sábado, 16 de mayo de 2009

UN SEGUNDO ANTES

Desnuda, arrodillada y postrada, así la tengo ante mí.

Llevamos largo rato sin movernos. Yo de pie, cruzado de brazos y mirándola con semblante serio. Ella a mis pies, temblando suavemente sin alzar la vista temerosa de encontrarse con mis ojos.

Es media tarde de un domingo y no hay coches que molesten en su tránsito. No hay vecinos con sus televisores a pleno volumen. No hay perros ladrando al aire. Solos ella y yo. Solos los dos. El Amo y la esclava. Ella y yo.

Adivino sus pensamientos. Con las nalgas apoyadas en los talones, las manos con las muñecas cruzadas a su espalda, su cuerpo inclinado hacia delante hasta que su frente casi roza el suelo y el cabello cayendo a ambos lados de su rostro, protegiéndola de mi escrutinio, aquella mujer ha abandonado los primeros minutos de excitación por la de confusión y sorpresa. Su mente arde de deseos de conocer mis próximas palabras; su piel palpita con la proximidad de mis manos; su sexo ha secado hacía rato el inicial hambre y ahora se ha adormecido.

Y yo, que podría azotarla, que podría penetrarla, que podría humillarla, me quedo de pie, altivo, poderoso, fuerte, dominante, preguntándome cuán altivo, poderoso, fuerte y dominante quiero, puedo, deseo ser. No tiene cadenas, no tiene cuerdas y podría levantarse y decirme vivamente: “Alto”. Y yo no podría retenerla. Soy su Amo porque ella desea ser mi esclava. Y, viéndolo al revés, ella es mi esclava sólo porque deseo ser su Amo.

Mis zapatos crujen cuando rodeo su cuerpo. Es el primer sonido que escucha en largo tiempo y no resulta ser su ahogada respiración o los latidos irregulares de su corazón. De nuevo recupera las preguntas que antaño se hiciera. ¿Qué haré con ella?. ¿Será excitante?. ¿Será doloroso?. ¿Será humillante?.

Ante mí se deslizan docenas de posibilidades. La tengo, hoy por hoy, a mi disposición. Como una moneda que se puede deslizar entre los dedos de un habilidoso tahúr, el futuro próximo se contorsiona ante mis ojos imaginativos, viéndola, sintiéndola de muchas formas: atada en forma de cruz a la cabecera de una cama con un vibrador que no conoce descanso ni tregua; su cuerpo a cuatro patas para que me sirva como apoya pies; sus nalgas enrojecidas por los azotes continuos; su sexo y ano utilizados para mi placer sexual hasta quedar satisfecho. Todo ello y más podría acontecer. Son muchos los futuros posibles, todos deseados en sus distintas formas, y todos ellos míos.

Porque para eso está ella aquí y ahora, desnuda y sometida, para complacerme y disfrutar de la sensación de abandono de sí misma, con la excitación del juego que implica un desconocimiento casi absoluto de lo que vendrá a continuación, del deseo de pensar en ser de alguien con un sentido más que metafórico.

Situado a sus espaldas, sigo sin decir nada. Es mi pequeña caja de sorpresas, un regalo que promete mil emociones hasta el momento en que sea abierta.

Pronto me decido por una de mis opciones, por saciar uno de mis deseos que me ha surgido en aquel instante, pero ahogo las palabras en mi boca y no digo nada. Todavía quiero saborear aquel instante, aquella visión de su cuerpo echado a mis pies, deseando… si, deseándolo intensamente, satisfacerme, complacerme, entregada a un placer prohibido para muchos. Ella es mía. En aquel momento, en esos segundos, es mía, la poseo, la tengo. Palpo el poder por poseer un cuerpo distinto al mío, de disfrutar con su piel sin impedimento alguno, con su obediencia a mis instintos salvajes, y cada uno de nosotros saboreando el placer del abandono: el mío, es el abandono a mis deseos; el suyo, es el placer a abandonar su libertad.

En un segundo esta emoción ancestral desaparecerá. Daré una orden y seré obedecido. El placer será distinto. Ni mejor ni peor. Sólo distinto.

Pasa el segundo y doy mi orden.

martes, 12 de mayo de 2009

POR LA MAÑANA

Es buena mañana, demasiado temprano, pero aquí estoy, junto el alféizar de la ventana contemplando el espléndido paraje en el que estoy refugiado este fin de semana.

A través del cristal empañado por el rocío, descubro los árboles cercanos por donde corretea una traviesa ardilla. Más allá, se abren arbustos y lechos de flores que impregnan el aire de suaves fragancias que me retrotraen a mi infancia en la casa de campo, cuando la vida era más sencilla y mis padres vivían.

En mis manos sostengo una taza de café aún humeante, que sólo llevo a mis labios de tanto en tanto, prevenido ante su calor. El sorbo me llena por dentro y me despierta una energía y deseos que por tiempo creí no tener. Miro el cielo y escucho la promesa de que aquel será un día magnífico. Yo, para nadie, asiento y me comprometo a que así sea.

Pasará bastante tiempo antes de que me gire. Allí, al otro lado de la habitación, se haya una cama cuyas sábanas y mantas han sido arrancadas y colocadas de cualquier manera, formando una abrupta cordillera donde descansa una figura femenina cuya silueta conozco a la perfección. Yace boca abajo, agotada por aquella noche compartida conmigo. En sus nalgas aún se aprecian las huellas de una fusta que describió largas parrafadas sobre su piel, como si mi mano fuera la de un escritor, la vara una afilada pluma y su cuerpo un bronceado pergamino.

Está despierta. Me mira y, aunque buena parte de su rostro permanece oculto, sé que está sonriendo.

lunes, 11 de mayo de 2009

LA CENA

Entre risas, anécdotas y alguna que otra mirada cómplice, los tres comensales dábamos buena cuenta de aquella cena.

Era el principio de primavera y el día había resultado soleado y apacible. Ya a media tarde acudimos, mi esclava Eisha y yo, a casa de Cordelia para la cena que llevábamos semanas acordando y ya varias veces retrasada. Nosotros, por culpa del tráfico, llegamos algo tarde, pero nos tranquilizamos cuando descubrimos que los otros invitados no llevaban más de diez minutos en la casa.

Tras saludar a la anfitriona, su esclava, Diana, me arrebató a Eisha hasta una habitación para prepararla oportunamente. Allí ya estaba María José, la esclava de Ricardo.

Cordelia, Ricardo y yo mismo pasamos a la sala de estar donde nos echamos sobre un sofá. Allí ya había dispuesto, sobre una mesita de té, una bandeja con bebidas y otra con canapés de acompañamiento. No cogí más de un par, porque no quería perder el apetito. Además, estaba deseando que apareciesen las esclavas –especialmente la mía– y se estaban haciendo de rogar. Conocía el carácter rebelde de Eisha y por ello me preocupé un poco, por si su vergüenza pudieran jugarle una mala pasada, aunque quise darle el beneficio de la duda y no cuestionar su entrega. Hubiera sido insultante. Pero quisiera o no, no logré centrarme mucho en la charla entre los tres, insustancial por otra parte, por lo que no dejé de captar las miradas cómplices de los otros que adivinaban mi preocupación.

Aparecieron radiantes, las tres, pero sólo tuve ojos para una de ellas, mi Eisha. Llevaba un sedoso pantalón transparente que traslucía el fino tanga negro que llevaba debajo. Caminaba descalza, y, a la cintura, una cadenita fina de plata. Sobre el pecho, un chaleco azulado, a juego con el pantalón, chaleco abierto que permitía buen vistazo a sus pechos unidos entre sí por una cadena sujeta a los pezones mediante dos lazos. Y, en las muñecas, sendas muñequeras de cuero con argollas de metal prestas para darles un buen uso e inmovilizarlas.

Se adentró en la sala exhibiendo una amplia sonrisa, aunque también una mirada huidiza que se escurría entre mis ojos inquisidores y, desde luego, complacidos. Pasó por mi lado con no poca coquetería y descaro, se inclinó hacia delante para tomar una bandeja, se encaró hacia mí y se arrodilló sonrojada alzando la bandeja:

–¿Te apetece tomar alguno, mi Señor? –dijo entre unas risitas. Yo, naturalmente, tomé un canapé sin más deseos que el de devolver aquel exquisito y seductor gesto de mi esclava.

Las otras dos esclavas hicieron algo parecido. Quizás. No lo sé. Lo cierto es que tengo un vago recuerdo de que hubiera alguien más en la sala.

Ya más tarde, mientras Diana, supervisada por su Ama, daban los últimos toques a la preparación de la mesa en una sala contigua, más grande que la presente, me surgió un súbito deseo. Me excusé con Ricardo, con quien supuestamente estaba conversando, y salí al pasillo exterior. En aquel momento, Eisha estaba ayudando a Diana con sus tareas, habiendo dejado una jarra de agua en el salón comedor. Me sonrió con ternura y se giró para continuar ayudando en los preparativos, pero yo la detuve.

–¡Eisha!

–¿Sí, mi Señor?

Con pasos firmes, crucé la distancia que nos separaba y me quedé a su lado, aún sin decir más. Dudé unos instantes, pero por mi mente pasaron aquellas imágenes de Eisha días atrás, en una de nuestras sesiones, y también las que en aquel preciso momento presenciaba, con sus exultantes pechos, firmes y suaves, amenazando con asomarse por el exiguo chaleco que apenas cubría.

–¿Quieres algo, mi Amo? –me dijo en respuesta a mi silencio. Y así se decantó la balanza.

–Sí. Ven conmigo.

La tomé de la muñeca sin esperar su respuesta y la llevé conmigo a lo largo del pasillo, en dirección opuesta a donde estaba el comedor, Cordelia y las demás esclavas, deseando, más que nunca, huir de aquella casa. Abrí una puerta que encontré a mi paso, escogida casi al azar –sólo atraído por su aspecto mundano y vulgar– y, pasé dentro, aún arrastrando tras de mí a mi esclava.

La empujé contra la puerta ya cerrada, tanto para impedir el paso de nadie como, más acertadamente, por pura impaciencia. Sujeté sus muñecas aprisionadas por mis manos y nos besamos en una competición por descubrir quién de los dos deseaba más al otro. Nuestras lenguas se encontraron en la mitad de la nada y pronto arrastré los labios en su descenso por el cuello en la búsqueda de uno de sus puntos débiles, que tanto la excitaban sin remedio. No tardé mucho en soltarla, demasiado pendiente de aquellos huidizos pechos que pronto amasé con mis dedos y estrujé hasta lamer y mordisquear suavemente –pero tampoco demasiado–.

Su pantalón sedoso se convirtió en una prenda molesta, así como el fino tanga, coqueto antes e irritante ahora, buscando la forma de acariciar su sexo con dos dedos y recorrer el vello de su pubis recortado a lo brasileño.

–Amo… –susurró en voz baja.

–Shh, mi perrita, calla.

–Sí… sí… –pero sus palabras eran más gemidos que otra cosa y no me importó.

Nuestro abrazo se tornó más violento y salvaje; los labios, una búsqueda de puntos latentes y ocultos; las manos, cuatro enemigos que huían de la mutua compañía y ansiaban otras partes del cuerpo.

No tardé mucho en tenerla de espaldas a mí, inclinada hacia delante, apoyándose contra una pared y el culo en pompa, penetrándola o sometiéndola –¡no lo sabía ni me importaba!–, tomándola de la cintura para empujarla hacia mí –o yo impulsarme contra ella– una vez, y otra y…

Al correrme aplasté mi pecho contra su espalda, estrujándola con tal fuerza que temí partirla en dos, pero ella no se quejó, quizás, incluso satisfecha de mi súbito ataque de rabia, fuerza y energía. Ignoro si ella alcanzó el orgasmo también, pero no me importó mucho en aquellos momentos. Era mi momento y mi derecho, y, con su sonrisa dirigida a mí, quedó claro que, en un sentido u otro, también ella había disfrutado.

Más tarde, tras aquella escapada que, al menos en apariencia, había pasado desapercibida –o, cuanto menos, perdonada– por los demás, nos pusimos en torno a la mesa. Los tres Dominantes, sentados en las sillas. Nuestras esclavas, a los pies, arrodilladas en el suelo.

La comida fue ligera, algo protocolaria. Nuestra charla dejada llevar, entre bocado y bocado, al viento, como se solía decir. A mi lado notaba la presencia, a través de caricias y apretujones de la mejilla de Eisha contra mi muslo. Y, también, de tanto en tanto, algún movimiento demasiado descarado que se ganaba una mirada desaprobatoria por mi parte y una risita traviesa por parte de la suya en respuesta.

El largo mantel de tonalidad Burdeos me cubrió la vista de las otras esclavas pero, cuando vislumbré los semblantes casi hipnóticos y la tez un tanto ruborizada de Cordelia como Ricardo, en momentos distintos, no me costó mucho adivinar que sus respectivas esclavas debían estar tomando de igual modo su parte de la cena, aunque en un sentido menos literal.

Cuando terminamos el segundo plato y mientras hacíamos la sobremesa, las tres esclavas se ausentaron con algún propósito no aclarado. Algo tramaban, lógicamente, pero así debía ser. Formaba parte de la sorpresa, el juego y el morbo. Allá ellas con lo que fuera que estuvieran planeando.

Tras recibir algún aviso desde detrás de mí, Cordelia nos sugirió que pasásemos a tomar el postre a la sala que anteriormente habíamos abandonado. Por su mirada hacia mí, supuse que Eisha debía estar bien implicada. Eisha más postre. Más de una imagen pasó por mi mente.

Y tenía razón. Desnuda por completo, echada sobre una estrecha mesita de madera, Eisha permanecía tumbada boca arriba con sus brazos y piernas pegados al cuerpo y con su vientre, pechos y sexo cubiertos por un sugerente dibujo hecho con nata montada y gajitos de chocolate y fruta confitada. Temblaba ligeramente y una sonrisita nerviosa brotó de sus labios húmedos apenas cruzamos el umbral. Desvió la cabeza en nuestra dirección y, apenas posó los ojos en mí, esbozó una nueva sonrisa, esta vez más amplia y más radiante. Si antes su rostro estaba colorado en un fuerte contraste con la palidez de su piel, ahora se había encendido hasta tornarse de un intenso granate.

–¿Haces el favor? –me indicó Cordelia señalando con la mano a mi esclava–. Puedes empezar cuando gustes.

Incliné respetuosamente la cabeza y me adelanté. Deslicé los dedos por los cabellos de Eisha, me incliné y aproximando mi boca, tomé un trocito de chocolate con los dientes, para conducirlo hasta los labios de Eisha y, simultáneamente, ambos mordimos y nos quedamos con un extremo cada uno.

Tras este primer paso de apertura, los demás se aproximaron y me imitaron, dando buena cuenta de cada bocado sobre aquel delicioso postre. Dominantes y esclavas, hombres y mujeres, todos dieron buena cuenta del postre servido sobre el cuerpo desnudo de Eisha que, mal que le pesase, se sentía extrañamente excitada, no tanto sexual, como morbosamente. Sobre su piel percibía los lametones, los suaves mordiscos, los dedos acariciar su vientre para arrancar un poco de la nata montada antes de llevárselo a su boca.



Ya mucho tiempo después, en la soledad de nuestra casa, una vez duchados juntos, permanecíamos abrazados en la cama, ambos despiertos, ambos sin querer dormir.

–¿En qué piensas? –me preguntó ella.

Tardé un poco en responder.

–En la cena.

–¿Te gustó?

–Sí, mucho.

–Pues te recuerdo que yo apenas probé bocado. Y me he quedado con hambre.

La miré fijamente, pero ella, lejos de decir nada, metió la cabeza bajo las sábanas y se dispuso a prepararse su propia comida. Qué decir tiene, que me mostré más que complacido.

LA PRINCESA TRISTE

La princesa estaba triste.

Acurrucada en el amplio alféizar del ventanal de su habitación, miraba con ojos apagados más allá de lo que la amplia vista que la alta torre le permitía.

Abajo veía el patio donde un par de criados cepillaban con esmero los caballos de piel azabache y pelaje tan sedoso que parecía de ébano. Luego estaba el muro, una pared de piedra que daba paso a los jardines que con tanto mimo Sebastián cuidaba día tras día: parterres de claveles, rosas y lirios; chopos, abedules y sauces llorones; placetas, arcos y fuentes. Tantos y tantos colores mezclados hacían que tal visión hipnotizara. Y más allá, otro muro, el que delimitaba las propiedades del palacio. Y aún más lejos, el camino que serpenteaba por colinas señalando las lejanas montañas.

Y todavía en el horizonte, donde no le podía ver, su Amo.

Por eso Aisha estaba triste, porque no le veía. Alargó una mano al collar de acero que rodeaba su cuello, que la encadenaba a la misma mansión por la cadena que la unía a la argolla en una pared y bajó la mirada. Hacía mucho que se había ido. Realmente mucho.

Casi una mañana entera.

Se levantó y caminó un poco. Oyó el ligero repiqueteo de los eslabones de la cadena chocar entre sí y el susurro de sus vaporosas prendas al flotar brevemente en el aire. Rodeó la cama y se aproximó al espejo de pie. Allí se observó.

Sí, realmente sus ojos denunciaban el pesar de su corazón. Hoy se sentía especialmente triste. No sabía por qué. El día era precioso y aún desde ahí podía escuchar el canto de las aves que nunca temían aquella casa.

¡Qué lejos quedaba el día en que se convirtió en una esclava!

También entonces el Sol brillaba en lo alto, solo que en aquella ocasión eran sus ojos los que despedían llamaradas de rabia y odio en torno a aquella multitud que la miraban como jamás nadie se hubiera atrevido de seguir vivo su padre.

En su reino, ella era la hija del rey, pero el ejército no soportó la presión de los invasores y pronto las puertas del palacio que la vieron crecer cayeron como toda su guardia de elite. Su padre vendió cara su vida, ofreciéndole apenas una última mirada de amor mientras se sumergía entre una marea humana de guerreros que se abalanzaron sobre él hasta rematarlo. Ella se resistió, luchó y forcejeó, pero nada pudo evitar para verse tras los barrotes de un carromato que la condujo hasta bien lejos de allí. Su destino iba a ser peor que la muerte: iba a ser una esclava.

¡Ella!. ¡La princesa Aisha una esclava! Aquel día deseó morir y bien que lo intentó, pero nunca le quitaron el ojo de encima y no se lo permitieron. Su altiva mirada y la fiereza de su carácter podían ser un irresistible reclamo para aquel hombre de abultada bolsa de dinero que querría ganarse la envidia de sus congéneres “domándola”. En su fuero interno, ella juró por su padre que quien se atreviese a pujar por ella bien conocería el más alto precio.

En lo alto de la tarima de madera, anudada de manos a un poste, Aisha escupió al público asistente de la venta de esclavos, ganándose rápidamente la atención de todos. La princesa Aisha fue motivo de bravatas y fanfarronadas. Ella volvió a despreciar a los sucios y malolientes hombres –y alguna que otra mujer– con sus ojos llameantes.

–Hermosa, joven y carácter indomable –vociferó el mercader de esclavos pasando una mano por su cabellera y esquivando su pie vengativo–. ¿Quién no querría tener una gacela salvaje, una pantera, una auténtica tigresa? ¿Quién no es lo bastante hombre para mostrar a esta muchacha de noble cuna el valor de la obediencia y la virtud de la humildad? ¿Quién ofrece quinientas piezas de oro por ser su dueño?

–¡Yo lo soy! –gritó un orondo hombre de túnica perlada y dedos anillados. Bajo su turbante, el hombretón de largos bigotes se atusó el bigote y repitió–. Yo lo soy. Doy los quinientos.

–Pues yo setecientos –este era un joven de cabellos pelirrojos y modales afeminados, muy consentido por sus gentes únicamente por ser quien era.

–Mil.

–Mil quinientos –volvió a pujar el más joven–. Necesito una nueva esclava.

–Pues ésta creo que terminaría domándote a ti.

Todos rieron salvo el muchacho, que cerró el puño abochornado. Por unos instantes, y para regocijo de la multitud, uno y otro se cruzaron insultos y blasfemias en un tono que no hizo sino divertir más a la plebe.

–Parece que ya no les gusto –susurró Aisha a su actual propietario, ganándose así una bofetada que sonrojó su mejilla.

–Por favor, caballeros, esto es una subasta, no una lucha –intervino el mercader de esclavos temeroso de que aquella confrontación ensombreciese sus ventas. A su lado, Aisha se frotó su mejilla dolorida con el dorso de su mano encadenada a la otra, y, de reojo, observó un jinete parapetado entre las sombras de un callejón lejano que parecía estudiarle con descarada atención. Ella se incorporó y alzó la barbilla desafiante a su condición de esclava, pero, al mirar de nuevo de reojo hacia aquel lugar, hombre y montura habían desaparecido.

–Dos mil quinientas piezas –ofreció nuevamente el hombre gordo en réplica al más joven, pero pronto la puja se detuvo una vez más cuando, por segunda vez, se insultaron con los apelativos más zafios que eran posible imaginar aún en boca del más ruin y apestoso porquero.

Aisha, desde su tarima, sonrió con orgullo. Aquellos hombres tan estúpidos jamás lograrían doblegar su cuerpo, y menos aún su espíritu.

–Cinco mil –rugió una voz que hizo silenciar el pueblo entero. Los presentes, desde el primero al último, callaron y tornaron la cabeza para observar boquiabiertos al desconocido que, vestido con una túnica azul y blanca, de rostro cubierto por un velo, avanzaba entre la gente a lomos de un corcel de pelaje negro con el mismo orgullo del que se sabe dueño de su destino. Hombres y mujeres se apartaron prestamente para ceder su hueco al recién llegado, que espoleó ligeramente a su caballo hasta aproximarse a los pies de la tarima de madera. Allí volvió a hablar, y, pese no alzar la voz, muchos creyeron que las paredes temblaban–: Cinco mil, he dicho. Y exijo estudiar la mercancía.

Aisha, al verse así llamada, frunció el ceño. ¿Así era como le consideraba él? ¿Una “mercancía”? ¿Por quién la tomaba? Ella no era una mera criada. ¡Ella era una princesa!

Cuando el hombre hizo resonar sus botas en cada peldaño de la escala de madera, Aisha no pudo reprimir un ligero escalofrío. Caminaba con tal desaire y seguridad en sus pasos que se sentía amenazada, empequeñecida. Le miró... brevemente, pero no pudo atreverse a dirigir sus ojos hacia los de él, temeroso de verse absorbido como así presagiaba su corazón. Se estaba acercando..., más y más, ¡hacia ella! Su corazón, sin causa, latía desaforadamente, y una congoja había ascendido desde su estómago para formarse un nudo en su garganta. ¿Pero qué le sucedía? Ella había batallado en despachos con diplomáticos y nobles, conocía toda clase de seres poderosos, pero, en cambio, con aquel hombre, del que nada sabía de su cuna, no podía pensar en lo desprotegida que resultaba. Y nada tenía que ver las cuerdas en sus muñecas. Podría estar liberada, y aún armada con una cimitarra, que aquello no marcaría diferencia alguna en su estado.

–Aquí la tenéis, mi señor –dijo el mercader haciendo una reverencia–. Su nombre es...

–Eso no importa –replicó él interrumpiéndole–. Sólo quiero examinarla de cerca.

–Como me toquéis, os juro que... –pero también Aisha cerró la boca cuando el hombre avanzó amenazadoramente hacia ella. No dijo nada, pero tampoco fue necesario.

El desconocido caminó resueltamente alrededor de ella. Enfocó sus ojos azules en su rostro y casi pudo haberla desnudado con la mirada, por la fijeza y electrificante forma de contemplarla. Cuando hubo dejado transcurrir unos tensos instantes –casi días para ella– alargó una mano hacia Aisha, pero ella, con un nuevo estallido de furia y orgullo, se apartó violentamente de su contacto. El comerciante rechinó los dientes y se prestó a abofetear su descaro, pero su mano quedó muerta cuando el jinete nómada alzó una mano para detenerla.

–¡No! No será necesario.

Sin embargo, Aisha le retó con sus ojos a certificar sus palabras, pero al descender la cabeza, se supo perdida. No sabía qué pensar. Algo en su voz, en su caminar, en su mera presencia le restaban la fuerza que siempre habían destacado en ella. La atraía y la rabia la consumía sólo por reconocerlo. Cerró los ojos con fuerza al notar como las yemas de los dedos del hombre rozaban sus ropajes y algo en su interior se rompió cuando le arrancó la parte superior de su túnica, dejando a la vista de todos sus pechos y su ombligo. Quiso echarse al suelo para ocultar su vergüenza, pero otra parte dentro de sí, lo que quedaba de su orgullo machacado, la obligó a permanecer en pie, a elevar la barbilla y a no dejar que las lágrimas que afloraban y rasgaban sus mejillas la derrumbasen. El hombre –aún no tenía siquiera un nombre; sólo era él; sólo era el hombre– tomó su cabeza por la barbilla y la miró de cerca, aunque ella no se atrevió a abrir los ojos. Sintió cómo sus pechos eran palpados y cómo la sobaba los brazos, y las caderas.

Y cómo descubría que la cara interior de sus muslos estaba humedecida.

Lo que siguió a continuación transcurrió en un sueño onírico del que poco recordaba. Supo que repitió, por última vez, su puja con el mercader y que luego, a bordo de un carromato y encadenada por su cuello a la jaula donde viajaba, llegó a aquella mansión. Todo aquello y los primeros días sucedieron sin que Aisha supiera como o porqué.

Dejó de comer; casi no durmió; apenas sentía el calor del Sol o la presencia de la luna.

Algunas imágenes sueltas, inconexas, afloraban a su mente de tanto en tanto; un día dos mujeres la bañaron, perfumaron, la peinaron y la vistieron con suma delicadeza; otro día paseó entre los jardines, mostrándole un gran criadero de jilgueros que no dejaban de piar a su paso, así como enjuagar sus pies en un estanque; y en otra jornada le hablaron y hablaron acerca de su Amo, de la mansión de su Amo, de los deberes contraídos hacia su Amo.

–¿Amo? –murmuró cuando estaba sola.

Ella era una princesa. Ella no tenía Amo. Ella no quería ningún Amo.

NADIE iba a poseerla.

Pero nunca escapó. No supo por qué, pero así fue. Decía y gritaba que tenía intención de huir bien lejos, de robar un caballo y, como excelente amazona que era, atravesar toda puerta hasta no detenerse más que en el fin del Mundo.

Pero aunque los caballos no estaban vigilados, aunque cada puerta permanecía siempre abierta y aunque nadie se lo prohibiese, ella no quiso o pudo escapar.

De alguna forma, aún sentía la presencia de Él a su costado.

Él.

Su Amo.

Su Dueño.

Y pasaron días. Y luego fueron semanas. Y un mes. Y dos.

Cuando venía su Amo y permanecía en la mansión, solía ser día de fiesta. Había una gran celebración y la gente irradiaba felicidad.

Y con el tiempo, también a ella se le iluminaba el rostro. Porque cuando venía, solían pasear por los jardines, sentarse en un banco bajo el amparo de la Luna, y, muchas veces, no pronunciaban una palabra en toda la noche.

Había algo en él que aún encontraba mágico. Poco a poco, solía aprender un poco de su pasado, de las batallas libradas –y ganadas–, de sus viajes, de anécdotas acontecidas a él o a compañeros suyos, a leer y apreciar alguno de sus libros de poemas que solía redactar justo antes de amanecer y guardaba celosamente en el despacho de su biblioteca, aunque a ella le permitió leer algunos fragmentos.

Hablar y no hablar con él; escucharle y leerle; verle llegar y acercarse. Servirle.

Todo eso, con el paso de los días se volvió cada vez más importante para ella, más ansiado, más necesitado.

Hasta que un día, cuando apenas habían chocado los primeros rayos de Sol contra su ventana y atisbó su figura inconfundible a lo lejos, regresando ¡al fin!, comprendió la razón por la que no había escapado de aquella jaula.

Porque no existía nada más. Porque le amaba. Porque, realmente, era suya.

Porque necesitaba ser suya.

Poderle servir, poderle complacer, poderle ofrecer más de lo que pidiese era su meta, su ansia, su razón de ser. Y ser su esclava, su mayor privilegio y su mayor orgullo.

Adelantó sus pies y avanzó unos pasos hacia la pared, donde un gran espejo enmarcado en una pieza única de madera de roble exquisitamente tallada le devolvía su propia imagen, la de una mujer encadenada a la pared... por su propia mano. Acercó sus dedos tímidamente y acarició la gruesa pieza de metal que rodeaba su cuello. Se cerraba con una única llave.

Y la llave siempre la guardaba su Amo. Aquel fue uno de sus regalos que ella le hizo con tanta ilusión que casi sentía que su piel se iba a agrietar.

Al verse en el espejo, Aisha recordó un día, no muy lejano.

Recordaba el cepillo con el cual alisaba sus largos cabellos y la madera chocar con violencia cuando la puerta de su habitación se abrió de repente. Su Amo, hecho una furia, avanzó hacia ella con el rostro tenso, casi paralizado. Ella se asustó, pero no olvidó sus deberes y bajó la cabeza para susurrar un “Aquí me tiene, mi Señor”, pero jamás llegó a concluirla. Ni siquiera logró arrodillarse. Su Amo la tomó por la cintura, la puso en pie y la obligó a enfrentarse con su reflejo, apoyando ambas manos a ambos lados del marco de madera. Se vio asustada, pálida, casi a punto de llorar. No comprendía qué había sucedido o qué había hecho mal, pero sí era consciente que debería remediar su falta.

Su Amo le arrancó la falda y notó cómo le palpaba sus nalgas. Ella, avergonzada, se dejó hacer. Se mordisqueó el labio inferior y luchó por matar la pena por saberse merecedora de un castigo y de haber contrariado, aún involuntariamente, a su Dueño.

Sin preámbulos; sin caricias previas; sin palabras; sin compasión.

Su Amo la penetró analmente durante un largo tiempo.

Pudo notar cómo sus pechos se agitaban bajo sus ropas, cómo sus pezones se endurecían con cada vaivén, cómo sus piernas empezaban a flaquearle, cómo una ola de calor y placer, casi chisporroteante, crecía desde sus entrañas hasta alcanzar cada poro de su piel, erizando su vello y casi matándola de excitación. Cada vez que notaba su sexo en su interior, abriéndose camino en ella, saliendo con frustrante fuerza para regresar con mayor ímpetu, Aisha se excitaba más y más, hasta que las primeras gotas de su propio flujo se deslizó por sus muslos piel abajo.

Ella luchó por resistir. Aún cuando el agotamiento era grande y el sudor había bañado su espalda hasta mojar sus ropas y cegar sus ojos, hizo cuanto pudo y no pudo por resistir. Porque era una esclava y no podía decepcionar de nuevo a su Amo.

Sólo una sombra oscurecía su ánimo: ¿Qué habría hecho mal?. Ojalá, se repitió insistentemente, pudiera reparar el mal.

Y entonces su Amo se detuvo.

Exhausta, Aisha quiso arrodillarse en el suelo para servir a su Amo en lo que desease, pero apenas se sostenía en pie y casi cayó al suelo. Cansada, muy cansada.

–No pongas esa cara –le dijo él. Parecía adivinar sus pensamientos. Como siempre.

–¿Por qué...? –murmuró ella sin atreverse a alzar la mirada o la voz–. ¿Qué hice mal, mi Señor, para merecer el castigo?

–¿Castigo? –el tono de su Amo denotaba incomprensión–. Nada de eso, Aisha. Tan solo deseo. Un incombustible y ferviente deseo de tenerte, mi esclava.

Aisha sonrió. Y lloró, pero de alegría.

Pero eso fue otro día, y hoy era una jornada completamente nueva.

Dio media vuelta y se acercó al ventanal. Se sentó en el alféizar, dobló las piernas y apoyó su rostro en la palma de su mano.

En el punto más lejano del camino que se perdía en el horizonte, seguía sin aparecer la figura de su Amo. Más cerca, al otro lado del muro de piedra, el parque estallaba de mil colores con el albor del nuevo día.

Abajo veía el patio, donde un par de criados cepillaban con esmero los caballos de piel azabache y pelaje tan sedoso que parecía de ébano.

La princesa estaba triste.

sábado, 9 de mayo de 2009

TU AUSENCIA

Apenas te veo marcharte escaleras abajo ya siento tu ausencia. Hemos estado más de tres horas juntos, toda la tarde, pero han sido instantes en el tiempo que mide mi corazón y los cinco segundos que hace que sonó el golpe en la puerta me han arrebatado ya dos años y medio.

Aún sostengo en mis manos tu collar de sumisa. Te lo quité y acto seguido te marchaste, con tu mirada a la vez triste y candorosa. Me sonreíste, me besaste en los labios –un beso tan suave como rápido– y te marchaste.

Era necesario, supongo. Pero cada vez, cuestiono más y más ese pensamiento. Cada vez más, me doy cuenta de que tu presencia llena mi casa y tu marcha me vacía por dentro.

Tendría que avergonzarme, pero no lo hago. Estoy a solas y nadie puede ver como me acerco con mirada triste al balcón para ver como te alejas de mí y cómo desapareces al doblar la esquina.

Por un segundo siento deseos de llamarte y hacerte regresar. Sería sencillo. Pero no lo hago. Tampoco importaría. Tengo tu número de móvil. Y el de tu casa. Y tu dirección, y tu lugar donde trabajas.

No estoy seguro de qué me sucede.

Quizás sea esa mirada tuya la que tanto me perturba. Sucedió la vez anterior, y también hoy. ¿Lo recuerdas? Sé que sí. Es una mirada que, de rodillas me pidió... no, me suplicó con lágrimas en los ojos, que te diera unos azotes con la fusta. No puedo evitar desviar mis ojos a aquel instrumento negro que ahora reposa sobre una silla. Fue tan profundo tu deseo que no tuve fuerzas para negártelo. El único problema es que aquella mirada era sincera, tanto como la certeza de que los azotes te son insoportables, aterradores. Y aún así me lo pediste. No necesito preguntarte el porqué. Tu mirada me lo gritaba.

Y ahora que ha quedado todo atrás, la merienda que me serviste con tu uniforme –el pequeño delantal de tela blanca y borduras de encaje, las esposas en los tobillos, el collar unido a una larga correa retráctil que yo siempre sostenía–, la charla sobre el libro que ambos estamos leyendo, tu próximo examen que tanto se te atraganta, es cuando me veo reflejado en la soledad de cada habitación vacía y siento el eco de tus pisadas, la tenue luz impregnada en cada esquina, la calidez en las correas que te maniataron. Incluso siento vergüenza por atarte. Es tanta tu entrega que sé positivamente que no hay cuerda ni cadena que supere a tu decisión de obedecerme ciegamente. ¿Para qué atarte pues? No hay razón.

Veinte minutos después de que te fueras aún permanezco apoyado en el marco de la ventana. Diría que por tomar el aire, pero sé que no, puesto que no he desviado la mirada de la esquina que te vio partir.

Y también es ahora que nadie me oye cuando tengo fuerzas para cuestionar quién necesita más a quién.

Cuando murmuro tu nombre, siento miel en los labios.

INICIACIÓN

Como siempre, estuve esperándola impaciente. shini lo merecía, por descontado. Su dedicación, servilismo, humildad y alegría innatas hacían de ella una mujer por la que cualquier Amo se mantendría gustoso asomado en el balcón de su casa contemplando cómo el cielo se oscurecía con el atardecer y cómo los vencejos daban buena cuenta de los insectos veraniegos que pululaban por doquier.

Abajo, en la calle, docenas de personas iban y venían en su trajín diario y los coches se pitaban unos a otros refunfuñados por el deseo de llegar cuanto antes a su querido hogar.

Eran las siete menos cinco y aún no había rastro de ella. Ni siquiera me inmuté. Ella jamás había llegado tarde y en aquella ocasión, la más importante de todas, aún creería antes que el Sol no nos despertaría en la mañana siguiente a que dejara de ser puntual.

Y, como siempre que se trataba de shini, no me equivoqué. Sonreí apenas la vi doblar la esquina y desembocar por mi calle. Caminaba con rapidez, pero quizás más movida por el nerviosismo que por la falta de tiempo. No me apresuré en entrar en mi vivienda para abrirle la puerta. Preferí deleitarme mientras avanzaba con la cabeza alta, orgullosa, taconeando el asfalto con sus zapatos negros y acercándose hasta mí.

Hasta su Amo y Señor.

Pulsó el timbre de mi puerta y tampoco ahora reaccioné. Dejé que ella esperara. Sin duda, se estaría preguntando si me habría ausentado sin aviso, pero no alzó la vista para buscarme en su mirada. Sabía que si la hacía esperar era porque ese era mi deseo y ella lo acataría y aceptaría.

Pero tampoco quise retrasarlo mucho. También yo deseaba tenerla a mi lado, por lo que entré en la casa y le abrí la puerta. Los tres minutos que tardó en subir las escaleras fueron casi eternos.

Apenas cruzó la entrada, inclinó la cabeza, tomó mis manos entre las suyas y me las besó tiernamente.

–Mi Señor –dijo escuetamente.

–Mi amor –respondí mientras la besaba en la frente.

–Aquí está vuestra humilde esclava, deseando serviros tal y como os merecéis.

Me distancié de ella y la miré fijamente. Ella alzó ligeramente la mirada y, al cruzarse por un segundo nuestros ojos, inclinó aún más la cabeza avergonzada. No estoy seguro de si quiso disculparse pero, en todo caso, no pudo pronunciar palabra.

–Hoy estás muy hermosa, shini.

–Gracias mi Señor. Pero no hay belleza en mí salvo la que me ha dado usted, mi Amo. Antes de conocerle, era barro y miseria. Usted ha sido mi escultor y mi maestro. Y siempre lo será mientras así lo desee.

–Desnúdate.

La orden la pilló de improvisto y pareció tardar un segundo en reaccionar. Yo la sonreí víctima de su desconcierto y me relamí de gusto al verla temblar de nerviosismo mientras sus manos se arrancaban cada jirón de ese disfraz que unos llaman ropa. Así fue como se quitó la camiseta de tirantes y se desabrochó la falda. Debajo de las mismas, no llevaba ropa interior. Una vez desnuda por completo, unió sus manos a la espalda y quedó a la espera de nuevas órdenes.

Era realmente bonita y así se lo dije con mis ojos y mi sonrisa. La miré durante quizás diez minutos. Podía notar el rubor al verse así estudiada, pero no me importó. Más aún, el tono rosado en sus mejillas acentuaba aún más su semejanza con una flor de pétalos abiertos.

Cuando me acerqué a ella, apoyé una mano bajo su barbilla y la obligué a mirarme. Ella tembló aún más. Su nerviosismo la convertía en una hoja en medio de una tempestad. La besé en los labios quedamente y sonreí otra vez. Me era muy sencillo sonreír cada vez que la miraba. Ella logró vencer su temor y también me devolvió la sonrisa. Al fin lo había logrado.

Por fin le mostré lo que había estado llevando disimuladamente en las manos. Una cadenita de metal provista de una tres pinzas metálicas. shini tragó saliva, pero no dijo nada. Dos pinzas, de dientes juguetones y un tanto crueles, se cebaron en sus pezones. Ambas pinzas los tomaron y se clavaron en su carne. De cada una de las mismas partían un segmento de cadena hasta una argolla también del mismo metal... adonde igualmente llegaba un tercer trozo de cadena cuya pinza –esta especialmente preparada– atrapaba un labio del sexo de shini. Con estos tres puntos unidos, y yo tirando de la cadena principal que partía de la argolla y llegaba a mi mano, la llevé hasta el salón. Aunque ella caminaba con cierta premura, yo tiré ligeramente de la cadena en un par de ocasiones, disfrutando con el quejido casi inaudible que se le escapaba a shini. En sus ojos, ligeramente humedecidos, pude notar su sacrificio y no forcé más la situación.

Ya en el salón, la liberé de su tormento y apagué todas las luces, encendiendo en su lugar cinco velas, que, sobre unos pequeños soportes de cerámica azules, coloqué alrededor de mi esclava. Ella esbozó una tenue sonrisa deformada por el creciente temblor en sus piernas. El último toque de la puesta a punto fue perfumarla con un pequeño frasquito que había adquirido para la ocasión y encender una varita de incienso en un rincón de la sala.

–Hoy, mi querida shini, es el primer día en que vas a ser encumbrada con tu collar. Durante estas semanas, has mostrado un talento y una dedicación a mí que me ha reconfortado, satisfecho y llenado de placer. Pero el tiempo de tu aprendizaje y de tu educación ha llegado a su final. Ambos nos conocemos y ambos somos parte de un solo cuerpo. Y desde hoy, con la puesta de tu collar, la unión será tan sólida como lo es cada célula de tu cuerpo.

shini me miró y vi que en sus ojos afloraban destellos que anunciaban próximas lágrimas. Con cariño, deslicé un dedo por sus párpados para evitar que derramara lágrima alguna. Pude sentir que su piel tiritaba a mi roce... y no era por frío.

Tomé su mano derecha y le besé el dorso.

–Beso tu mano derecha –dije a su vez– para que siempre esté ahí, a mi lado, dispuesta a acariciarme, a ayudarme, a protegerme, a cuidarme. Y beso tu mano izquierda –hice lo propio– para que nunca olvides ser feliz, amarte y quererte.

“Beso tu frente con cariño, para que en tu mente no haya lugar a la tristeza, al desamparo, a la agonía. Y tu barbilla, para que te sientas orgullosa de quién eres y a quién sirves.

“Beso cada muñeca de tus manos para que, al encadenarte con estas esposas, estén siempre unidas, siempre atadas, siempre encadenadas a mi corazón. Y beso esos pies tuyos para que jamás se rindan y se cansen de caminar, de avanzar hacia delante superando cada obstáculo que se interponga en tu destino.

“Beso tus pechos, uno para excitarme y otro para excitarte a tu vez. Y beso tu vientre, para que siempre haya lugar para el respeto, el cariño, la ternura y la belleza en nuestra relación.

“Y ahora, mi querida shini, arrodíllate ante tu Amo –ella así lo hizo, con la espalda rígidamente recta, las piernas dobladas en ángulo recto, las manos en la espalda y la barbilla apoyada en su pecho–. Y ya para finalizar tu posesión, te beso, con el más dulce y más tenso que mis labios pueden manifestar, tu cuello, colocándote a su vez este collar que representa tu sumisión hacia mí.

Con estas últimas palabras le coloqué un ancho collar de cuero provisto de cuatro argollas metálicas, una a cada lado. Al mirarla fijamente, noté que por sus mejillas se derramaban lágrimas. Hice que me mirara y la besé en los labios, mordisqueándolos y acariciándolos con la punta de mi lengua.

Me separé de ella y tomé una fusta de color negro. Al acercárselo a ella, lo besó con dedicación.

–Inclínate hacia delante, shini.

Sin cambiar la posición de las piernas ni las manos, ella apoyó su frente en el suelo, mostrándome y ofreciéndome sus nalgas.

–Este compromiso lo sellaré con una rúbrica y una firma sobre tu piel.

Y acto seguido, le di un fuerte azote que silbó en el aire hasta quebrarse sobre su carne, enrojeciéndose al instante.

–Ya puedes volver a ponerte de rodillas. Desde ahora y para siempre, serás mi única y auténtica esclava, no como novicia, sino con todo lo que ello implica.

–Gracias mi Amo. Por todo, por... su dedicación, por todo.

Excusé su torpeza en sus palabras con mucha sencillez. Todo lo que yo esperaba oír, lo escuchaba dentro de mí y no necesitaba de sonido alguno para saberlo.

–Como primer acto, shini, te daré tres regalos.

–Muchas gracias, mi Amo. Soy toda vuestra. Su presencia a mi lado es cuando pueda soñar.

Nadie que la pudiera ver podría dudar de sus palabras.

–Aún así, quiero dártelos. Ponte en pie.

Ella así lo hizo. Y yo, apenas la tuve a mi lado, deslicé mi mano derecha por su rostro, como si fuera un velo que desnudara su cara.

–He aquí uno: mi primera caricia.

–Nunca nadie sintió dedos más tiernos sobre sí, mi Amo.

Luego me aproximé más y besé con dedicación y pasión su boca.

–Y he aquí el segundo: mi primer beso.

–Nunca nadie podrá decir que se ha sentido llena de corazón si no soy yo, mi Amo.

–Y para el tercer regalo, tendrás que acompañarme. A mis pies, shini.

Ella obedeció prestamente y se situó junto a mí, postrada sobre manos y pies. Coloqué una correa que tendía de su collar y la saqué a pasearla fuera de la sala.
Nuestro destino y lugar de entrega de su último regalo: mi dormitorio