─Vendré en un momento.
Y, sin más, se fue.
Lore le vio doblar la esquina que
delimitaba su dormitorio hasta que su figura no fue sino un vago recuerdo. No
dijo nada, en buena parte porque le hubiera sido imposible. Pero no era ello lo
que la enfurecía, sino el aspecto tragicómico ─o patético─ que hubiera
resultado de farfullar algunas cosas que le venían a la cabeza. Como unos
cuantos insultos.
Lore, en la habitación, debía aguantar
la puta mordaza que tenía firmemente sujeta a la boca. Era un segmento de látex
rígido encajado con más que mala leche entre los dientes y que le impedían
soltar nada más allá de gruñidos húmedos y lacerantes. Las mandíbulas le
empezaban a doler y se obligó a relajar la musculatura facial para evitar
futuros calambres. El colmo era los finos regueros de saliva que escapaban por
las comisuras de los labios en dirección a la barbilla. Patético, o ridículo, o
absurdo, o como cojones se quisiera decir, era poco. Y aquel tipo se había
largado «un momento».
─Será cabrón… ─No, no lo había dicho. Solo pensado, pero,
eso sí, en voz alta.
No solo su boca estaba inmovilizada.
Ambas manos las tenía firmemente encadenadas a las rodillas, forzándola a
adoptar una postura encorvada y delicada para evitar caer al suelo. Podía dar
pequeños pasos, dubitativos y basculantes, renqueantes y amorfos. A eso la
había reducido él. Y no es que no hubiera puesto resistencia.
Pero había perdido.
Había luchado con uñas y dientes;
incluso intentó morder. Lo malo fue que
sus esfuerzos habían resultado infructuosos, sus ataques, repelidos, y sus
esperanzas de victoria, aplastadas. Una vez aquel tipo había conseguido
sujetarle las muñecas con cinta americana y aprisionadas sus piernas con su
misma camisa, el resto le había sido fácil.
Y, caída en sus manos… Lore lanzó una
furibunda mirada a la puerta del dormitorio. Seguía sin venir. ¿Cuánto podía
ser «un momento»? Con ganas se lo hubiera deletreado a base de patadas.
Ella era fuerte, y no poco. Muchos años
luchando contra los kilómetros, los remos y el gimnasio. El deporte le daba
energías, aunque con mucha frecuencia la había arrastrado casi al extremo de
sus límites. Y, a veces, mucho más allá.
Por un instante revisitó su pasado más inmediato
para encontrar una salida a su propia frustración. Si le hubiera dado una
patada, si hubiera presionado más, si se hubiera girado… La pequeña escena de
lucha seguía fresca en su mente y cálida en sus antebrazos, torso y piernas,
allá donde él la había agarrado, empujado e inmovilizado. Ella era fuerte,
mucho, pero él había resultado serlo un poco más, lo justo como para perder la
libertad.
Al otro lado de la habitación, rodeando
su amplia cama ─ahora deshecha─ y tras atravesar una puerta de madera, quedaba
el cuarto de aseo. Y como si se hubiera diseñado exprofeso para su tortura
futura, se encontraba un espejo sobre la pila. Tan solo había visto su reflejo una
fracción de segundo fugaz y traicionera, pero había bastado para verse tal como
era, para que su nueva realidad fuese una bofetada a su orgullo y su tesón.
Amordazada, maniatada… ¿qué más podía
ser peor? Porque lo había…
La razón de aquellos grilletes en las
muñecas estaba claro. Tenía todo el sentido del mundo. Incluso se podía arrojar
una acertada suposición del porqué de la mordaza. Tanto mordiscos como insultos
o gritos no eran del agrado de aquel tipo, el de «un momento». Pero sólo para
desquitarse, sólo para provocarla, sólo como un capricho totalmente
innecesario, estúpidamente absurdo, se había empeñado en decir que Lore era su
potro salvaje, su yegua malcarada y que «debía ser domada». Sus palabras.
Pero ella compartía pocos atributos
confundibles con los de una yegua. Ni siquiera tenía de una larga melena que se
pudiera imaginar como las crines de un caballo. De modo que… Para su capricho,
porque ya le había dejado claro que no era algo que particularmente le diese
morbo, ni guardaba fantasías fetichistas sobre ponygirls, había abierto una bolsa que trajo consigo y sacado de la
misma un dildo negro, una pieza de látex con cabeza de serpiente por un lado
─su uso era evidente e, incluso, apetecible─ y una cola peluda en el otro
extremo. Lore se negó, claro está. Decidió que aquello era demasiado, que no
pensaba aceptarlo. Luchó, pero era difícil quejarse o protestar con una mordaza
en la boca o debatirse cuando se tiene manos y piernas aprisionadas. Él la echó
sobre la cama, le vio lubricar el maldito juguete con una crema, la obligó a
encarar sus nalgas a su conveniencia y, despacio, pero sin demora, se lo
introdujo en su oquedad correspondiente. El colmo fue el emplear dos pequeñas
cintas de cuero que empleó para atárselo a la cintura y evitar que, en un
momento posterior como el que vivía, como ese «vuelvo en un momento» que estaba
sufriendo, se lo arrancase de un seco tirón.
Inmovilizada, esclavizada y sodomizada.
Todo por un capricho tonto. ¿Por qué no se habría decidido mejor por
disfrazarla de colegiala? No en vano guardaba en su armario modular una
minifalda de tablas y unas botas rojas que irían geniales. Y no dudaba del
resultado con él, como tampoco que lo harían con cualquier hombre que no
estuviera muerto o fuese profundamente gay. Había preferido convertirla en su
potrillo a la que domar. Sólo faltaban las riendas, pero no sería ella quien le
diese la idea. Demasiadas, y todas malsanas, tenía él ya como para encima
ayudarle. Que su coño estuviese mojado como no lo estaba desde hacía mucho,
mucho tiempo, tampoco la ayudaba a ella a superar todo aquello.
Afortunadamente, terminaría en un
momento. Un muy, muy largo momento, por lo visto.
─Será cabrón… ─pensó una vez más.
Entonces, por fin, escuchó pasos. Lore,
sonrojada, se preguntó qué nuevo momento le tocaría soportar. Pero sólo por
curiosidad, ¿eh? No porque estuviera… deseándolo.
Ejem.

