sábado, 18 de julio de 2009

NOCHE

Recostada en la cama, prácticamente desnuda, Adela oteaba el techo con la vaga esperanza de descubrir algo de interés. Era pasada la una de la noche y cada minuto transcurría sin abrir la esperanza a un instante de sueño. A su costado, no muy lejos de ella, barajó la posibilidad de apagar la luz e intentarlo de nuevo, pero sabía a ciencia cierta que era inútil. No lo conseguiría.

Estaba excitada.

Cerró los ojos, no para dormir, sino para disfrutar más con cada imagen que acudía a su mente, y se acarició un pecho. El pezón lo tenía duro, y ella lo pellizcó con dos dedos, retorciéndolo y tirando suavemente de él. Una imagen, casi etérea, indefinida, acudió a su mente. Creyó verse desnuda, o poco faltaba, y algo relacionado con sus labios y la lengua húmeda que los recorría. Luego, al momento, intuyó algo más, un sexo masculino, erecto que… Pero ya había desaparecido antes siquiera de fijar la mirada de sus recuerdos.

Volvió a fijar la vista en su pasado, en aquella vez en que la ataron firmemente, de pies y manos, en una silla, cuando pasaron horas de dulce tortura al verse acariciada una y otra vez, sin poder acelerar o retardar la sensación, cuando casi llega a desesperar de la frustración al verse privada de lo que se había convertido en una obsesión: un orgasmo.

O cuando los azotes en sus nalgas cayeron, una, dos, tres… hasta un número que casi olvida. El dolor, la sensación de abatimiento, el placer al verse sometida de un modo que sólo su traicionero sexo humedecido se atrevía a confesar.

Y otro día, al permanecer de pie en una esquina de la habitación, como una niña pequeña castigada, tratada así, de un modo injusto y tan… excitante.

Adela, ya bajo el sopor del calor que emanaba su propio cuerpo, no retrasó más su mano y la hundió en su sexo, acariciándose, presionándose el clítoris en tanto imaginaba que no podía hacerlo, que no se lo permitían. Abrió la boca y comenzó a gemir. Los iniciales suspiros se tornaron en chillidos que brotaban de su corazón encendido y no había mano que no recorriese su cuerpo sudoroso y frágil, mientras sus párpados cerrados en sus ojos parecían transparentes frente cada recuerdo de tantas experiencias placenteras y excitantes.

Continuó, aceleró y cayó víctima de su propio morbo, de su deseo insatisfecho y las imágenes que pese ser creadas por ella, no las sentía sino como reales. Se pellizcó los pezones, tiró de ellos y los imaginó que eran pinzas; se acarició el sexo, rozó sus labios y presionó el clítoris para descender y penetrarse en su sexo, deseando que fuese el sexo de su amo, que la follaba, que la sometía, que la hacía suya.

El rubor, el ansia y la pasión ascendieron hasta que… abriendo los ojos, ya definitivamente, la oleada tan apreciada cortocircuitó su médula espinal y un torrente salió a presión de su ser. Relajó las manos, aún húmedas, sonrió y dio un largo suspiro.

Cuando recobrase las mínimas fuerzas, se pondría en pie, se lavaría y regresaría. Pero ahora, para dormir. Eso ya nadie ni nada se lo podría impedir.