sábado, 18 de julio de 2009

NOCHE INTRANQUILA


Hubiera debido ser una noche cálida y apacible. Pese a estar ya empezado el mes de julio, el Sol no había martirizado la ciudad con intensidad y aquello se agradecía.

Pero Ana, acostada en su cama, se removía y agitaba en mitad de los sueños sin cesar.

Y no era por el calor. No podía serlo. Siguiendo las estrictas órdenes de su Amo –que difícilmente hubiera sido desoídas considerando la estación– se había ido a dormir completamente desnuda, sin el menor objeto ajeno a su cuerpo. Pero, aún así, una fina capa de sudor la recubría como un manto gelatinoso que escocía su piel torturándola aún más si cabe. Sudaba y no era por el calor; daba vuelta y más vueltas en la cama y estaba durmiendo.

Ana sufría una horrible pesadilla.

Imposible recordar cuál era o en qué consistía. Casi con seguridad se relacionaría con sus últimos y pesarosos sucesos en su vida que la estaban marcado como estacas señalan un camino inexorable en su existencia. Todo cambiaba y evolucionaba más rápido de lo que podía esperar.

Ahora, por ejemplo, tenía un Amo, un Dueño. Ana ya no era libre, sino que le pertenecía a Él. Hoy, mañana y pasado se vería encadenada –con eslabones de pétalos de rosa y rocío mañanero– a su Amo.

Rompiendo el silencio de la madrugada, Ana gimió de malestar. La pesadilla crecía y estaba lejos de menguar. Imágenes fulgurantes atravesaban su mente dejando tras de sí un poso turbio y de tacto áspero.

Y cuando creía que al fin lograría rendirse al sueño y deambular por paisajes más pintorescos y menos horripilantes, pequeñas manchas oscuras aparecieron en las paredes y techo de su habitación sin que ella se diera cuenta. Presintió, eso sí, que algo no estaba bien, alguien había soldado sus ojos y les fue imposible abrirlos para encararse a una docena de pequeños diablillos azabaches que se habían desgajado de las pareces donde fueron creados para revolotear por el aire entre chillidos nerviosos y risitas maliciosas. Uno de ellos, el más atrevido, se aproximó al cuerpo desnudo de Ana y, con un dedo terminado en una uña larga y curva, pinchó un pezón de la muchacha. Ella gritó un poco y se giró, pero pronto otra de las malignas criaturas imitó a su compañero y rozó con su garra un muslo de Ana, dejando a su paso tres finísimas líneas oscuras de sangre. Al poco, otros más, palmoteó su espalda o tiró de sus cabellos riéndose a continuación. Ana, incapaz de discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo imaginado, se movía de uno al otro lado, viéndose a merced de los juegos sádicos de aquello que fuera que le rodeaba por todas partes.
Cuando sintió un pequeño mordisco en su hombro, sollozó aún en sueños:

–¡Amo, Amo mío!

Las palabras arrancadas de su dolor surtieron un breve efecto. Los diablillos se detuvieron y miraron a su alrededor precavidos. La estancia permanecía quieta, silenciosa. Las estanterías con los libros, la percha con la ropa mal colocada, la mesita con un puñado de papeles desordenados no mostraban el menor cambio.

Frunciendo las pobladas cejas de un duendecillo volador y esbozando su boca de finos labios, él, primero, y los demás después, rompieron a reír. La noche, cuchichearon en su dialecto inteligible, prometía mucha diversión.

Se subió en el vientre de Ana, que había quedado exhausta y rendida, y la miró. Luego esquivó los dos pechos erectos y firmes de la muchacha y se arrodilló ante su cuello desnudo y mordió con sus dientecillos finos como agujas. Aquello fue ya excesivo y Ana casi saltó de la cama gritando.

–¡Amo mío, por favor! –y sumergiéndose nuevamente en el colchón, suplicó–: Ven.

Entonces, de cada uno de los arañazos que Ana mostraba en su piel, surgió un débil resplandor. Una luciérnaga de tonalidad plateada surgió de la misma y gemó en forma de una pequeña esfera luminosa que revoloteó en el techo arremolinándose hasta fundirse entre sí ante los ojos hipnotizados de los diablillos, que veían asombrados aquel extraño e inesperado fenómeno. Al pronto, tras un chisporroteo eléctrico, una figura oscura surgió de la misma y permaneció de pie en la habitación. Los diablillos gruñeron de frustración y retrocedieron un par de pasos, para remontar el vuelo seguidamente y, mascullando un sinfín de maldiciones, trataron de escapar por donde habían venido, filtrándose nuevamente en las paredes, pero, en lugar de ello, chocaron contra el muro que no les permitió la entrada. De haberse girado, quizás habrían visto una sonrisa insinuante en la figura recién llegada.

El extraño miró a Ana y suspiró aliviado al comprobar que no sufría daños graves y que estaba recuperando la paz. Luego miró en torno suyo y, uno tras otro, alargó el brazo para atrapar con sus manos cada uno de los insidiosos demonios que tanto trabajo daban. Algunos trataron de fugarse por la puerta, otros por una ventana y los que menos, esconderse bajo el colchón, pero ninguno tuvo posibilidad alguna. No frente Él. Al poco rato, sólo dos seres quedaban en la habitación.

Se aproximó a la cama y se reclinó sobre Ana. Sobre su frente y sobre sus labios, dejó un pequeño beso. Al apartarse, el rostro de Ana reflejaba felicidad y una amplia sonrisa.

–Buenas noches, preciosidad –le susurró al oído.

Luego, tomó asiento y montó guardia a su lado el resto de su vida.

UNA CARICIA LLAMADA sahar


¿Qué decir sobre alguien que te encanta? ¿Qué escribir cuando sólo tienes recuerdos de entrega, ternura, morbo y sensualidad? Pues esa es mi misión, hablar de alguien que evoca tales sensaciones.

Su nombre es sahar, y se escribe en minúscula porque es el nombre de una sumisa, de una chica que ha rodeado su libertad con la solidez de un collar de metal y ha depositado la cadena en mis manos, cerrando con firmeza los dedos en torno a la misma.

Ella ha dado todo de si, al menos en el escaso tiempo en que llevábamos conociendo. Porque eso es cuanto hacemos aún… conocernos y disfrutando de la mutua compañía.

¿Qué pudo hacer para tal comentario? Quizás todo lo que era posible pedirle, de la mejor forma posible, tan sensual como fuese posible, tan obediente como era posible… Si era posible, lo tenía. ¿Acaso es poca cosa? No…es mucho. Casi todo, quizás.

Le pedí prudencia, y me entregó confianza; le exigí tiempo, y me ofreció obediencia; le comenté paciencia, y me entrega excitación. ¿Qué más se puede pedir?

Sí, su nombre es sahar, “noche mágica”, pero para mí, sahar es algo más… su nombre me insinúa un baile exótico, una sonrisa en su carita de niña avergonzada, un bichito pícaro, una melodiosa y dulce voz, unos pezones erectos traicionándola, un temblor en sus manos y sus piernas al soportar un maquiavélico juego ideado y planeado tan afilado como un dardo que atravesase su desnuda piel electrizándola como una descarga que atravesase su médula espinal y no la abandonase en todo el día.

sahar es todo ello y mucho más; es entrega, es deseo, es intención, es obediencia y es intención de superarse a diario. Es mi noche mágica en el desierto, bajo el tondo de una tienda, es un andar de pies descalzos en silencio tan solo roto por el tintineo de un cascabel y su tobillera de acero cerrada con llave, es su mirada llena de pasión y excitación, es la delicadeza con que se arrodilla ante mí y es su devoción hacia cuanto le pido, sea o no necesariamente.

Y es que sahar es mi sahar. Es barro aún blando que estoy manipulando y dirigiendo, sintiendo la blandura de su esencia impregnando mis dedos, es una figura aún naciente pero que sugiere algo hermoso, casi imposible y tremendamente ansiado. Es un “mi Señor”, que desea ser un “mi Amo”, y una “su sumisa”, que ruega por ser “su esclava”.

Yo pido y ella da. Yo quiero y ella consigue.

sahar es el inicio de algo irrepetible, un atisbo de lo que no se conoce todavía. ¿Qué será sahar? ¿Cómo será? Ella es sahar… ¿No se entiende? ¿No queda claro? ¿Es un concepto abstracto?

Es porque no conocéis a sahar.

NOCHE

Recostada en la cama, prácticamente desnuda, Adela oteaba el techo con la vaga esperanza de descubrir algo de interés. Era pasada la una de la noche y cada minuto transcurría sin abrir la esperanza a un instante de sueño. A su costado, no muy lejos de ella, barajó la posibilidad de apagar la luz e intentarlo de nuevo, pero sabía a ciencia cierta que era inútil. No lo conseguiría.

Estaba excitada.

Cerró los ojos, no para dormir, sino para disfrutar más con cada imagen que acudía a su mente, y se acarició un pecho. El pezón lo tenía duro, y ella lo pellizcó con dos dedos, retorciéndolo y tirando suavemente de él. Una imagen, casi etérea, indefinida, acudió a su mente. Creyó verse desnuda, o poco faltaba, y algo relacionado con sus labios y la lengua húmeda que los recorría. Luego, al momento, intuyó algo más, un sexo masculino, erecto que… Pero ya había desaparecido antes siquiera de fijar la mirada de sus recuerdos.

Volvió a fijar la vista en su pasado, en aquella vez en que la ataron firmemente, de pies y manos, en una silla, cuando pasaron horas de dulce tortura al verse acariciada una y otra vez, sin poder acelerar o retardar la sensación, cuando casi llega a desesperar de la frustración al verse privada de lo que se había convertido en una obsesión: un orgasmo.

O cuando los azotes en sus nalgas cayeron, una, dos, tres… hasta un número que casi olvida. El dolor, la sensación de abatimiento, el placer al verse sometida de un modo que sólo su traicionero sexo humedecido se atrevía a confesar.

Y otro día, al permanecer de pie en una esquina de la habitación, como una niña pequeña castigada, tratada así, de un modo injusto y tan… excitante.

Adela, ya bajo el sopor del calor que emanaba su propio cuerpo, no retrasó más su mano y la hundió en su sexo, acariciándose, presionándose el clítoris en tanto imaginaba que no podía hacerlo, que no se lo permitían. Abrió la boca y comenzó a gemir. Los iniciales suspiros se tornaron en chillidos que brotaban de su corazón encendido y no había mano que no recorriese su cuerpo sudoroso y frágil, mientras sus párpados cerrados en sus ojos parecían transparentes frente cada recuerdo de tantas experiencias placenteras y excitantes.

Continuó, aceleró y cayó víctima de su propio morbo, de su deseo insatisfecho y las imágenes que pese ser creadas por ella, no las sentía sino como reales. Se pellizcó los pezones, tiró de ellos y los imaginó que eran pinzas; se acarició el sexo, rozó sus labios y presionó el clítoris para descender y penetrarse en su sexo, deseando que fuese el sexo de su amo, que la follaba, que la sometía, que la hacía suya.

El rubor, el ansia y la pasión ascendieron hasta que… abriendo los ojos, ya definitivamente, la oleada tan apreciada cortocircuitó su médula espinal y un torrente salió a presión de su ser. Relajó las manos, aún húmedas, sonrió y dio un largo suspiro.

Cuando recobrase las mínimas fuerzas, se pondría en pie, se lavaría y regresaría. Pero ahora, para dormir. Eso ya nadie ni nada se lo podría impedir.

EN LA SALA


La llama de la vela devolvía la mirada a Lucía que, arrodillada en el suelo, con las manos apoyadas en sus muslos desnudos (como lo estaba ella por completo), vigilaba con extraña inexpresión el pequeño fuego que casi parecía cristalizado en la oscuridad del cuarto.

No apartaba los ojos siquiera un segundo, aunque poco hubiera tenido que ver de interés. Aquella era la “sala de castigo”, una pequeña habitación carente de muebles o decoración alguna, de blancas paredes y suelo baldosado destinada a la aplicación de los siempre merecidos castigos a Lucía. En aquella ocasión había cuatro objetos: un pequeño taburete sobre el cual descansaba una pequeña vasija de porcelana que cobijaba la pequeña vela, cuya llama calentaba un frasquito de cristal desprendiendo así una ligera fragancia a melocotón que envolvía la sala con sus brazos invisibles... y ella misma. En su situación voluntariamente aceptada de sumisa, no cabía más definición que un objeto más.

Solo que, aquella tarde de junio, era aún menos.

Estaba castigada.

La llama no respondía a los ruegos silenciosos de Lucía. En una competición por ver quién se movía antes, los dos seguían tercamente en sus rígidas posturas. Una encerrada en su prisión de cerámica; la otra en sus cadenas invisibles llamadas vergüenza, asombro, confusión y temor.

Aquella tarde se había comportado mal, francamente mal. Algo dentro de ella -estrés, cansancio, hastío, irritación- hicieron mella en su, hasta ahora, casi impecable comportamiento, tornando sus palabras hirientes, sus movimientos fríos y su actitud muy reprochable. Su Dueño (cómo le gustaba llamarle así), que siempre había mostrado una paciencia innata y casi eterna, terminó rompiendo su tenso silencio en un rudo “BASTA”, la tomó de la mano (aún sentía las marcas de sus dedos cerniéndose en su muñeca) y arrastrándola hasta aquella habitación. Bajo su severa y muy enfadada mirada se desnudó y la dejó allí hasta nueva orden. Ni siquiera le permitió que guardase el collar que siempre lucía con orgullo y coquetería mientras se hallaban en la casa. Lucía se permitió girar levemente la cabeza y sintió algo extraño al notar la ligereza de su movimiento. La falta del collar de perra con la que tantas veces había sido paseada o bajo el cual había sido amada y humillada al placer del Amo había desaparecido.

Ah, sí. Había otro objeto más en aquella habitación. Uno que, por extraño que fuera -quizás no tanto, si lo pensaba bien- la asustaba más que nada: un espejo de cuerpo entero colocado justo frente ella, que le devolvía y le reprochaba cada segundo que permaneciera allí. En su reflejo se veía a sí misma arrodillada en el suelo culpa de su mal comportamiento, de su avergonzante comportamiento.

Empezó a llorar. Los ojos se encharcaron y dos amargas lágrimas describieron largas huellas de dolor en sus mejillas. A estas dos siguieron más, muchas más. Sin dejar de mirar la hipnótica imagen, vio como su rostro se contorsionaba en una máscara de dolor y pesar que deformaban los rasgos de lo que había sido una mujer bonita y rostro angelical, para tornarse una máscara de carnaval de facciones cruzadas por lamentos que no tenían cabida en su cuerpo y no sentía capaz de expresar. Lloró y lloró sin cambiar de posición, con desconsuelo y desamparo en aquella habitación vacía donde siempre se había sentido tan pequeña, tan insignificante y tan sola. Las rodillas y los tobillos se hallaban entumecidos, pero no eran nada comparadas con el dolor que apretaba su corazón como una garra huesuda que se clavaba en sus entrañas para desgarrar sin piedad aquello que más deseaba: la felicidad sin condiciones de su Amo. Con timidez desvió sus ojos hacia la puerta. Temió, y no poco, que jamás volviera a abrirse. Que jamás volviera a ver a su Amo. Que jamás volviera a sonreírle.

Procuró no pensar, porque no podía decirse nada que no supiera y nada que no le doliera como el más crudo de los latigazos. No quería pensar. Sabía la verdad, y sentía abrazarla como papel de lija que arañaba su fina piel. Dejó de llorar y volvió la vista a la llama, que había ganado en su inexistente competición: fue la vela, y no ella, la que aún seguía sin moverse. Lucía reconoció su derrota... y algo más: reconoció lo mucho que le quedaba por aprender, incluso de una humilde llama.

Inspiró profundamente y exhaló todo el aire contenido en los pulmones. La llama gimió y bailó sigilosamente como una doncella virgen ante los futuros dueños de su persona. Se contorsionó y danzó con la elegancia, la dulzura y la sensualidad que ninguna bailarina podría igualar jamás. Lucía la miró y se regocijó ante el espectáculo. Cuando su aliento abandonó a la llama, cesó el baile y todo regresó a la normalidad. De nuevo, todos quedaron en sus puestos, eliminando el paso del tiempo de aquella sala, donde no existía ni el hoy ni el mañana ni el ayer; ni el día ni la noche. La sala de castigo era, ante todo, una sala para reflexionar, para meditar y para enfrentarse ante lo pequeño de la vida -representado por la llama y el frasco aromático- y ante sí misma -representado por el espejo.

Lucía comprendió, se arrepintió y aprendió. Después de eso, sólo le quedaba aguardar el perdón de su Amo.

De existir en aquella sala, se podría decir que pasó mucho tiempo, pero no siendo así, solamente era posible afirmar que el tiempo de castigo también conoció su fin.

En la puerta abierta, el Amo la miraba. Estaba sonriéndola.