jueves, 28 de julio de 2011

CHARLA EN UNA TERRAZA (3): Complicidad


─Entonces, ¿qué te atrae de todo esto? ─preguntó Diego tras una nueva pausa.

Ella resopló alzando la mirada al cielo, como si suplicase a los hados un hálito inspirador. Quedaba claro que esa pregunta no era nueva para ella; si acaso, era la primera vez que alguien se la hacía abiertamente, de viva voz.

─No lo sé…

─Piénsalo, por favor.

viernes, 1 de abril de 2011

PIEL DE NEÓN (Y 2)

Continuación de PIEL DE NEÓN (1)

Mantenía la mirada dirigida al frente, encarada hacia su perdición en forma de una alegre cuadrilla de jóvenes que, con vasos de plástico en mano, intercambiaban bromas y compartían la velada.

El terreno irregular resultó un gran bromista. Alma descubrió con qué facilidad las suelas de sus zapatos, que poco antes se hartaron de pisotear la pista de baile, ahora eran dos losas de plomo que se adherían al suelo viscoso de tierra. Los menudos pechos, casi de cría, apenas sugerían movimiento, congelados por el frescor de la noche indiferentes ante el ardor interior. Los pezones, duros, señalaban su meta.

Sostenía el tanga en la mano, estrujándolo con tal fuerza que hubiera podido extraer el color. La voz le perseguía, ese sencillo mandato que apenas necesitó media docena de palabras. “Regálaselo a uno de ellos”, le había dicho. La niña continuó.

Aquellos estaban todavía lejos, apoyados en su coche. Ninguno la había descubierto todavía, pero era cuestión de segundos. No más. Se le formó un nudo en la garganta e intentó tragar saliva sin éxito. Continuó despacio sin saber por qué. O cómo. “Regálaselo, regálaselo”.

Estaba muerta de miedo.

domingo, 27 de marzo de 2011

PIEL DE NEÓN (1)

Salieron del pub Cimarrón allá a las cuatro. El aire fresco de noviembre les recibió con un suave bofetón que les reanimó al momento, arrancándoles de su piel los restos de alcohol y música todavía adheridos a causa de las largas horas de coqueteos y bailes en el local. Demasiada gente, pensaban con razón. Salir fuera era atravesar las puertas de un adictivo infierno de luz estroboscópica y aire alimentado por incontables cuerpos sobrecargados de impulso y deseo.

Alma no sabía cómo dejar de reírse. Se lo había pasado en grande y apenas alcanzó el exterior sin tropezar con los inconscientes que se apilaban en la puerta. Se reía, y se sentía feliz. Llena. A su lado, Ernesto callaba. Fue idea suya marcharse y, por más que la mujer se había resistido, no le quedó más remedio que hacerle caso. Alma se agarró a su brazo como temiendo que escapara y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Y volvió a reírse. Alguno la miró extrañado, pero tan sólo el hombre se dio cuenta. Cogió a la mujer de la muñeca y tiró de ella para que echaran a andar.

─¡Espera, no vayas tan deprisa! ─le pidió Alma tratando de no perder un zapato en la caminata. Ernesto no le respondió. Soltó su mano y continuó sin esperarla. Alma, confusa, se ajustó el zapato que había insinuado una rebeldía y se apresuró a ponerse a su altura─. Cariño, ¿estás bien? ─Silencio─. Te noto muy callado. ¿Qué te pasa?

─Nada.

legaron hasta donde tenían aparcado el coche, un solar usado en las noches de los fines de semana como improvisado aparcamiento y lugar de aprovisionamiento de alcohol. Ernesto miró a diestro y siniestro, casi ansioso, quizás ceñudo, y encontró su coche. Cuando Alma, casi sin aliento, había llegado, empezó a caminar y la distancia volvió a crecer entre ambos. Alma ya no tenía ganas de reír.

Subieron al Opel Corsa gris metalizado. Él al volante ella…, ella no pudo subir.