domingo, 18 de octubre de 2009

¿QUÉ ES EL BDSM?


Ésta es una pregunta sencilla de formular y muy compleja de responder. O sea, que me voy a enrollar. Avisados estáis. Como alternativa, está la Wikipedia.

La literalidad de la respuesta bastaría para explicar que son las siglas de Bondage, Disciplina, Dominación/Sumisión y Masoquismo. Personalmente (y porque me gusta ir a la mía) siempre lo he reducido a Bondage, Dominación, Sumisión y Masoquismo. Más cortito y, así, las siglas coinciden.

En resumen, da igual.

La complicación de explicar en qué consiste el BDSM es que conjunta un número muy grande y heterogénea de prácticas eróticas/sexuales, donde mucha gente dice y hace muchas cosas, influida por muchos conceptos, prejuicios, leyendas, deformaciones, distorsiones, complejos y fantasías.

Daré un ejemplo: el 95 por ciento de lo que he visto al respecto o relacionado con ello en la tele, mediante reportajes, me ha parecido hortera, chabacano, decepcionante, ridículo, estereotipado, manipulado, estúpido y antierótico. Como poco. Pero, claro, estamos hablando de la tele donde es difícil explicar algo de lo que se sabe poco y se entiende la mitad. Entendamos algo, y es que si yo no supiese nada de este tema y viese algún reportaje televisivo, sencillamente lo apagaría. No me gusta. Más aún, lo veo idiota. Sí, es sólo mi opinión, porque entiendo muy bien que si sale, es porque existe, y si existe es porque a otras personas le gustan y, desde luego, tienen derecho a hacerlo y practicarlo. Por eso yo voy a explicar lo que es, para mí, el BDSM.

Precisamente, esto último es uno de los conceptos más difíciles de entender, y es que no existe “un” BDSM, sino muchos, puesto que, como dije al inicio, reúne un conjunto muy grande de prácticas, de forma que unos se sienten a gusto con unas, otros con otras, etc. ¿Lógico, no?

Pero, entonces, a ver, ¿de qué puñetas va el BDSM? Pues va de dominar. Bueno, y de más cosas. De bastantes más cosas. ¿He dicho que es complejo?

Para mí, el BDSM, o las facetas que me atraen del mismo, se simplifican en una relación entre dos personas, adultas, maduras psicológicamente, responsables, inteligentes, imaginativas que, de una forma consensuada, inician una juego/fantasía/relación donde una de ellas entrega una parte de su libertad a la otra o, dicho de otro modo, se pone en las manos del otro. El grado de entrega varía enormemente. Es una simulación, un juego, una fantasía sexual que puede ser tan light o tan intensa como ambos quieran. Es un sueño de posesión, de disciplina, de ser llevada a un palacio lejano, de juegos morbosos, de ser tomada como esclava sexual, de desconocer lo que te puede pasar, de explorar a alguien que se te entrega.

Imagínate, por un instante, que alguien pudiera hacerte (casi) todo lo que quisiera; que no pudieras evitarlo; que no supieras como impedirlo; que pudiera llegar una orden cuando menos lo esperases; que te mostrasen algo que deseas… pero no te permiten tener en ese instante. Imagínate que eres una sumisa.

Imagínate que hay alguien que se entrega a ti; que deja que la conozcas íntimamente; que puedes realizar con ella tus fantasías de dominarla a tu capricho; que está dispuesta a ser barro en tus manos de alfarero para moldearla, para que se sienta tuya, para educarla y disciplinarla extrayendo de su interior todo su potencial, no para minimizarla y degradarla, sino para superarse día tras día. Imagínate que eres un Amo.

Estos son los dos roles que se toman, el de Dominante y el de sumis@, pudiendo ser cada uno de ellos tanto hombre como mujer, dando por tanto varias modalidades. El Dominante es el que domina, manda, dirige, gobierna, enseña; el sumis@ es el receptor de las enseñanzas, de las instrucciones, de las órdenes. El BDSM puede ser muchas cosas y, ciertamente, muchas de ellas, personalmente, me disgustan. Es mi forma de ser, y es como yo lo veo. Yo siempre animo a todo el que se acerca a ello que explore, que mire, que pregunte, que cuestione e investigue, que nunca dude en plantearse las cosas, que nunca tome nada al pie de la letra sólo porque alguien se haya atribuido un determinado rol y se crea con derecho a nada. Aunque parezca mentira, no existen carnets para ser tal o cual. En serio.

Cada relación entre un Dominante y su(s) sumisa(s) es única. Lo es y así debe serlo, porque cada uno de nosotros es único y crea una relación especial con esa persona en especial, según las circunstancias, según surgen las situaciones, según hay más o menos necesidades, según la experiencia adquirida. Hay perfecto derecho a buscar una u otra cosa, siempre que se use un mínimo de sentido común. ¡Qué menos! Lo que no es cuestionable es que hay que cuidar la higiene, la salud psicológica, la sensatez, la intimidad, etc. Es de pura lógica, pero, para algunos, ni eso.

Si queda claro que uno es Amo o sumisa porque le da la real gana (entendiendo que lo es en la forma y con las prácticas que le atraen, sean, para otros, muy lights o muy retorcidas), también queda claro que puede dejar de serlo de igual modo. Y es obligación de la otra parte el respetar esa decisión. Si una sumisa quiere dejar de serlo, porque sí, porque ha dejado de gustarle, porque ya no le motiva, porque está atareada, porque ha encontrado a alguien que le gusta más, tiene derecho a dejarlo. Y el Amo, tiene obligación de respetarlo, y con respetarlo, quiere decir ni insultos, ni venganzas, ni lloriqueos, ni pataletas, ni nada semejante. Esas son conductas inmaduras, infantiles e inadecuadas en alguien que presume de ser lo bastante adulto como para practicar el BDSM. Queda claro que el caso contrario, donde el Amo decide dejar de serlo para esa sumisa, es igualmente posible.

El BDSM, además, puede ser una perfecta excusa. Entendiendo desde el principio que se practica cuando se quiere y como se quiere (pero sin la necesidad de recordar esto, que es una ficción, que es un acuerdo para evitar romper “la magia”), se podría emplear estas prácticas para algo más que calentarse y para la cama. Si entendemos que un Amo es alguien que vela y cuida de su propiedad, de su sumisa, se podría emplear justo esto para fortalecer la disciplina de la sumisa, por ejemplo, obligándola a atender sus estudios/trabajo, a vigilar el cuidado personal, a asistir regularmente al trabajo, a evitar que se desmadre con el tabaco cuando se quiere dejar, etc, todas estas conductas que siendo por el bien de uno mismo, pueden costar de llevar a cabo. Si a una sumisa le gusta sentirse vigilada/protegida/sometida, ¿por qué no emplearlo también para tareas semejantes? Como dije antes, parte de estas relaciones estriban en superarse, y eso implica dar lo mejor de uno mismo en todos los ámbitos, adquirir un comportamiento exigente consigo mismo, con renunciar a la mediocridad, con rechazar la pereza, con no ser cualquier cosa sino adquirir un carácter perfeccionista, tanto con uno mismo como con la persona con la que se está. Un Dominante, si asume el rol de un artista, como un escultor por ejemplo, bien puede tomar esa roca de mármol que es la sumisa, vislumbrar qué hay de hermoso en su interior y apartar los pedazos de roca inútil que hasta el momento han estado ocultando la belleza de su interior. Por el contrario, hay algunos “amos” que para sentirse bien lo que hacen es dañar, es ensuciar a una persona, es destruirla psicológicamente, es degradarla y lograr que se sienta una mierda, alguien desamparado e inútil sin su apoyo, alguien incapaz de vivir por su cuenta. En mi opinión, esos no son Amos. Son gentuza.

En el BDSM no debe tener cabida el machismo, ni el egoísmo, ni la injusticia. El BDSM, como digo en la cabecera de mi blog, debe suponer sentirse bien, reír, disfrutar, ilusionarse, apasionarse con la compañía de esa otra persona, sentir hambre de conocer más y conocerse a sí mismo, estar pletórico, apartarse de la amargura, de las lágrimas, de la desidia, de la cobardía y de las miserias humanas. Si se quiere disfrutar del BDMS, que sea con un fin noble: superarse y animar a quien tengas a su lado a apasionarse por la vida.

¿Y ya está? ¿Ya ha quedado claro lo que es el BDSM? No, ¿verdad? Ya lo sé, pero este post no ha terminado, pero por ahora, lo dejo así. Como dicen en los culebrones, “continuará”.

¿Qué me queda por explicar? A ver, los castigos, las bromas, la disciplina, la entrega, el chat, los premios, el sexo, el control… Aún quedan unas cuantas cosas pendientes. Por lo tanto, repito:

Continuará.

sábado, 10 de octubre de 2009

GÉMINIS

–¿Y bien? –le dijo, pero por mera cobardía y vergüenza, Laura no se atrevió a devolver siquiera la mirada; mucho menos a responder–. ¿Qué tienes que decir entonces?

–Nada. No sé –murmuró sonrojada hasta las orejas.

Laura permanecía aún desnuda. Acabada la sesión intentó esconderse en el dormitorio, pero los recuerdos no conocían paredes y las sensaciones aún pervivían bajo su piel. La inquietud le hacía cambiar el peso de su cuerpo de un pie al otro, cruzar las manos al frente desobedeciendo las órdenes de su Amo de mantenerse erguida y el rubor había alcanzado tal punto que diríase que tenía fiebre. Más o menos, apostillaría ella de atreverse a hablar.

Podía mirar hacia todas partes menos al frente, donde otra figura junto la pared la vigilaba reprendiéndole tantas cosas que asemejaban nuevos azotes que atravesaran su cuerpo y chasquearan en lo más interno de su ser.

¡Claro que tenía mucho que decir! Tanto, tanto que… que no sabía por dónde empezar, porque ni siquiera sabía que aquel fuera su sitio. Sí, lo había disfrutado; sí, le había encantado; sí, se había excitado como nunca; sí, estaba satisfecha. Pero, que eso quedase claro, ella no era sumisa. No podía serlo. Porque lo que le había hecho…, lo que había tenido que hacer…, lo que…

¡Por favor, que ella tenía veinticinco años, era inteligente, culta, elegante! ¿Qué tenía que hacer allí? ¿Cómo iba a aceptar tener un Amo, alguien que le hiciese lo que le viniera en gana cuando le apeteciese? Porque esa era otra, su Amo (¡qué horrible palabra, por favor!) era de los “imaginativos”, de esos cabroncetes que les gustaba salirse con la suya, que siempre se las ingenian para retorcer sus palabras y ponerlas en serios aprietos, de los que no dudan en aplicar castigos tan creativos como severos. ¡Si es que cada vez que su ánimo se encrespa y se pone farruca le aplica un correctivo nuevo! Ya le basta con mirarle a los ojos y saber que le ha caído una buena. Y Laura, que siempre fue independiente, de orgullo desmesurado y de hacer lo que le viene en gana, llevaba un tiempo obligada a aguantarse, a morderse la lengua, a ser el juguetito sexual de su Amo.

Y ese día, en su cuarta sesión, pese sus temores, pese sus protestas, pese tratar de convencerle… una vez más su Amo le había hecho lo que le salió de… de ahí. No era por los azotes. Eso, bueno, incluso le gustaba (quizás le daba con mucha fuerza), pero lo otro… es que eso otro…. ¿Por qué cojones a su Amo le gustaría tanto humillarla así? Apenas lo recordaba a Laura se le inflamaba el rostro y entraba en cólera.

En ese día, sábado por la tarde, en la casa de su Amo, éste la había desnudado pieza por pieza de ropa para dejarlas con un cuidado casi ceremonial sobre una silla vacía. Ya en ese punto Laura no sabía hacia dónde mirar o cómo permanecer quieta, tal como se le había ordenado.

Luego, su Amo le ordenó que se arrodillase, despacio, sobre el suelo duro. Ella, aún muerta de vergüenza, porque no se sentía cómoda con su cuerpo desnudo en el que siempre encontraba defectos, lo hizo, pero… pero con el apoyo de dos secos azotes en sus nalgas que le recordaron que la tardanza era mala consejera de una sumisa. Y, de rodillas (¿pero para qué de rodillas, qué ganaba su Amo con ello?) escuchó como le ordenaba que apartara el cabello de su cuello. También obedeció, claro, aún cuando las manos le temblaran. No quería… (cerró los ojos ante el inminente recuerdo de cualquiera de los últimos castigos recibidos) de ninguna de las maneras recibir uno más. No, jamás otro castigo… tan retorcido, tan intenso, tan… ¡No, no, eso no!

Laura, arrodillada en el suelo con la prohibición expresa de sentarse sobre sus piernas, bien erguida y con las manos apartando su cabello sintió, escuchó, palpó la mordedura de un chasquido metálico que se cerraba próximo a su piel. Era un collar, uno de acero, grueso y sólido, y que no podría soltarse sin su única llave.

Y luego… Laura volvió a estremecerse por el recuerdo. Su Amo le dio una orden susurrante, tan suave como el filo de una cuchilla de afeitar raspando su vientre. Sus palabras fueron: “A cuatro patas”.

¡A cuatro patas! Que no, que de eso ni hablar. Que ella era una mujer adulta y no necesitaba ni quería algo así. ¿No había otra cosa que ordenar? ¿Tenía que ser esa, precisamente esa la orden que le lanzase? Y el bastardo de su Amo, sonreía. Y sólo por orgullo, ella no lo hizo. Y sólo por joderla, él la cogió de las muñecas, la empujó y la obligó a ponerse así, como una perra, como una vulgar mascota que…

Otra vez más, la enésima al menos, Laura recorrió el dormitorio inquieta. Su pelo negro, alborotado, le daba más que nunca el aspecto de una leona prisionera por unos barrotes formados con sus recuerdos, esas imágenes tan vivas que no se le iban de la cabeza. Su mirada saltaba de uno a otro mueble de la habitación consciente de aquella figura en la otra esquina que no le quitaba el ojo de encima. ¿Qué tienes que decir entonces?, le había dicho no sin razón. Porque algo tendría que decir.

Si al menos todo le dejase de dar vueltas…

Tras sentir el collar rígido en torno a su cuello, llegó el momento de la espera. Era una de las cosas que más odiaba, cuando su Amo la hacia aguardar tensos segundos antes de propinarle el siguiente azote, o antes de decirle lo que debía hacer o, como en esta ocasión, cuando se alejó unos pasos, se acuclilló y la reclamó para que se acercase a su vera… caminando como lo que aseguraba que era, su perra. ¡Su perra!

Con la cabeza baja, agradeciendo que su larga melena cayera sobre su encarnado rostro y gateando despacio, Laura obedeció recibiendo unas caricias de premio apenas se detuvo a su lado. No podía estar más humillada. Todo su ser, ¡pero todo! pugnaban por levantarse airada y furiosa, soltar más de un grito de rabia y marcharse haciendo temblar el marco de la puerta.

–Entonces, ¿por qué no lo hiciste? –oyó decir.

–No lo sé –respondió Laura.

–¿Te lo habría impedido? ¿Podías irte si querías?

–Sí.

–Entonces, ¿por qué no te marchaste? Si tanto lo odiabas, haberte ido. ¿Por qué te quedaste? Eres libre para ser sumisa o no, solo que si lo eres, has de atenerte a las consecuencias. Así que, sincérate, ¿qué tienes que decir?

Laura quedó callada, descendió la mirada y descubrió su diestra próxima a su sexo, acariciándose suavemente. Apartó la mano al instante, pero ya era tarde. Había sido descubierta.

–Eso lo explica todo –le reprendió con una sonrisa traviesa.

Laura cruzó las manos a la espalda y le dio la espalda abochornada. No soportaba sentirte tan expuesta a su escrutinio y sus recuerdos. Incluso sus nalgas azotadas aún le ardían más que antes.

La pregunta estaba lejos de encontrar una respuesta. Su Amo no cambiaría, desde luego. Sabía ser severo y disfrutaba siéndolo. Le gustaba doblegar su orgullo y sacaba todo el jugo al poder que ella le había ofrecido. Tenía claro lo que le esperaba si seguía: una dominación gradual donde su Amo no se dejaría manipular ni lograría dirigir su forma de educarla, donde los castigos serían siempre intensos y aborrecibles para ella, y donde su orgullo se vería tocado en más de una ocasión sólo por su capricho.

–Por lo tanto…

–Por lo tanto –repitió ella. Inspiró profundamente, rodeó la cama hasta alcanzar el lado opuesto de la habitación y se encaró, por fin, con su interlocutor. Estaba frente suyo, como siempre, su misma imagen reflejada en un espejo que no le permitía esconderse a si misma ni ocultar por mucho tiempo la verdad. Algo avergonzada por verse al espejo –no le gustaba su cuerpo, por mucho que le insistiese su Amo en lo contrario, en que era realmente guapa–, se miró, lanzó un beso a su doble y, con la cabeza muy alta salió de la habitación.

Ya tenía claro qué decirle.