domingo, 27 de marzo de 2011

PIEL DE NEÓN (1)

Salieron del pub Cimarrón allá a las cuatro. El aire fresco de noviembre les recibió con un suave bofetón que les reanimó al momento, arrancándoles de su piel los restos de alcohol y música todavía adheridos a causa de las largas horas de coqueteos y bailes en el local. Demasiada gente, pensaban con razón. Salir fuera era atravesar las puertas de un adictivo infierno de luz estroboscópica y aire alimentado por incontables cuerpos sobrecargados de impulso y deseo.

Alma no sabía cómo dejar de reírse. Se lo había pasado en grande y apenas alcanzó el exterior sin tropezar con los inconscientes que se apilaban en la puerta. Se reía, y se sentía feliz. Llena. A su lado, Ernesto callaba. Fue idea suya marcharse y, por más que la mujer se había resistido, no le quedó más remedio que hacerle caso. Alma se agarró a su brazo como temiendo que escapara y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Y volvió a reírse. Alguno la miró extrañado, pero tan sólo el hombre se dio cuenta. Cogió a la mujer de la muñeca y tiró de ella para que echaran a andar.

─¡Espera, no vayas tan deprisa! ─le pidió Alma tratando de no perder un zapato en la caminata. Ernesto no le respondió. Soltó su mano y continuó sin esperarla. Alma, confusa, se ajustó el zapato que había insinuado una rebeldía y se apresuró a ponerse a su altura─. Cariño, ¿estás bien? ─Silencio─. Te noto muy callado. ¿Qué te pasa?

─Nada.

legaron hasta donde tenían aparcado el coche, un solar usado en las noches de los fines de semana como improvisado aparcamiento y lugar de aprovisionamiento de alcohol. Ernesto miró a diestro y siniestro, casi ansioso, quizás ceñudo, y encontró su coche. Cuando Alma, casi sin aliento, había llegado, empezó a caminar y la distancia volvió a crecer entre ambos. Alma ya no tenía ganas de reír.

Subieron al Opel Corsa gris metalizado. Él al volante ella…, ella no pudo subir.


─No ─le dijo desde el asiento del conductor inclinándose para que ella le viera con claridad. Estaba serio. No parecía estar enfadado, pero, sin duda, había seriedad en su rostro─. Bájate el vestido.

─¿Qué? ─Ella no comprendió. De hecho, eso no era nuevo desde hacía media hora. En el pub habían bailado, reído y disfrutado de su mutua compañía. Alma, como siempre, le buscó las cosquillas a través de su singular descaro. En un momento en el que Ernesto se sintió cansado y se acomodó en un taburete para tomar una copa, ella lo aprovechó para flirtear con un hombre, un tipo de buena planta, moreno y brazo izquierdo tatuado con un tribal con el único fin de provocarle y obligarle a que le hiciera caso. Cuando no funcionó, cambió de estrategia: empezó a contonearse y dejarse llevar por la música aproximándose, más y más, a una muchacha de pelo ensortijado y vestido vaporoso que no dejaba de sonreír divertida. Ernesto clavó sus ojos, fríos e inexpresivos en ella, y Alma perdió todo interés en provocarle. Se acercó a su lado y le abrazó cariñosamente. Ernesto apenas si le devolvió una forzada sonrisa. No dudaron mucho más en el pub.

Ahora, junto al coche, Alma se preguntaba si todo se debía a aquello. No tenía sentido. Él era el primero en provocarla a ella y ponerla en peores aprietos. Era parte de su rutina, de aquello que alimentaba su particular relación con bocados suculentos de pasión y deseo, ilusión y morbo. Desde que le había conocido, Alma era otra. La chiquilla reprimida y torpe de antaño había dado paso a una mujer segura y orgullosa de sí misma.

─No tengo todo el día ─le apremió Ernesto. Se echó hacia atrás apartando los ojos de ella, dispuesto a arrancar el coche apenas ella obedeciese.

Allí había luz. No mucha, pero las farolas en la esquina arrojaban la suficiente como para evitar que tropezasen con las piedras y botellas abandonadas. Alma estuvo tentada a replicar, pero se lo calló. Él ya no la haría caso, como no se lo había hecho en la última media hora. Miró a su alrededor. Una pareja acababa de subir en su coche para marcharse con prisas para llegar a otro lugar idéntico al que estaban dejando. En la esquina opuesta al rectángulo que formaba el solar─aparcamiento, media docena de jóvenes de ambos sexos exploraban el maletero posterior de un coche revolviendo bolsas del super cuyo contenido era fácil de adivinar. De ellos distaban una veintena de pasos. Estaban ocupados, pero los tíos tenían siempre un ojo en la espalda para ciertas cosas.

El sonrojo acudió a su rostro. De haber más luz, se hubiera dicho que parecía una amapola. La chiquilla de antaño reclamó su momento y recuperó su inseguridad y temor. Lo que Ernesto le había ordenado no era sino que se bajase el vestido que llevaba puesto hasta la cintura. Lo que quería, era que se quedase con las tetas al aire. Así, sin más. Porque sí. Porque le apetecía. Y, a juzgar por su cara, a saber por qué.

Llevó una mano, la derecha le pareció, al hombro opuesto. La descubrió temblorosa. Enganchó el pulgar bajo el tirante y, con sorprendente facilidad, se deslizó por su hombro. El roce debía ser suave, pero a ella lo sintió chocar con su piel con la fuerza de un mazazo. Manteniendo su antebrazo izquierdo pegado al cuerpo, para evitar que se le viera nada ─¡fíjate tú qué tontería─, repitió la operación con el segundo tirante. De reojo oteó el interior del coche. Él no la miraba, pero sabía que seguía vigilándola. Siempre lo hacía. Como un halcón que permitía a su presa jugar a la idea de que era libre. Lejos, o quizás no, los muchachos del botellón improvisado gritaban con más fuerza. Sus carcajadas asemejaban dirigirse hacia ella, apretando palancas oxidadas en sus recuerdos que abrieron puertas que debían quedar así: “Gordita cebolleta, gordita cebolleta”. Así la llamaban en el colegio por muchos años. Tenía los gritos de sus compañeros de clase de nuevo a su lado. Como nunca habían dejado de hacer. Ella, simplemente, había aprendido a ignorarlos.

Se obligó a actuar antes de que fuera tarde. Su vestido, uno celeste precioso, fue cayendo por su escote con la facilidad de la piel de una fruta. Alma se iba desnudando en aquel mísero lugar, lleno de botellas rotas, cacas de perros y olor a orín. Lejos, como única compañía, las carcajadas no tan inocentes de los jóvenes entregados a la juerga y el alcohol.

Tenía frío, pero no dentro de ella. Su piel temblaba. Su pecho ardía. No llevaba sostén, uno de sus muchos intentos de morder a su amante con una picardía más. Ahora, sus pechos, menudos a su gusto, quedaban expuestos a la intemperie de la noche de noviembre y la indiferencia del único hombre al que ella deseaba a su lado. Se dispuso a subir al vehículo vestida con un vestido rebajado a la condición de falda, pero de nuevo surgió de su interior una voz bien timbrada:

─Ahora el tanga. Quítatelo.

Decir que el alma se le fue a los pies sería un recurso muy sencillo, por más que fuera exacto. Se quedó quieta, como esperando algo más. Ese algo fue una nueva mirada que le ardió en la cara con la fuerza de una bofetada. Vigiló ambos lados procurando que su cuerpo quedase protegido por el coche adyacente y se inclinó para poder meter sus manos bajo el vestido. No se atrevió a mirar al frente. Mucho se temía que Ernesto ni siquiera le prestase atención. Tomó la prenda, recorrió los muslos y alcanzaron los tobillos. El tanga, de color azul a juego con su vestido, estaba húmedo. Un efecto secundario de toda aquella emoción intensa.

─Ahora regálaselo a uno de ellos.

Tampoco aquella orden admitía discusión alguna. Las suyas nunca la admitían, no sin pagar el debido castigo. Alma se giró, sosteniendo en su diestra el tanga como si no supiera qué era aquello, y se giró. Allí los tenía, tan, tan cerca…

─¿Vas a necesitas que te acompañe?

Su pregunta era retórica. Alma se había quedado pálida y, si bien le quiso responder algo, no pudo. Arrastrando los pies, avanzó hacia ellos. El corazón tamborileaba al compás de cada paso. Su sexo palpitaba, sin saber por qué.

Continúa en PIEL DE NEÓN (y 2)

1 comentario:

anoniMa dijo...

deseando leer la segunda parte....