viernes, 1 de abril de 2011

PIEL DE NEÓN (Y 2)

Continuación de PIEL DE NEÓN (1)

Mantenía la mirada dirigida al frente, encarada hacia su perdición en forma de una alegre cuadrilla de jóvenes que, con vasos de plástico en mano, intercambiaban bromas y compartían la velada.

El terreno irregular resultó un gran bromista. Alma descubrió con qué facilidad las suelas de sus zapatos, que poco antes se hartaron de pisotear la pista de baile, ahora eran dos losas de plomo que se adherían al suelo viscoso de tierra. Los menudos pechos, casi de cría, apenas sugerían movimiento, congelados por el frescor de la noche indiferentes ante el ardor interior. Los pezones, duros, señalaban su meta.

Sostenía el tanga en la mano, estrujándolo con tal fuerza que hubiera podido extraer el color. La voz le perseguía, ese sencillo mandato que apenas necesitó media docena de palabras. “Regálaselo a uno de ellos”, le había dicho. La niña continuó.

Aquellos estaban todavía lejos, apoyados en su coche. Ninguno la había descubierto todavía, pero era cuestión de segundos. No más. Se le formó un nudo en la garganta e intentó tragar saliva sin éxito. Continuó despacio sin saber por qué. O cómo. “Regálaselo, regálaselo”.

Estaba muerta de miedo.


Por un instante su fértil imaginación les hizo verles encarándose con ella, devorarla con una sonrisa predadora y arrastrarla a un oscuro rincón para violarla. Apenas duró un parpadeo. Detuvo su avance y consideró la posibilidad de dar media vuelta. Luego…, luego los vio mejor. No eran sino meros jóvenes de veintipocos años que simplemente quemaban horas y neuronas.

El más próximo, un tipo alto, de cabello rubio rizado, tenía buena percha. Le tenía de espaldas, lo que le ocultaba el rostro. Mejor. Avanzó decidida hacia él sin ver a nadie más, sin pensar en que tenía el vestido bajado hasta la cintura exhibiendo sus pechos y apoyó una mano en la espalda del muchacho aún antes de que nadie la viese surgir del anonimato. Aquel se giró. Alma mantuvo la mirada baja. Las mejillas le ardían. Le cogió de la muñeca libre, la que no sostenía la bebida, y le entregó su tanga convertido en un guiñapo de tela deforme. Si el muchacho abrió los ojos o la boca confuso, si sus compañeros dijeron algo, o si pasó algo más, nunca lo supo.

Alma se apresuró a huir de allí desesperada por encontrar el coche de Ernesto. La puerta seguía abierta y ella no encontraba más deseo que el de esconderse dentro. Cuando consideró la posibilidad de que, quizás, ese muchacho u otro fuese tras ella para pedirle algún tipo de explicación, aceleró. Perdió un zapato. No se detuvo. Cojeando, se metió de cabeza dentro y cerró la puerta. Aguardó a que Ernesto pusiera en marcha el coche, pero éste se tomó su tiempo y tardó al menos un par de segundos en dar al contacto.

Por dentro, se repetía: “Rápido, rápido, rápido”. Ernesto hizo retroceder el Corsa, maniobró para encararlo y puso primera. Al salir, se vieron obligados a pasar junto a los jóvenes. Estos gritaron y silbaron a su paso, pero ella aguardó con los ojos cerrados, los pechos desnudos, el corazón acelerado y los muslos empapados.

Ninguno habló en un rato. Ernesto tomó una gran avenida y apretó el acelerador. A su lado, Alma se mantuvo escondida tras sus párpados. Tras algunos minutos de tregua con el mundo, encontró valor para abrir los ojos y recibir las luces de la noche que empapaban la ciudad.

Sin música con la que distraerse, el ronroneo sordo del coche fue su único acompañamiento. La ciudad quedaba bañada con la luz amarillenta de las farolas, retocándose, como una puta callejera, de los vivos colores procedentes de los tubos de neón.

Sobre su piel desnuda se reflejaron los mil tonos de aquella paleta de pintor obsceno. Rojos, azules, verdes, colores fosforescentes que cegaban por breves instantes y se intercambiaban unos con otros. El mismo aire parecía impregnado de un aroma particular, malsano, una suciedad obscena que emergía de las alcantarillas y se posaba en el asfalto y las fachadas de cada edificio que dejaban tras de sí. Por aquí y allá, dispersos e irregulares, los apartamentos quedaban iluminados señalando una familia ocupada en la cena o en la tele. Bajo ellos, ignorantes a su realidad, Alma recibió los besos de luz procedentes de farolas y escaparates. Su hombro izquierdo era un lienzo rosado que atestiguaba las huellas de su humillación y obediencia. Seguía medio desnuda, a salvo de los transeúntes. Siempre que estos no la mirasen muy detenidamente.

Un semáforo se quedó en rojo y un autobús nocturno quedó detenido a su costado. Alma se encogió en su asiento como si la portezuela hubiera entrado en llamas. Desde el interior del autobús, una mujer, aburrida por el viaje, la descubrió sin querer. Enarcó las cejas y fijó sus ojos acusadores en ella. Ambas se miraron por un segundo. Al instante, Alma torció la cabeza y le dio la espalda. El sonrojo acudió una vez más a su rostro y se mordió el labio inferior.

Ernesto estaba mirándola. Y seguía sin sonreír, sin reflejar ese deseo por ella acuciado por una situación morbosa como se suponía que era aquella.

Se encendió el disco verde y Ernesto arrancó. Alma, en su lugar, miró hacia fuera una vez más. Sus ojos atravesaron la ventanilla y se preguntó qué significaba todo aquello. Pensó que, quizás, se había cansado de ella y estaba ofreciéndola. La idea, terrible, encontró hueco en su pecho y ya no se marchó. No era la primera vez que experimentaba un reto semejante. En aquellas otras ocasiones las risas suponían la melodía que acompañaba al rugir del motor cuando aceleraban. ¿Y esa noche? Abandonada a un lado del coche, Ernesto cruzaba la ciudad ofertándola a cualquiera que quisiera aceptarla. Tanto daba quién. La ciudad se había pintado de ocres, retocándose con capas de pintura de colores chillones como suelen hacer aquellas despreciadas por sus congéneres y que sólo acumulan años en su haber.

Reclinó la frente sobre la ventanilla y entornó los ojos. Más farolas refulgentes, más tubos de neón inquietos, más apartamentos lejanos. En algún momento, Ernesto encontraría un lugar donde parar para que ella se bajase. Un portazo y un adiós. Como un perro…

La primera lágrima reclamó su espacio. Fue sin querer, pero llegó. Parpadeó cuando no quiso y una fina herida sangró agua salada acariciándole por el pómulo de su mej…

Ernesto giró bruscamente el coche cruzando la calzada para detenerse a una orilla. Un coche, que casi se había empotrado contra el suyo, lo esquivó como pudo y se alejó dejando un par de insultos que Ernesto nunca oyó.

─¿Qué te pasa? ─gritó abalanzándose sobre ella. Alma, asustada, le miró. Estaba pálido y tenía los ojos muy abiertos. Quiso decir algo─. ¡Alma!

Se pasó su antebrazo desnudo por los ojos. Luego intentó serenarse.

─Pero, ¿qué sucede? ¿Estás bien?

Ella asintió. Su sonrisa era una mueca tosca. Las ganas de llorar crecieron, pero ahora por otro motivo. Apoyo sendas manos en las mejillas de su pareja y le dio un suave beso en los labios.

─Estoy bien, perdona.

─¿Qué te pasa?

Agitó la cabeza para golpear su traviesa imaginación.

─Que soy tonta.

─Alma, ¿quieres que…?

Le interrumpió con un nuevo beso.

─Te juro que estoy bien. Ahora sí. Pero vayamos a casa. ¿De acuerdo?

Ernesto la interrogó con fijeza. Seguía visiblemente preocupado, pero algo más calmado. Se besaron de un modo que todo lo que no tenía de sexual lo compensaba con un derroche de cariño. Sólo después, y tras obligar a que Alma insistiera en que estaba bien, se atrevió a continuar.

La noche era la misma, pero sólo para los demás. La ciudad aún era luminosa y colorida, sobre todo para ellos.

4 comentarios:

yo dijo...

Se hace raro, ver que un relato suyo ocupa tan poco, espero que pronto pueda regalarnos mas.

Atentamente krisy

Trokien dijo...

¿Que ocupa poco? ¿Pero le has dado al "Seguir leyendo" para que aparezca el texto completo?

duir{AF} dijo...

mis respetos....

impresionante blog.

muchas felicidades!

duir{AF}
http://duiraf.blogspot.com/

luna dijo...

Hubo un momento en mi relación que sentí ese "panico" a ser abandonada.
Entiendo perfectamente la lagrima furtiva de Alma.