sábado, 14 de noviembre de 2009

LA DISCUSIÓN

–¡Vete a la mierda!

Él la miró con el ceño fruncido pero se abstuvo de responder. La vio alejarse por la calle a paso rápido, tan altiva y orgullosa como siempre; tan deseosa y necesitada de varios correctivos como siempre. Clavando sus ojos azules en su espalda, hendió las uñas en las palmas de las manos y se decidió a poner en marcha sus pies para alcanzarla.

Era el inicio del otoño, pero el calor aún se dejaba notar y la tarde había resultado muy agradable. Agradable hasta que empezó aquella discusión, claro está. Y la razón de todo era… bueno, por lo de siempre: uno y otro compitiendo para probar quién era más terco y quién resistía a dar su brazo a torcer.

Sí, eso estaría muy bien, pensó el joven. Se lo torcería hasta que ella gimiese de dolor y luego…

–Te estás pasando, Laura –le advirtió cuando se puso a su altura.

–¡Déjame en paz!

Aprovechando que no había nadie en las inmediaciones y que, por espacio de algunos segundos, gozarían de cierta intimidad, la cogió del pelo y la forzó a doblar la cabeza hasta desnudar su cuello. Él era un vampiro deseoso de clavar sus colmillos en su carne, y ella no era más que una tierna presa… Tierna, pero no desprovista de buen temperamento. Laura se debatió con fuerza, le desafió con la mirada y, por último, sus dientes dejaron su impronta en el dorso de la mano del hombre.

Como única respuesta posible, la abofeteó.

Se cruzaron dos miradas de odio y desafío, uno acalorado y la otra con la mejilla encendida, pero se abstuvieron de decirse nada más. En esos instantes una mujer con un carrito de bebé acababa de doblar la esquina y pasó a su lado. Si intuyó algo inusual en esa pareja se cuidó mucho de mostrarlo. Aún no había desaparecido en el final de la calle cuando el hombre la cogió de la muñeca y tiró de la muchacha para obligarla a ir a su lado. Laura trató de desasirse, claro está, pero él tenía las manos de hierro y no dudó en clavar las uñas en su blanda muñeca como primera advertencia.

–Me haces daño –le previno sin lograr respuesta alguna–. ¡Que me haces daño!

Tampoco el alzar la voz sirvió de mucho. Sólo cuando ella accedió, muy a su pesar, a acompañarle, aflojó su presión pero sin permitirle ningún amago de libertad.

Estaba claro a dónde se dirigían, y su destino apareció apenas diez minutos después. Tras cruzar el puente que dividía la ciudad en dos y una gran avenida, alcanzaron la casa que compartían.

En todo el trayecto no intercambiaron una palabra, ni una mirada. Cada cual seguía el mismo camino sin más contacto que el físico, pues seguían pensamientos bien dispares. La tensión entre ambos era notable. Incluso la misma palabra “tensión” se quedaba corta para el enfado, la rabia y la irritación dejados a su paso como si una amarga estela se tratase.

Subieron las dos plantas aún enlazados con aquellos grilletes formados por carne, hueso y piel y, al llegar al rellano de las escaleras, él la empujó sin miramientos contra la pared. Si ella se dolió por el trato brusco no se dignó a mostrarlo ni con un mero quejido. El hombre abrió la puerta, agarró a la muchacha y la empujó con brusquedad a su interior.

Aún no había cerrado la puerta a su espalda cuando él la abofeteó por segunda vez. Laura le miró con furia descarnada, pero, salvo el rechinar de los dientes, el silencio regresó a su hogar compartido. Por poco tiempo, claro.

–¿A qué viene eso?

Sin ningún miramiento, el hombre la tomó por los hombros y la empujó contra la pared. Laura trató de zafarse de su acoso, pero no era lo bastante fuerte y no consiguió sino retrasar unos segundos sus intentos por arrancarle la blusa cuyos botones salieron despedidos en todas direcciones.

–¡Déjame en paz! ¿Qué pretendes?

Se aproximó hasta que sus labios rozaron los de ella pero, lejos de besarla, esquivó su boca para aproximarse hasta su oreja donde susurró con una voz gélida y fría como el hielo:

–Darte una lección.

–¡Estás loco!

Como respuesta, le cogió ambas muñecas y la forzó a mantenerlas por encima de su cabeza.

–¡Suéltame!

–Creo que no –le aseguró él–. Eres demasiado huidiza para mi gusto.

–¡Soy como me sale de los huevos!

–Tú de eso no tienes.

–¡Más grandes que los tuyos! –replicó Laura.

Para silenciarla, el hombre alzó una rodilla y la apoyó sobre la ingle de la mujer presionando por unos instantes. Ella trató de soltarse primero, soportarlo después, y, por último, suplicó:

–Por favor…

–No te oigo, perrita.

–Por favor, para.

Por algunos instantes pareció meditarlo, recreándose en el rostro compungido de Laura, pero cedió al fin y la soltó. Mientras ella se frotaba sus muñecas doloridas, que aún sentían la presa del hombre, se dirigió hacia el dormitorio, pero él la detuvo con una orden seca.

–Ni se te ocurra moverte de ahí.

Laura se giró, titubeó entre replicarle o no, pero finalmente optó por guardar silencio.

–¡Desnúdate! –Sin siquiera alzar la voz, su tono tenso y autoritario encerró a la mujer en un diminuto estado de shock que la dejó congelada en el sitio. No se molestó en repetir la orden; ni siquiera en concederle unos segundos de tregua. Se lanzó contra ella, la agarró de donde fue necesario y le arrancó la ropa, a veces de una pieza, a veces rasgada. Tampoco ella se quedó atrás y, uniendo a sus protestas verbales, hizo acopio de sus agitadas fuerzas y luchó con el suficiente ahínco como para arrancarle a su vez la camisa al hombre.

Parecía que aquella lucha le hacía disfrutar. Así lo vio Laura al verle sonreír y percatarse de un brillo, a medias entre la satisfacción y la crueldad, en sus ojos que la tensaron aún más. Quiso escapar, desasirse de sus manos de acero, pero sus desmanes no obtuvieron nada más sino proporcionarle la excusa deseada para que el hombre agarrara su ropa interior, un sostén rojo y un tanga a juego, y empleara, el primero, para atarle las manos a la espalda, con una firmeza que no hubiera sospechado antes.

–¡Suéltame! No tiene ni puta gracia. ¡Suéltame de una vez, coño! –le gritó ella. Él se reclinó lentamente, le apartó sus cabellos del rostro, le acarició la sien con unos dedos que parecían tener la piel de lija, y se aproximó para besarle la frente con inusitada ternura. Después, con dos dedos de su mano izquierda le presionó la nariz hasta que la asfixia hicieron brotar lenguas de fuego en sus pulmones en la mujer y, apenas abrió la boca para recuperar el aliento, él aprovechó ese provocado momento para meterle el tanga en la boca.

–A veces, hablas demasiado, perra.

Quedó claro al momento que ella no estaba dispuesta a soportarlo, pero mientras pugnaba por deshacerse de la prenda de ropa encajada en su boca, él la tomó del cuerpo, la alzó en al aire y la condujo hasta una silla próxima a los dos. Se sentó, la colocó sobre sus rodillas boca abajo, como si no fuera sino una mocosa insolente, una mera niña mimada y borde, y la azotó en las nalgas con su propia mano una y otra vez.

No fue el dolor lo que la molestó, claro que no. Pese al creciente picor en cada nalga por las fuertes palmadas que él la propinaba, fue aquella postura tan humillante, tan impropia de alguien de su edad lo que más la afectó. Escuchaba cada azote con sorprendente claridad, un chasquido tras otro mientras sus nalgas temblaban por las palmadas y cómo sus pechos se balanceaban al compás del movimiento. ¡Joder, que la estaba azotando como si fuera una puta cría!

Cuando se cansó, demasiado tiempo después, la echó al suelo. Supuso que al fin habría acabado todo, pero él ni siquiera le hizo creer que pensaba desatarla. Escupió al fin aquel tanga empapado de su propia saliva –¿y algo más?– y, desde el suelo, le vio salir del vestíbulo que aún no habían abandonado. No tardó mucho en regresar. En la mano derecha sostenía una caña, una fina varilla que recogió tiempo atrás y que con un mínimo de fuerza era capaz de dejar señalizada su paso en su carne mediante una delgada y rojiza huella.

–De rodillas, perra –ordenó. Su sonrisa era pérfida, devoradora. Como la de un escualo, pensó ella. Sí, justo eso, de un tiburón.

–¡Vete a la mierda! –le gritó Laura aún desde el suelo. El hombre no se amedrantó por el insulto. Ni siquiera se molestó por ello, como si lo esperara; como si incluso desease provocar en ella esa rabia y enfado que le permitiesen proseguir aquel trato dominante y humillante con ella.

–Ponte de rodillas o te pongo yo.

–¡Que me sueltes de una vez, cabrón!

Soltó la caña y, sin descubrir el segundo objeto que debiera llevar en la otra mano, la agarró del pelo y tiró del mismo hasta obligarla a alzar la vista al cielo donde parecía encontrarse él, y forzarla a postrarse de rodillas. Fue una postura poco agraciada y no muy esbelta, pero efectivamente terminó, más o menos, como él había deseado. Y fue entonces, mientras le escupía una mirada de odio, rencor y furia, que él le enseñó lo que había estado escondido:

Un bozal. Un bozal de perro, uno de verdad.

Laura palideció primero, se sonrojó después, abrió los ojos de par en par, y buscó la forma de escapar de aquel destino que había decretado aquel hombre.

–¡Ni se te ocurra! ¡Jamás, nunca, jamás me lo pondrás! –chilló como la chiquilla en que se convirtió cuando la sostuvo sobre sus rodillas–. No me lo pondré en mi puta vida. ¡Jamás!

Quedó claro que él no pensaba así, ni mucho menos. Y que tenía todas las de ganar. Y que tenía la fuerza, la oportunidad y la decisión para, como poco, intentarlo. Sin aflojar su agarre sobre su pelo, impidió que se pudiera escapar y, soportando sus ridículos golpes y empujones con las piernas y el hombro, le fue colocando el bozal de perro en su cara. Por supuesto, ella agitó la cabeza una y otra vez deshaciendo todo el trabajo y los esfuerzos del hombre por colocárselo, pero dos secas bofetadas, seguidas, intensas, la dejaron paralizada el tiempo suficiente como para que él se lo colocase.

Desde detrás de la pieza de plástico Laura vio el mundo y a su Amo de un modo cuadriculado. Movió la cabeza una vez más, ya sin fuerzas, pero el bozal no se movió un ápice. Él se había cuidado mucho de modificarlo de forma adecuada como para que encajase en un rostro humano, en un rostro de mujer, el rostro de su sumisa. Estaba a su merced, indefensa, dominada, sojuzgada. Estaba en sus manos, para lo que quisiera. Y lo que quiso fue…

La arrastró consigo hasta sacarla del vestíbulo. Y arrastrarla era un verbo que se quedaba corto por la fiereza mostrada por Laura para impedir ser llevada así, como un fardo, como un objeto, como alguien sin voluntad. Estaba más que harta de ser la muñequita indefensa que, sin duda lo era, pero otra cosa es reconocerlo… o dar su brazo a torcer. Sin muchos miramientos le hizo traspasar la puerta acristalada hasta aterrizar sobre una gran mesa de caoba de solidez indiscutible. Echada boca abajo, con las manos atadas a su espalda y el bozal bien sujeto a su rostro, sintió el peso del hombre cuando se apoyó sobre ella sujetando la mano sobre su cabeza hasta presionársela contra la pulida superficie de madera y susurrar:

–Por cada palabra más alta de lo debido, por cada insulto proferido, por cada gesto despectivo, por cada desobediencia y por cada desaire, vas a pagar.

Y mientras la sujetaba con una firmeza fuera de lo común contra la mesa, impidiéndola incorporarse, escuchó, y sintió, y padeció, una larga tanda de azotes propinados con un instrumento que conocía muy bien: la caña.

Cada azote fue como un menudo y punzante mordisco en sus carnes, una hendidura afilada que chasqueaba en su piel dejando –estaba bien segura– una fina marca que en breve tomaría un color rojizo. No tardarían sus nalgas en mostrar todo un dibujo formado por surcos que resaltarían a la vista de cualquiera que la mirase. Y ella, que no podía verlos, sin embargo sería mucho más consciente de esas huellas en los días venideros cada vez que su ropa interior le rozase la piel dolorida, o cuando tomase asiento o cuando simplemente lo rememorase. Nunca sabría cuántos azotes recibió, pero tuvo que reconocer que sus ojos se habían empañado con las lágrimas, su labio inferior lucía la marca de sus dientes y su saliva sabía a súplica apenas contenida.

Desnudada, humillada, dolorida y, seguidamente… ¿follada?

Casi. Sí, pero casi. Porque para su vergüenza sin par, el hombre la obligó a separar sus piernas mediante sucesivos golpes en sus pies y clavó su diestra en su ingle, pasando la mano por encima de su sexo. Ella supo al instante lo que encontró, porque hasta para ella, en su estado, era evidente. El hombre le aproximó dos dedos húmedos y olorosos para que su humillación fuese total y, por suerte, no se lo recriminó verbalmente. Quizás no fue por compasión, sino para que la burla fuese aún mayor. Sí, era cierto… estaba cachonda. Mucho. Pero aún así…

A su espalda escuchó un último sonido, el de un cinturón que se desprendía de su pantalón. ¿Más azotes, quizás? No, esta vez no… La cogió por la cintura, aproximó su sexo al de ella y, directamente la penetró.

En su estado, entre febril, excitado, confuso y agotado, no se sentía con más ánimos para protestar o rebelarse. Sólo se dejaba llevar por una fantasía en la que, en realidad, era una chica sometida sexualmente por su pareja en una relación tan morbosa como fascinante para ella. Con una sonrisa, recordó que aquello no era una fantasía. Era la misma realidad.

Un tiempo más tarde los dos yacían abrazados en el suelo del comedor, cerca de la ventana. Él mantenía un brazo por encima de sus hombros y ella yacía a su costado, reclinando su rostro sobre su pecho para escuchar su corazón. La “música de su vida”, lo llamaba. En algún momento, ella, despacio, cambió de postura. Cuando él la interrogó con la mirada, Laura se lo explicó entre risas:

–¡Me duele el culo!

También él esbozó una sonrisa, pero no dijo nada en un buen rato. Sólo entonces, cuando aceptó reconocerlo, le dijo:

–Está bien, puedes decirlo.

–¿Decir el qué? –Laura fingió inocencia. No muy bien, por cierto.

–El “te lo dije”. Sé que te mueres por echármelo en cara.

Tal como esperaba que hiciera, se echó a reír.

–¡Te–lo–dije! –repitió ella paladeando todas y cada una de las palabras.

–Es cierto –reconoció él mirándola fijamente. La besó en la coronilla y dejó que continuara–. Te dije que acabaríamos de lo más cachondos.

El hombre soltó un suspiro a medias entre resignación y alivio.

–Pues otro día lo repetimos entonces.

Laura enarcó las cejas.

–Podemos hacerlo, sí, o…

–¿O?

Laura se incorporó y le miró con un brillo renovado de ilusión en sus ojos:

–¡Verás! ¡He tenido una idea genial!

Él palideció un segundo y, seguidamente, se preparó para escuchar su nueva propuesta. Y Laura, claro está, se la contó.