
Hubiera debido ser una noche cálida y apacible. Pese a estar ya empezado el mes de julio, el Sol no había martirizado la ciudad con intensidad y aquello se agradecía.
Pero Ana, acostada en su cama, se removía y agitaba en mitad de los sueños sin cesar.
Y no era por el calor. No podía serlo. Siguiendo las estrictas órdenes de su Amo –que difícilmente hubiera sido desoídas considerando la estación– se había ido a dormir completamente desnuda, sin el menor objeto ajeno a su cuerpo. Pero, aún así, una fina capa de sudor la recubría como un manto gelatinoso que escocía su piel torturándola aún más si cabe. Sudaba y no era por el calor; daba vuelta y más vueltas en la cama y estaba durmiendo.
Ana sufría una horrible pesadilla.
Imposible recordar cuál era o en qué consistía. Casi con seguridad se relacionaría con sus últimos y pesarosos sucesos en su vida que la estaban marcado como estacas señalan un camino inexorable en su existencia. Todo cambiaba y evolucionaba más rápido de lo que podía esperar.
Ahora, por ejemplo, tenía un Amo, un Dueño. Ana ya no era libre, sino que le pertenecía a Él. Hoy, mañana y pasado se vería encadenada –con eslabones de pétalos de rosa y rocío mañanero– a su Amo.
Rompiendo el silencio de la madrugada, Ana gimió de malestar. La pesadilla crecía y estaba lejos de menguar. Imágenes fulgurantes atravesaban su mente dejando tras de sí un poso turbio y de tacto áspero.
Y cuando creía que al fin lograría rendirse al sueño y deambular por paisajes más pintorescos y menos horripilantes, pequeñas manchas oscuras aparecieron en las paredes y techo de su habitación sin que ella se diera cuenta. Presintió, eso sí, que algo no estaba bien, alguien había soldado sus ojos y les fue imposible abrirlos para encararse a una docena de pequeños diablillos azabaches que se habían desgajado de las pareces donde fueron creados para revolotear por el aire entre chillidos nerviosos y risitas maliciosas. Uno de ellos, el más atrevido, se aproximó al cuerpo desnudo de Ana y, con un dedo terminado en una uña larga y curva, pinchó un pezón de la muchacha. Ella gritó un poco y se giró, pero pronto otra de las malignas criaturas imitó a su compañero y rozó con su garra un muslo de Ana, dejando a su paso tres finísimas líneas oscuras de sangre. Al poco, otros más, palmoteó su espalda o tiró de sus cabellos riéndose a continuación. Ana, incapaz de discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo imaginado, se movía de uno al otro lado, viéndose a merced de los juegos sádicos de aquello que fuera que le rodeaba por todas partes.
Cuando sintió un pequeño mordisco en su hombro, sollozó aún en sueños:
–¡Amo, Amo mío!
Las palabras arrancadas de su dolor surtieron un breve efecto. Los diablillos se detuvieron y miraron a su alrededor precavidos. La estancia permanecía quieta, silenciosa. Las estanterías con los libros, la percha con la ropa mal colocada, la mesita con un puñado de papeles desordenados no mostraban el menor cambio.
Frunciendo las pobladas cejas de un duendecillo volador y esbozando su boca de finos labios, él, primero, y los demás después, rompieron a reír. La noche, cuchichearon en su dialecto inteligible, prometía mucha diversión.
Se subió en el vientre de Ana, que había quedado exhausta y rendida, y la miró. Luego esquivó los dos pechos erectos y firmes de la muchacha y se arrodilló ante su cuello desnudo y mordió con sus dientecillos finos como agujas. Aquello fue ya excesivo y Ana casi saltó de la cama gritando.
–¡Amo mío, por favor! –y sumergiéndose nuevamente en el colchón, suplicó–: Ven.
Entonces, de cada uno de los arañazos que Ana mostraba en su piel, surgió un débil resplandor. Una luciérnaga de tonalidad plateada surgió de la misma y gemó en forma de una pequeña esfera luminosa que revoloteó en el techo arremolinándose hasta fundirse entre sí ante los ojos hipnotizados de los diablillos, que veían asombrados aquel extraño e inesperado fenómeno. Al pronto, tras un chisporroteo eléctrico, una figura oscura surgió de la misma y permaneció de pie en la habitación. Los diablillos gruñeron de frustración y retrocedieron un par de pasos, para remontar el vuelo seguidamente y, mascullando un sinfín de maldiciones, trataron de escapar por donde habían venido, filtrándose nuevamente en las paredes, pero, en lugar de ello, chocaron contra el muro que no les permitió la entrada. De haberse girado, quizás habrían visto una sonrisa insinuante en la figura recién llegada.
El extraño miró a Ana y suspiró aliviado al comprobar que no sufría daños graves y que estaba recuperando la paz. Luego miró en torno suyo y, uno tras otro, alargó el brazo para atrapar con sus manos cada uno de los insidiosos demonios que tanto trabajo daban. Algunos trataron de fugarse por la puerta, otros por una ventana y los que menos, esconderse bajo el colchón, pero ninguno tuvo posibilidad alguna. No frente Él. Al poco rato, sólo dos seres quedaban en la habitación.
Se aproximó a la cama y se reclinó sobre Ana. Sobre su frente y sobre sus labios, dejó un pequeño beso. Al apartarse, el rostro de Ana reflejaba felicidad y una amplia sonrisa.
–Buenas noches, preciosidad –le susurró al oído.
Luego, tomó asiento y montó guardia a su lado el resto de su vida.
Pero Ana, acostada en su cama, se removía y agitaba en mitad de los sueños sin cesar.
Y no era por el calor. No podía serlo. Siguiendo las estrictas órdenes de su Amo –que difícilmente hubiera sido desoídas considerando la estación– se había ido a dormir completamente desnuda, sin el menor objeto ajeno a su cuerpo. Pero, aún así, una fina capa de sudor la recubría como un manto gelatinoso que escocía su piel torturándola aún más si cabe. Sudaba y no era por el calor; daba vuelta y más vueltas en la cama y estaba durmiendo.
Ana sufría una horrible pesadilla.
Imposible recordar cuál era o en qué consistía. Casi con seguridad se relacionaría con sus últimos y pesarosos sucesos en su vida que la estaban marcado como estacas señalan un camino inexorable en su existencia. Todo cambiaba y evolucionaba más rápido de lo que podía esperar.
Ahora, por ejemplo, tenía un Amo, un Dueño. Ana ya no era libre, sino que le pertenecía a Él. Hoy, mañana y pasado se vería encadenada –con eslabones de pétalos de rosa y rocío mañanero– a su Amo.
Rompiendo el silencio de la madrugada, Ana gimió de malestar. La pesadilla crecía y estaba lejos de menguar. Imágenes fulgurantes atravesaban su mente dejando tras de sí un poso turbio y de tacto áspero.
Y cuando creía que al fin lograría rendirse al sueño y deambular por paisajes más pintorescos y menos horripilantes, pequeñas manchas oscuras aparecieron en las paredes y techo de su habitación sin que ella se diera cuenta. Presintió, eso sí, que algo no estaba bien, alguien había soldado sus ojos y les fue imposible abrirlos para encararse a una docena de pequeños diablillos azabaches que se habían desgajado de las pareces donde fueron creados para revolotear por el aire entre chillidos nerviosos y risitas maliciosas. Uno de ellos, el más atrevido, se aproximó al cuerpo desnudo de Ana y, con un dedo terminado en una uña larga y curva, pinchó un pezón de la muchacha. Ella gritó un poco y se giró, pero pronto otra de las malignas criaturas imitó a su compañero y rozó con su garra un muslo de Ana, dejando a su paso tres finísimas líneas oscuras de sangre. Al poco, otros más, palmoteó su espalda o tiró de sus cabellos riéndose a continuación. Ana, incapaz de discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo imaginado, se movía de uno al otro lado, viéndose a merced de los juegos sádicos de aquello que fuera que le rodeaba por todas partes.
Cuando sintió un pequeño mordisco en su hombro, sollozó aún en sueños:
–¡Amo, Amo mío!
Las palabras arrancadas de su dolor surtieron un breve efecto. Los diablillos se detuvieron y miraron a su alrededor precavidos. La estancia permanecía quieta, silenciosa. Las estanterías con los libros, la percha con la ropa mal colocada, la mesita con un puñado de papeles desordenados no mostraban el menor cambio.
Frunciendo las pobladas cejas de un duendecillo volador y esbozando su boca de finos labios, él, primero, y los demás después, rompieron a reír. La noche, cuchichearon en su dialecto inteligible, prometía mucha diversión.
Se subió en el vientre de Ana, que había quedado exhausta y rendida, y la miró. Luego esquivó los dos pechos erectos y firmes de la muchacha y se arrodilló ante su cuello desnudo y mordió con sus dientecillos finos como agujas. Aquello fue ya excesivo y Ana casi saltó de la cama gritando.
–¡Amo mío, por favor! –y sumergiéndose nuevamente en el colchón, suplicó–: Ven.
Entonces, de cada uno de los arañazos que Ana mostraba en su piel, surgió un débil resplandor. Una luciérnaga de tonalidad plateada surgió de la misma y gemó en forma de una pequeña esfera luminosa que revoloteó en el techo arremolinándose hasta fundirse entre sí ante los ojos hipnotizados de los diablillos, que veían asombrados aquel extraño e inesperado fenómeno. Al pronto, tras un chisporroteo eléctrico, una figura oscura surgió de la misma y permaneció de pie en la habitación. Los diablillos gruñeron de frustración y retrocedieron un par de pasos, para remontar el vuelo seguidamente y, mascullando un sinfín de maldiciones, trataron de escapar por donde habían venido, filtrándose nuevamente en las paredes, pero, en lugar de ello, chocaron contra el muro que no les permitió la entrada. De haberse girado, quizás habrían visto una sonrisa insinuante en la figura recién llegada.
El extraño miró a Ana y suspiró aliviado al comprobar que no sufría daños graves y que estaba recuperando la paz. Luego miró en torno suyo y, uno tras otro, alargó el brazo para atrapar con sus manos cada uno de los insidiosos demonios que tanto trabajo daban. Algunos trataron de fugarse por la puerta, otros por una ventana y los que menos, esconderse bajo el colchón, pero ninguno tuvo posibilidad alguna. No frente Él. Al poco rato, sólo dos seres quedaban en la habitación.
Se aproximó a la cama y se reclinó sobre Ana. Sobre su frente y sobre sus labios, dejó un pequeño beso. Al apartarse, el rostro de Ana reflejaba felicidad y una amplia sonrisa.
–Buenas noches, preciosidad –le susurró al oído.
Luego, tomó asiento y montó guardia a su lado el resto de su vida.