA

Es buena mañana, demasiado temprano, pero aquí estoy, junto el alféizar de la ventana contemplando el espléndido paraje en el que estoy refugiado este fin de semana.

A través del cristal empañado por el rocío, descubro los árboles cercanos por donde corretea una traviesa ardilla. Más allá, se abren arbustos y lechos de flores que impregnan el aire de suaves fragancias que me retrotraen a mi infancia en la casa de campo, cuando la vida era más sencilla y mis padres vivían.

En mis manos sostengo una taza de café aún humeante, que sólo llevo a mis labios de tanto en tanto, prevenido ante su calor. El sorbo me llena por dentro y me despierta una energía y deseos que por tiempo creí no tener. Miro el cielo y escucho la promesa de que aquel será un día magnífico. Yo, para nadie, asiento y me comprometo a que así sea.

Pasará bastante tiempo antes de que me gire. Allí, al otro lado de la habitación, se haya una cama cuyas sábanas y mantas han sido arrancadas y colocadas de cualquier manera, formando una abrupta cordillera donde descansa una figura femenina cuya silueta conozco a la perfección. Yace boca abajo, agotada por aquella noche compartida conmigo. En sus nalgas aún se aprecian las huellas de una fusta que describió largas parrafadas sobre su piel, como si mi mano fuera la de un escritor, la vara una afilada pluma y su cuerpo un bronceado pergamino.

Está despierta. Me mira y, aunque buena parte de su rostro permanece oculto, sé que está sonriendo.

lunes, 11 de mayo de 2009

LA CENA

Entre risas, anécdotas y alguna que otra mirada cómplice, los tres comensales dábamos buena cuenta de aquella cena.

Era el principio de primavera y el día había resultado soleado y apacible. Ya a media tarde acudimos, mi esclava Eisha y yo, a casa de Cordelia para la cena que llevábamos semanas acordando y ya varias veces retrasada. Nosotros, por culpa del tráfico, llegamos algo tarde, pero nos tranquilizamos cuando descubrimos que los otros invitados no llevaban más de diez minutos en la casa.

Tras saludar a la anfitriona, su esclava, Diana, me arrebató a Eisha hasta una habitación para prepararla oportunamente. Allí ya estaba María José, la esclava de Ricardo.

Cordelia, Ricardo y yo mismo pasamos a la sala de estar donde nos echamos sobre un sofá. Allí ya había dispuesto, sobre una mesita de té, una bandeja con bebidas y otra con canapés de acompañamiento. No cogí más de un par, porque no quería perder el apetito. Además, estaba deseando que apareciesen las esclavas –especialmente la mía– y se estaban haciendo de rogar. Conocía el carácter rebelde de Eisha y por ello me preocupé un poco, por si su vergüenza pudieran jugarle una mala pasada, aunque quise darle el beneficio de la duda y no cuestionar su entrega. Hubiera sido insultante. Pero quisiera o no, no logré centrarme mucho en la charla entre los tres, insustancial por otra parte, por lo que no dejé de captar las miradas cómplices de los otros que adivinaban mi preocupación.

Aparecieron radiantes, las tres, pero sólo tuve ojos para una de ellas, mi Eisha. Llevaba un sedoso pantalón transparente que traslucía el fino tanga negro que llevaba debajo. Caminaba descalza, y, a la cintura, una cadenita fina de plata. Sobre el pecho, un chaleco azulado, a juego con el pantalón, chaleco abierto que permitía buen vistazo a sus pechos unidos entre sí por una cadena sujeta a los pezones mediante dos lazos. Y, en las muñecas, sendas muñequeras de cuero con argollas de metal prestas para darles un buen uso e inmovilizarlas.

Se adentró en la sala exhibiendo una amplia sonrisa, aunque también una mirada huidiza que se escurría entre mis ojos inquisidores y, desde luego, complacidos. Pasó por mi lado con no poca coquetería y descaro, se inclinó hacia delante para tomar una bandeja, se encaró hacia mí y se arrodilló sonrojada alzando la bandeja:

–¿Te apetece tomar alguno, mi Señor? –dijo entre unas risitas. Yo, naturalmente, tomé un canapé sin más deseos que el de devolver aquel exquisito y seductor gesto de mi esclava.

Las otras dos esclavas hicieron algo parecido. Quizás. No lo sé. Lo cierto es que tengo un vago recuerdo de que hubiera alguien más en la sala.

Ya más tarde, mientras Diana, supervisada por su Ama, daban los últimos toques a la preparación de la mesa en una sala contigua, más grande que la presente, me surgió un súbito deseo. Me excusé con Ricardo, con quien supuestamente estaba conversando, y salí al pasillo exterior. En aquel momento, Eisha estaba ayudando a Diana con sus tareas, habiendo dejado una jarra de agua en el salón comedor. Me sonrió con ternura y se giró para continuar ayudando en los preparativos, pero yo la detuve.

–¡Eisha!

–¿Sí, mi Señor?

Con pasos firmes, crucé la distancia que nos separaba y me quedé a su lado, aún sin decir más. Dudé unos instantes, pero por mi mente pasaron aquellas imágenes de Eisha días atrás, en una de nuestras sesiones, y también las que en aquel preciso momento presenciaba, con sus exultantes pechos, firmes y suaves, amenazando con asomarse por el exiguo chaleco que apenas cubría.

–¿Quieres algo, mi Amo? –me dijo en respuesta a mi silencio. Y así se decantó la balanza.

–Sí. Ven conmigo.

La tomé de la muñeca sin esperar su respuesta y la llevé conmigo a lo largo del pasillo, en dirección opuesta a donde estaba el comedor, Cordelia y las demás esclavas, deseando, más que nunca, huir de aquella casa. Abrí una puerta que encontré a mi paso, escogida casi al azar –sólo atraído por su aspecto mundano y vulgar– y, pasé dentro, aún arrastrando tras de mí a mi esclava.

La empujé contra la puerta ya cerrada, tanto para impedir el paso de nadie como, más acertadamente, por pura impaciencia. Sujeté sus muñecas aprisionadas por mis manos y nos besamos en una competición por descubrir quién de los dos deseaba más al otro. Nuestras lenguas se encontraron en la mitad de la nada y pronto arrastré los labios en su descenso por el cuello en la búsqueda de uno de sus puntos débiles, que tanto la excitaban sin remedio. No tardé mucho en soltarla, demasiado pendiente de aquellos huidizos pechos que pronto amasé con mis dedos y estrujé hasta lamer y mordisquear suavemente –pero tampoco demasiado–.

Su pantalón sedoso se convirtió en una prenda molesta, así como el fino tanga, coqueto antes e irritante ahora, buscando la forma de acariciar su sexo con dos dedos y recorrer el vello de su pubis recortado a lo brasileño.

–Amo… –susurró en voz baja.

–Shh, mi perrita, calla.

–Sí… sí… –pero sus palabras eran más gemidos que otra cosa y no me importó.

Nuestro abrazo se tornó más violento y salvaje; los labios, una búsqueda de puntos latentes y ocultos; las manos, cuatro enemigos que huían de la mutua compañía y ansiaban otras partes del cuerpo.

No tardé mucho en tenerla de espaldas a mí, inclinada hacia delante, apoyándose contra una pared y el culo en pompa, penetrándola o sometiéndola –¡no lo sabía ni me importaba!–, tomándola de la cintura para empujarla hacia mí –o yo impulsarme contra ella– una vez, y otra y…

Al correrme aplasté mi pecho contra su espalda, estrujándola con tal fuerza que temí partirla en dos, pero ella no se quejó, quizás, incluso satisfecha de mi súbito ataque de rabia, fuerza y energía. Ignoro si ella alcanzó el orgasmo también, pero no me importó mucho en aquellos momentos. Era mi momento y mi derecho, y, con su sonrisa dirigida a mí, quedó claro que, en un sentido u otro, también ella había disfrutado.

Más tarde, tras aquella escapada que, al menos en apariencia, había pasado desapercibida –o, cuanto menos, perdonada– por los demás, nos pusimos en torno a la mesa. Los tres Dominantes, sentados en las sillas. Nuestras esclavas, a los pies, arrodilladas en el suelo.

La comida fue ligera, algo protocolaria. Nuestra charla dejada llevar, entre bocado y bocado, al viento, como se solía decir. A mi lado notaba la presencia, a través de caricias y apretujones de la mejilla de Eisha contra mi muslo. Y, también, de tanto en tanto, algún movimiento demasiado descarado que se ganaba una mirada desaprobatoria por mi parte y una risita traviesa por parte de la suya en respuesta.

El largo mantel de tonalidad Burdeos me cubrió la vista de las otras esclavas pero, cuando vislumbré los semblantes casi hipnóticos y la tez un tanto ruborizada de Cordelia como Ricardo, en momentos distintos, no me costó mucho adivinar que sus respectivas esclavas debían estar tomando de igual modo su parte de la cena, aunque en un sentido menos literal.

Cuando terminamos el segundo plato y mientras hacíamos la sobremesa, las tres esclavas se ausentaron con algún propósito no aclarado. Algo tramaban, lógicamente, pero así debía ser. Formaba parte de la sorpresa, el juego y el morbo. Allá ellas con lo que fuera que estuvieran planeando.

Tras recibir algún aviso desde detrás de mí, Cordelia nos sugirió que pasásemos a tomar el postre a la sala que anteriormente habíamos abandonado. Por su mirada hacia mí, supuse que Eisha debía estar bien implicada. Eisha más postre. Más de una imagen pasó por mi mente.

Y tenía razón. Desnuda por completo, echada sobre una estrecha mesita de madera, Eisha permanecía tumbada boca arriba con sus brazos y piernas pegados al cuerpo y con su vientre, pechos y sexo cubiertos por un sugerente dibujo hecho con nata montada y gajitos de chocolate y fruta confitada. Temblaba ligeramente y una sonrisita nerviosa brotó de sus labios húmedos apenas cruzamos el umbral. Desvió la cabeza en nuestra dirección y, apenas posó los ojos en mí, esbozó una nueva sonrisa, esta vez más amplia y más radiante. Si antes su rostro estaba colorado en un fuerte contraste con la palidez de su piel, ahora se había encendido hasta tornarse de un intenso granate.

–¿Haces el favor? –me indicó Cordelia señalando con la mano a mi esclava–. Puedes empezar cuando gustes.

Incliné respetuosamente la cabeza y me adelanté. Deslicé los dedos por los cabellos de Eisha, me incliné y aproximando mi boca, tomé un trocito de chocolate con los dientes, para conducirlo hasta los labios de Eisha y, simultáneamente, ambos mordimos y nos quedamos con un extremo cada uno.

Tras este primer paso de apertura, los demás se aproximaron y me imitaron, dando buena cuenta de cada bocado sobre aquel delicioso postre. Dominantes y esclavas, hombres y mujeres, todos dieron buena cuenta del postre servido sobre el cuerpo desnudo de Eisha que, mal que le pesase, se sentía extrañamente excitada, no tanto sexual, como morbosamente. Sobre su piel percibía los lametones, los suaves mordiscos, los dedos acariciar su vientre para arrancar un poco de la nata montada antes de llevárselo a su boca.



Ya mucho tiempo después, en la soledad de nuestra casa, una vez duchados juntos, permanecíamos abrazados en la cama, ambos despiertos, ambos sin querer dormir.

–¿En qué piensas? –me preguntó ella.

Tardé un poco en responder.

–En la cena.

–¿Te gustó?

–Sí, mucho.

–Pues te recuerdo que yo apenas probé bocado. Y me he quedado con hambre.

La miré fijamente, pero ella, lejos de decir nada, metió la cabeza bajo las sábanas y se dispuso a prepararse su propia comida. Qué decir tiene, que me mostré más que complacido.

LA PRINCESA TRISTE

La princesa estaba triste.

Acurrucada en el amplio alféizar del ventanal de su habitación, miraba con ojos apagados más allá de lo que la amplia vista que la alta torre le permitía.

Abajo veía el patio donde un par de criados cepillaban con esmero los caballos de piel azabache y pelaje tan sedoso que parecía de ébano. Luego estaba el muro, una pared de piedra que daba paso a los jardines que con tanto mimo Sebastián cuidaba día tras día: parterres de claveles, rosas y lirios; chopos, abedules y sauces llorones; placetas, arcos y fuentes. Tantos y tantos colores mezclados hacían que tal visión hipnotizara. Y más allá, otro muro, el que delimitaba las propiedades del palacio. Y aún más lejos, el camino que serpenteaba por colinas señalando las lejanas montañas.

Y todavía en el horizonte, donde no le podía ver, su Amo.

Por eso Aisha estaba triste, porque no le veía. Alargó una mano al collar de acero que rodeaba su cuello, que la encadenaba a la misma mansión por la cadena que la unía a la argolla en una pared y bajó la mirada. Hacía mucho que se había ido. Realmente mucho.

Casi una mañana entera.

Se levantó y caminó un poco. Oyó el ligero repiqueteo de los eslabones de la cadena chocar entre sí y el susurro de sus vaporosas prendas al flotar brevemente en el aire. Rodeó la cama y se aproximó al espejo de pie. Allí se observó.

Sí, realmente sus ojos denunciaban el pesar de su corazón. Hoy se sentía especialmente triste. No sabía por qué. El día era precioso y aún desde ahí podía escuchar el canto de las aves que nunca temían aquella casa.

¡Qué lejos quedaba el día en que se convirtió en una esclava!

También entonces el Sol brillaba en lo alto, solo que en aquella ocasión eran sus ojos los que despedían llamaradas de rabia y odio en torno a aquella multitud que la miraban como jamás nadie se hubiera atrevido de seguir vivo su padre.

En su reino, ella era la hija del rey, pero el ejército no soportó la presión de los invasores y pronto las puertas del palacio que la vieron crecer cayeron como toda su guardia de elite. Su padre vendió cara su vida, ofreciéndole apenas una última mirada de amor mientras se sumergía entre una marea humana de guerreros que se abalanzaron sobre él hasta rematarlo. Ella se resistió, luchó y forcejeó, pero nada pudo evitar para verse tras los barrotes de un carromato que la condujo hasta bien lejos de allí. Su destino iba a ser peor que la muerte: iba a ser una esclava.

¡Ella!. ¡La princesa Aisha una esclava! Aquel día deseó morir y bien que lo intentó, pero nunca le quitaron el ojo de encima y no se lo permitieron. Su altiva mirada y la fiereza de su carácter podían ser un irresistible reclamo para aquel hombre de abultada bolsa de dinero que querría ganarse la envidia de sus congéneres “domándola”. En su fuero interno, ella juró por su padre que quien se atreviese a pujar por ella bien conocería el más alto precio.

En lo alto de la tarima de madera, anudada de manos a un poste, Aisha escupió al público asistente de la venta de esclavos, ganándose rápidamente la atención de todos. La princesa Aisha fue motivo de bravatas y fanfarronadas. Ella volvió a despreciar a los sucios y malolientes hombres –y alguna que otra mujer– con sus ojos llameantes.

–Hermosa, joven y carácter indomable –vociferó el mercader de esclavos pasando una mano por su cabellera y esquivando su pie vengativo–. ¿Quién no querría tener una gacela salvaje, una pantera, una auténtica tigresa? ¿Quién no es lo bastante hombre para mostrar a esta muchacha de noble cuna el valor de la obediencia y la virtud de la humildad? ¿Quién ofrece quinientas piezas de oro por ser su dueño?

–¡Yo lo soy! –gritó un orondo hombre de túnica perlada y dedos anillados. Bajo su turbante, el hombretón de largos bigotes se atusó el bigote y repitió–. Yo lo soy. Doy los quinientos.

–Pues yo setecientos –este era un joven de cabellos pelirrojos y modales afeminados, muy consentido por sus gentes únicamente por ser quien era.

–Mil.

–Mil quinientos –volvió a pujar el más joven–. Necesito una nueva esclava.

–Pues ésta creo que terminaría domándote a ti.

Todos rieron salvo el muchacho, que cerró el puño abochornado. Por unos instantes, y para regocijo de la multitud, uno y otro se cruzaron insultos y blasfemias en un tono que no hizo sino divertir más a la plebe.

–Parece que ya no les gusto –susurró Aisha a su actual propietario, ganándose así una bofetada que sonrojó su mejilla.

–Por favor, caballeros, esto es una subasta, no una lucha –intervino el mercader de esclavos temeroso de que aquella confrontación ensombreciese sus ventas. A su lado, Aisha se frotó su mejilla dolorida con el dorso de su mano encadenada a la otra, y, de reojo, observó un jinete parapetado entre las sombras de un callejón lejano que parecía estudiarle con descarada atención. Ella se incorporó y alzó la barbilla desafiante a su condición de esclava, pero, al mirar de nuevo de reojo hacia aquel lugar, hombre y montura habían desaparecido.

–Dos mil quinientas piezas –ofreció nuevamente el hombre gordo en réplica al más joven, pero pronto la puja se detuvo una vez más cuando, por segunda vez, se insultaron con los apelativos más zafios que eran posible imaginar aún en boca del más ruin y apestoso porquero.

Aisha, desde su tarima, sonrió con orgullo. Aquellos hombres tan estúpidos jamás lograrían doblegar su cuerpo, y menos aún su espíritu.

–Cinco mil –rugió una voz que hizo silenciar el pueblo entero. Los presentes, desde el primero al último, callaron y tornaron la cabeza para observar boquiabiertos al desconocido que, vestido con una túnica azul y blanca, de rostro cubierto por un velo, avanzaba entre la gente a lomos de un corcel de pelaje negro con el mismo orgullo del que se sabe dueño de su destino. Hombres y mujeres se apartaron prestamente para ceder su hueco al recién llegado, que espoleó ligeramente a su caballo hasta aproximarse a los pies de la tarima de madera. Allí volvió a hablar, y, pese no alzar la voz, muchos creyeron que las paredes temblaban–: Cinco mil, he dicho. Y exijo estudiar la mercancía.

Aisha, al verse así llamada, frunció el ceño. ¿Así era como le consideraba él? ¿Una “mercancía”? ¿Por quién la tomaba? Ella no era una mera criada. ¡Ella era una princesa!

Cuando el hombre hizo resonar sus botas en cada peldaño de la escala de madera, Aisha no pudo reprimir un ligero escalofrío. Caminaba con tal desaire y seguridad en sus pasos que se sentía amenazada, empequeñecida. Le miró... brevemente, pero no pudo atreverse a dirigir sus ojos hacia los de él, temeroso de verse absorbido como así presagiaba su corazón. Se estaba acercando..., más y más, ¡hacia ella! Su corazón, sin causa, latía desaforadamente, y una congoja había ascendido desde su estómago para formarse un nudo en su garganta. ¿Pero qué le sucedía? Ella había batallado en despachos con diplomáticos y nobles, conocía toda clase de seres poderosos, pero, en cambio, con aquel hombre, del que nada sabía de su cuna, no podía pensar en lo desprotegida que resultaba. Y nada tenía que ver las cuerdas en sus muñecas. Podría estar liberada, y aún armada con una cimitarra, que aquello no marcaría diferencia alguna en su estado.

–Aquí la tenéis, mi señor –dijo el mercader haciendo una reverencia–. Su nombre es...

–Eso no importa –replicó él interrumpiéndole–. Sólo quiero examinarla de cerca.

–Como me toquéis, os juro que... –pero también Aisha cerró la boca cuando el hombre avanzó amenazadoramente hacia ella. No dijo nada, pero tampoco fue necesario.

El desconocido caminó resueltamente alrededor de ella. Enfocó sus ojos azules en su rostro y casi pudo haberla desnudado con la mirada, por la fijeza y electrificante forma de contemplarla. Cuando hubo dejado transcurrir unos tensos instantes –casi días para ella– alargó una mano hacia Aisha, pero ella, con un nuevo estallido de furia y orgullo, se apartó violentamente de su contacto. El comerciante rechinó los dientes y se prestó a abofetear su descaro, pero su mano quedó muerta cuando el jinete nómada alzó una mano para detenerla.

–¡No! No será necesario.

Sin embargo, Aisha le retó con sus ojos a certificar sus palabras, pero al descender la cabeza, se supo perdida. No sabía qué pensar. Algo en su voz, en su caminar, en su mera presencia le restaban la fuerza que siempre habían destacado en ella. La atraía y la rabia la consumía sólo por reconocerlo. Cerró los ojos con fuerza al notar como las yemas de los dedos del hombre rozaban sus ropajes y algo en su interior se rompió cuando le arrancó la parte superior de su túnica, dejando a la vista de todos sus pechos y su ombligo. Quiso echarse al suelo para ocultar su vergüenza, pero otra parte dentro de sí, lo que quedaba de su orgullo machacado, la obligó a permanecer en pie, a elevar la barbilla y a no dejar que las lágrimas que afloraban y rasgaban sus mejillas la derrumbasen. El hombre –aún no tenía siquiera un nombre; sólo era él; sólo era el hombre– tomó su cabeza por la barbilla y la miró de cerca, aunque ella no se atrevió a abrir los ojos. Sintió cómo sus pechos eran palpados y cómo la sobaba los brazos, y las caderas.

Y cómo descubría que la cara interior de sus muslos estaba humedecida.

Lo que siguió a continuación transcurrió en un sueño onírico del que poco recordaba. Supo que repitió, por última vez, su puja con el mercader y que luego, a bordo de un carromato y encadenada por su cuello a la jaula donde viajaba, llegó a aquella mansión. Todo aquello y los primeros días sucedieron sin que Aisha supiera como o porqué.

Dejó de comer; casi no durmió; apenas sentía el calor del Sol o la presencia de la luna.

Algunas imágenes sueltas, inconexas, afloraban a su mente de tanto en tanto; un día dos mujeres la bañaron, perfumaron, la peinaron y la vistieron con suma delicadeza; otro día paseó entre los jardines, mostrándole un gran criadero de jilgueros que no dejaban de piar a su paso, así como enjuagar sus pies en un estanque; y en otra jornada le hablaron y hablaron acerca de su Amo, de la mansión de su Amo, de los deberes contraídos hacia su Amo.

–¿Amo? –murmuró cuando estaba sola.

Ella era una princesa. Ella no tenía Amo. Ella no quería ningún Amo.

NADIE iba a poseerla.

Pero nunca escapó. No supo por qué, pero así fue. Decía y gritaba que tenía intención de huir bien lejos, de robar un caballo y, como excelente amazona que era, atravesar toda puerta hasta no detenerse más que en el fin del Mundo.

Pero aunque los caballos no estaban vigilados, aunque cada puerta permanecía siempre abierta y aunque nadie se lo prohibiese, ella no quiso o pudo escapar.

De alguna forma, aún sentía la presencia de Él a su costado.

Él.

Su Amo.

Su Dueño.

Y pasaron días. Y luego fueron semanas. Y un mes. Y dos.

Cuando venía su Amo y permanecía en la mansión, solía ser día de fiesta. Había una gran celebración y la gente irradiaba felicidad.

Y con el tiempo, también a ella se le iluminaba el rostro. Porque cuando venía, solían pasear por los jardines, sentarse en un banco bajo el amparo de la Luna, y, muchas veces, no pronunciaban una palabra en toda la noche.

Había algo en él que aún encontraba mágico. Poco a poco, solía aprender un poco de su pasado, de las batallas libradas –y ganadas–, de sus viajes, de anécdotas acontecidas a él o a compañeros suyos, a leer y apreciar alguno de sus libros de poemas que solía redactar justo antes de amanecer y guardaba celosamente en el despacho de su biblioteca, aunque a ella le permitió leer algunos fragmentos.

Hablar y no hablar con él; escucharle y leerle; verle llegar y acercarse. Servirle.

Todo eso, con el paso de los días se volvió cada vez más importante para ella, más ansiado, más necesitado.

Hasta que un día, cuando apenas habían chocado los primeros rayos de Sol contra su ventana y atisbó su figura inconfundible a lo lejos, regresando ¡al fin!, comprendió la razón por la que no había escapado de aquella jaula.

Porque no existía nada más. Porque le amaba. Porque, realmente, era suya.

Porque necesitaba ser suya.

Poderle servir, poderle complacer, poderle ofrecer más de lo que pidiese era su meta, su ansia, su razón de ser. Y ser su esclava, su mayor privilegio y su mayor orgullo.

Adelantó sus pies y avanzó unos pasos hacia la pared, donde un gran espejo enmarcado en una pieza única de madera de roble exquisitamente tallada le devolvía su propia imagen, la de una mujer encadenada a la pared... por su propia mano. Acercó sus dedos tímidamente y acarició la gruesa pieza de metal que rodeaba su cuello. Se cerraba con una única llave.

Y la llave siempre la guardaba su Amo. Aquel fue uno de sus regalos que ella le hizo con tanta ilusión que casi sentía que su piel se iba a agrietar.

Al verse en el espejo, Aisha recordó un día, no muy lejano.

Recordaba el cepillo con el cual alisaba sus largos cabellos y la madera chocar con violencia cuando la puerta de su habitación se abrió de repente. Su Amo, hecho una furia, avanzó hacia ella con el rostro tenso, casi paralizado. Ella se asustó, pero no olvidó sus deberes y bajó la cabeza para susurrar un “Aquí me tiene, mi Señor”, pero jamás llegó a concluirla. Ni siquiera logró arrodillarse. Su Amo la tomó por la cintura, la puso en pie y la obligó a enfrentarse con su reflejo, apoyando ambas manos a ambos lados del marco de madera. Se vio asustada, pálida, casi a punto de llorar. No comprendía qué había sucedido o qué había hecho mal, pero sí era consciente que debería remediar su falta.

Su Amo le arrancó la falda y notó cómo le palpaba sus nalgas. Ella, avergonzada, se dejó hacer. Se mordisqueó el labio inferior y luchó por matar la pena por saberse merecedora de un castigo y de haber contrariado, aún involuntariamente, a su Dueño.

Sin preámbulos; sin caricias previas; sin palabras; sin compasión.

Su Amo la penetró analmente durante un largo tiempo.

Pudo notar cómo sus pechos se agitaban bajo sus ropas, cómo sus pezones se endurecían con cada vaivén, cómo sus piernas empezaban a flaquearle, cómo una ola de calor y placer, casi chisporroteante, crecía desde sus entrañas hasta alcanzar cada poro de su piel, erizando su vello y casi matándola de excitación. Cada vez que notaba su sexo en su interior, abriéndose camino en ella, saliendo con frustrante fuerza para regresar con mayor ímpetu, Aisha se excitaba más y más, hasta que las primeras gotas de su propio flujo se deslizó por sus muslos piel abajo.

Ella luchó por resistir. Aún cuando el agotamiento era grande y el sudor había bañado su espalda hasta mojar sus ropas y cegar sus ojos, hizo cuanto pudo y no pudo por resistir. Porque era una esclava y no podía decepcionar de nuevo a su Amo.

Sólo una sombra oscurecía su ánimo: ¿Qué habría hecho mal?. Ojalá, se repitió insistentemente, pudiera reparar el mal.

Y entonces su Amo se detuvo.

Exhausta, Aisha quiso arrodillarse en el suelo para servir a su Amo en lo que desease, pero apenas se sostenía en pie y casi cayó al suelo. Cansada, muy cansada.

–No pongas esa cara –le dijo él. Parecía adivinar sus pensamientos. Como siempre.

–¿Por qué...? –murmuró ella sin atreverse a alzar la mirada o la voz–. ¿Qué hice mal, mi Señor, para merecer el castigo?

–¿Castigo? –el tono de su Amo denotaba incomprensión–. Nada de eso, Aisha. Tan solo deseo. Un incombustible y ferviente deseo de tenerte, mi esclava.

Aisha sonrió. Y lloró, pero de alegría.

Pero eso fue otro día, y hoy era una jornada completamente nueva.

Dio media vuelta y se acercó al ventanal. Se sentó en el alféizar, dobló las piernas y apoyó su rostro en la palma de su mano.

En el punto más lejano del camino que se perdía en el horizonte, seguía sin aparecer la figura de su Amo. Más cerca, al otro lado del muro de piedra, el parque estallaba de mil colores con el albor del nuevo día.

Abajo veía el patio, donde un par de criados cepillaban con esmero los caballos de piel azabache y pelaje tan sedoso que parecía de ébano.

La princesa estaba triste.

sábado, 9 de mayo de 2009

TU AUSENCIA

Apenas te veo marcharte escaleras abajo ya siento tu ausencia. Hemos estado más de tres horas juntos, toda la tarde, pero han sido instantes en el tiempo que mide mi corazón y los cinco segundos que hace que sonó el golpe en la puerta me han arrebatado ya dos años y medio.

Aún sostengo en mis manos tu collar de sumisa. Te lo quité y acto seguido te marchaste, con tu mirada a la vez triste y candorosa. Me sonreíste, me besaste en los labios –un beso tan suave como rápido– y te marchaste.

Era necesario, supongo. Pero cada vez, cuestiono más y más ese pensamiento. Cada vez más, me doy cuenta de que tu presencia llena mi casa y tu marcha me vacía por dentro.

Tendría que avergonzarme, pero no lo hago. Estoy a solas y nadie puede ver como me acerco con mirada triste al balcón para ver como te alejas de mí y cómo desapareces al doblar la esquina.

Por un segundo siento deseos de llamarte y hacerte regresar. Sería sencillo. Pero no lo hago. Tampoco importaría. Tengo tu número de móvil. Y el de tu casa. Y tu dirección, y tu lugar donde trabajas.

No estoy seguro de qué me sucede.

Quizás sea esa mirada tuya la que tanto me perturba. Sucedió la vez anterior, y también hoy. ¿Lo recuerdas? Sé que sí. Es una mirada que, de rodillas me pidió... no, me suplicó con lágrimas en los ojos, que te diera unos azotes con la fusta. No puedo evitar desviar mis ojos a aquel instrumento negro que ahora reposa sobre una silla. Fue tan profundo tu deseo que no tuve fuerzas para negártelo. El único problema es que aquella mirada era sincera, tanto como la certeza de que los azotes te son insoportables, aterradores. Y aún así me lo pediste. No necesito preguntarte el porqué. Tu mirada me lo gritaba.

Y ahora que ha quedado todo atrás, la merienda que me serviste con tu uniforme –el pequeño delantal de tela blanca y borduras de encaje, las esposas en los tobillos, el collar unido a una larga correa retráctil que yo siempre sostenía–, la charla sobre el libro que ambos estamos leyendo, tu próximo examen que tanto se te atraganta, es cuando me veo reflejado en la soledad de cada habitación vacía y siento el eco de tus pisadas, la tenue luz impregnada en cada esquina, la calidez en las correas que te maniataron. Incluso siento vergüenza por atarte. Es tanta tu entrega que sé positivamente que no hay cuerda ni cadena que supere a tu decisión de obedecerme ciegamente. ¿Para qué atarte pues? No hay razón.

Veinte minutos después de que te fueras aún permanezco apoyado en el marco de la ventana. Diría que por tomar el aire, pero sé que no, puesto que no he desviado la mirada de la esquina que te vio partir.

Y también es ahora que nadie me oye cuando tengo fuerzas para cuestionar quién necesita más a quién.

Cuando murmuro tu nombre, siento miel en los labios.

INICIACIÓN

Como siempre, estuve esperándola impaciente. shini lo merecía, por descontado. Su dedicación, servilismo, humildad y alegría innatas hacían de ella una mujer por la que cualquier Amo se mantendría gustoso asomado en el balcón de su casa contemplando cómo el cielo se oscurecía con el atardecer y cómo los vencejos daban buena cuenta de los insectos veraniegos que pululaban por doquier.

Abajo, en la calle, docenas de personas iban y venían en su trajín diario y los coches se pitaban unos a otros refunfuñados por el deseo de llegar cuanto antes a su querido hogar.

Eran las siete menos cinco y aún no había rastro de ella. Ni siquiera me inmuté. Ella jamás había llegado tarde y en aquella ocasión, la más importante de todas, aún creería antes que el Sol no nos despertaría en la mañana siguiente a que dejara de ser puntual.

Y, como siempre que se trataba de shini, no me equivoqué. Sonreí apenas la vi doblar la esquina y desembocar por mi calle. Caminaba con rapidez, pero quizás más movida por el nerviosismo que por la falta de tiempo. No me apresuré en entrar en mi vivienda para abrirle la puerta. Preferí deleitarme mientras avanzaba con la cabeza alta, orgullosa, taconeando el asfalto con sus zapatos negros y acercándose hasta mí.

Hasta su Amo y Señor.

Pulsó el timbre de mi puerta y tampoco ahora reaccioné. Dejé que ella esperara. Sin duda, se estaría preguntando si me habría ausentado sin aviso, pero no alzó la vista para buscarme en su mirada. Sabía que si la hacía esperar era porque ese era mi deseo y ella lo acataría y aceptaría.

Pero tampoco quise retrasarlo mucho. También yo deseaba tenerla a mi lado, por lo que entré en la casa y le abrí la puerta. Los tres minutos que tardó en subir las escaleras fueron casi eternos.

Apenas cruzó la entrada, inclinó la cabeza, tomó mis manos entre las suyas y me las besó tiernamente.

–Mi Señor –dijo escuetamente.

–Mi amor –respondí mientras la besaba en la frente.

–Aquí está vuestra humilde esclava, deseando serviros tal y como os merecéis.

Me distancié de ella y la miré fijamente. Ella alzó ligeramente la mirada y, al cruzarse por un segundo nuestros ojos, inclinó aún más la cabeza avergonzada. No estoy seguro de si quiso disculparse pero, en todo caso, no pudo pronunciar palabra.

–Hoy estás muy hermosa, shini.

–Gracias mi Señor. Pero no hay belleza en mí salvo la que me ha dado usted, mi Amo. Antes de conocerle, era barro y miseria. Usted ha sido mi escultor y mi maestro. Y siempre lo será mientras así lo desee.

–Desnúdate.

La orden la pilló de improvisto y pareció tardar un segundo en reaccionar. Yo la sonreí víctima de su desconcierto y me relamí de gusto al verla temblar de nerviosismo mientras sus manos se arrancaban cada jirón de ese disfraz que unos llaman ropa. Así fue como se quitó la camiseta de tirantes y se desabrochó la falda. Debajo de las mismas, no llevaba ropa interior. Una vez desnuda por completo, unió sus manos a la espalda y quedó a la espera de nuevas órdenes.

Era realmente bonita y así se lo dije con mis ojos y mi sonrisa. La miré durante quizás diez minutos. Podía notar el rubor al verse así estudiada, pero no me importó. Más aún, el tono rosado en sus mejillas acentuaba aún más su semejanza con una flor de pétalos abiertos.

Cuando me acerqué a ella, apoyé una mano bajo su barbilla y la obligué a mirarme. Ella tembló aún más. Su nerviosismo la convertía en una hoja en medio de una tempestad. La besé en los labios quedamente y sonreí otra vez. Me era muy sencillo sonreír cada vez que la miraba. Ella logró vencer su temor y también me devolvió la sonrisa. Al fin lo había logrado.

Por fin le mostré lo que había estado llevando disimuladamente en las manos. Una cadenita de metal provista de una tres pinzas metálicas. shini tragó saliva, pero no dijo nada. Dos pinzas, de dientes juguetones y un tanto crueles, se cebaron en sus pezones. Ambas pinzas los tomaron y se clavaron en su carne. De cada una de las mismas partían un segmento de cadena hasta una argolla también del mismo metal... adonde igualmente llegaba un tercer trozo de cadena cuya pinza –esta especialmente preparada– atrapaba un labio del sexo de shini. Con estos tres puntos unidos, y yo tirando de la cadena principal que partía de la argolla y llegaba a mi mano, la llevé hasta el salón. Aunque ella caminaba con cierta premura, yo tiré ligeramente de la cadena en un par de ocasiones, disfrutando con el quejido casi inaudible que se le escapaba a shini. En sus ojos, ligeramente humedecidos, pude notar su sacrificio y no forcé más la situación.

Ya en el salón, la liberé de su tormento y apagué todas las luces, encendiendo en su lugar cinco velas, que, sobre unos pequeños soportes de cerámica azules, coloqué alrededor de mi esclava. Ella esbozó una tenue sonrisa deformada por el creciente temblor en sus piernas. El último toque de la puesta a punto fue perfumarla con un pequeño frasquito que había adquirido para la ocasión y encender una varita de incienso en un rincón de la sala.

–Hoy, mi querida shini, es el primer día en que vas a ser encumbrada con tu collar. Durante estas semanas, has mostrado un talento y una dedicación a mí que me ha reconfortado, satisfecho y llenado de placer. Pero el tiempo de tu aprendizaje y de tu educación ha llegado a su final. Ambos nos conocemos y ambos somos parte de un solo cuerpo. Y desde hoy, con la puesta de tu collar, la unión será tan sólida como lo es cada célula de tu cuerpo.

shini me miró y vi que en sus ojos afloraban destellos que anunciaban próximas lágrimas. Con cariño, deslicé un dedo por sus párpados para evitar que derramara lágrima alguna. Pude sentir que su piel tiritaba a mi roce... y no era por frío.

Tomé su mano derecha y le besé el dorso.

–Beso tu mano derecha –dije a su vez– para que siempre esté ahí, a mi lado, dispuesta a acariciarme, a ayudarme, a protegerme, a cuidarme. Y beso tu mano izquierda –hice lo propio– para que nunca olvides ser feliz, amarte y quererte.

“Beso tu frente con cariño, para que en tu mente no haya lugar a la tristeza, al desamparo, a la agonía. Y tu barbilla, para que te sientas orgullosa de quién eres y a quién sirves.

“Beso cada muñeca de tus manos para que, al encadenarte con estas esposas, estén siempre unidas, siempre atadas, siempre encadenadas a mi corazón. Y beso esos pies tuyos para que jamás se rindan y se cansen de caminar, de avanzar hacia delante superando cada obstáculo que se interponga en tu destino.

“Beso tus pechos, uno para excitarme y otro para excitarte a tu vez. Y beso tu vientre, para que siempre haya lugar para el respeto, el cariño, la ternura y la belleza en nuestra relación.

“Y ahora, mi querida shini, arrodíllate ante tu Amo –ella así lo hizo, con la espalda rígidamente recta, las piernas dobladas en ángulo recto, las manos en la espalda y la barbilla apoyada en su pecho–. Y ya para finalizar tu posesión, te beso, con el más dulce y más tenso que mis labios pueden manifestar, tu cuello, colocándote a su vez este collar que representa tu sumisión hacia mí.

Con estas últimas palabras le coloqué un ancho collar de cuero provisto de cuatro argollas metálicas, una a cada lado. Al mirarla fijamente, noté que por sus mejillas se derramaban lágrimas. Hice que me mirara y la besé en los labios, mordisqueándolos y acariciándolos con la punta de mi lengua.

Me separé de ella y tomé una fusta de color negro. Al acercárselo a ella, lo besó con dedicación.

–Inclínate hacia delante, shini.

Sin cambiar la posición de las piernas ni las manos, ella apoyó su frente en el suelo, mostrándome y ofreciéndome sus nalgas.

–Este compromiso lo sellaré con una rúbrica y una firma sobre tu piel.

Y acto seguido, le di un fuerte azote que silbó en el aire hasta quebrarse sobre su carne, enrojeciéndose al instante.

–Ya puedes volver a ponerte de rodillas. Desde ahora y para siempre, serás mi única y auténtica esclava, no como novicia, sino con todo lo que ello implica.

–Gracias mi Amo. Por todo, por... su dedicación, por todo.

Excusé su torpeza en sus palabras con mucha sencillez. Todo lo que yo esperaba oír, lo escuchaba dentro de mí y no necesitaba de sonido alguno para saberlo.

–Como primer acto, shini, te daré tres regalos.

–Muchas gracias, mi Amo. Soy toda vuestra. Su presencia a mi lado es cuando pueda soñar.

Nadie que la pudiera ver podría dudar de sus palabras.

–Aún así, quiero dártelos. Ponte en pie.

Ella así lo hizo. Y yo, apenas la tuve a mi lado, deslicé mi mano derecha por su rostro, como si fuera un velo que desnudara su cara.

–He aquí uno: mi primera caricia.

–Nunca nadie sintió dedos más tiernos sobre sí, mi Amo.

Luego me aproximé más y besé con dedicación y pasión su boca.

–Y he aquí el segundo: mi primer beso.

–Nunca nadie podrá decir que se ha sentido llena de corazón si no soy yo, mi Amo.

–Y para el tercer regalo, tendrás que acompañarme. A mis pies, shini.

Ella obedeció prestamente y se situó junto a mí, postrada sobre manos y pies. Coloqué una correa que tendía de su collar y la saqué a pasearla fuera de la sala.
Nuestro destino y lugar de entrega de su último regalo: mi dormitorio