domingo, 5 de septiembre de 2010

DESAFÍO

¿Crees vencerme? ¿Crees de verdad que vas a poder vencerme?

Piénsalo de nuevo. Piensa más.

Vienes a mi lado dándotelas de macho cabrío, de tipo duro, de hombre experimentado, de mandamás del barrio y no eres sino un pobre chiquillo asustado de su sombra con ínfulas de grandeza. ¿Y así vas a vencerme? ¿Te crees que voy a entregarme a alguien como tú? Sigue pensando. Te hace falta y, hasta ahora, lo has hecho muy mal.

No estoy aquí porque sea tonta, ni estúpida. No soy una imbécil insegura que necesita de tu sombra para sentirse protegida, ni tu mirada aprobadora para aceptar mi reconocimiento. No soy sumisa por que haya nacido con un estigma o una condición. No soy nada de eso como tan fácilmente concluiste. Lo soy porque quiero y punto, y dejaré de serlo cuando así lo decida.

¿Que no es eso propio de una sumisa? ¿Qué hemos de ser obedientes, amables, entregadas? ¿Algo más? Porque no es así como lo entiendo y, te guste o no, así soy. ¿Me quieres a mí? ¿En serio me quieres? No, reflexiona una vez más, porque no es una pregunta baladí. Te pregunto qué sí de verdad me quieres a mí.

Pues gánatelo. Vénceme.
Te voy a desafiar; me verás protestar; sentirás mi rabia; tentaré tu compasión; te provocaré como nadie te ha provocado antes; te morderé a poco que dejes tu cuello al alcance de mis mandíbulas. Y probablemente, porque ya ha sucedido antes, terminarás huyendo. No serás el último ni el primero, de modo que no te avergüences. Sólo habrás demostrado que eres uno más, uno de esos sueños quebrados por la realidad, por mi mal humor, por mi falta de conocimiento del BDSM y porque me he vuelto una mocosa incorregible, una maleducada sin remisión. Así soy, pero, aún peor, así me gusta ser.

Pero si resistes… si aprendes a conocerme, si consigues doblegarme… ¡Ah, amigo! Si me sometes…

Entonces seré tuya. Entonces, mi buen Amo, me habrás hecho tuya, con todas las sílabas ─sólo dos─, con todas sus letras ─¿te las deletreo?─. Y ahí me demostrarás por qué soy tuya y por qué estás conmigo. Y sé lo que me espera, no lo dudes:

Tus castigos, esos tan terribles que me estremecen apenas me los mencionas; esas humillaciones que me crispan los nervios y me mojan las bragas; y esos azotes, uno tras otro, marcando mis nalgas ─mi culo, ¡qué coño!─ hasta hacerme morder el labio inferior por la rabia, la vergüenza, el dolor, la indefensión; esas cuerdas que mordisqueen la piel de mis muñecas y tobillos, o allí donde hagan falta, para que no me escape, para que no te obligue a sujetarme con tu fuerza física; esa bofetada, seca, corta, rápida, inesperada. Merecida; esa orden, y esa otra, y la siguiente, y la que vendrá después, y todas las demás. ¿Qué debo hacer? ¿Chupártela? ¿Otra vez? ¿Y ahora convertirme en tu perra? ¿Qué lo admita? ¿Qué lo demuestre? ¿Qué, qué, dime, joder, qué más me vas a hacer?

Lo asumo y lo acepto, porque es lo que quiero. Lo dije antes, que soy sumisa porque quiero, y dejaré de serlo si no. Y no quiero. No quiero. No cuando me has demostrado tu valía, cuando me has sabido manejar, cuando me has enseñado paciencia, y voluntad, y sin necesidad de pedestal, te siento encima de mí, y yo, sin bajar a ningún lado, me encuentro debajo de ti. Eso es, eso sucederá algún día, cuando te encuentre, cuando te conozca.
Cuando me hayas vencido.