jueves, 28 de julio de 2011

CHARLA EN UNA TERRAZA (3): Complicidad


─Entonces, ¿qué te atrae de todo esto? ─preguntó Diego tras una nueva pausa.

Ella resopló alzando la mirada al cielo, como si suplicase a los hados un hálito inspirador. Quedaba claro que esa pregunta no era nueva para ella; si acaso, era la primera vez que alguien se la hacía abiertamente, de viva voz.

─No lo sé…

─Piénsalo, por favor.

─¡Es difícil!

─Lo sé ─repuso él─. Pero antes de entrar en este mundo, antes de iniciarte, es bueno para ti que tengas claro o, al menos, una ligera idea de hacia dónde te encaminas, de hacia dónde quieres dirigirte. ¿Qué esperas encontrar?

─Pues… No lo tengo muy claro ─insistió ella, reacia a abrir su interior al que, en suma, no era sino un desconocido. Más o menos.

─Por favor…

─Está bien ─cedió al fin─. Creo que me atrae la idea de perder el control de mí mismo, de dejarme llevar, de sentir que estoy en manos de alguien. No de cualquiera, desde luego.

─Lógico.

─Sino de alguien muy especial, en quien confío, a quien puedo entregarme. Seguro que tú lo sabes mejor que yo. Al fin y al cabo, tienes mucha experiencia en esto, ¿verdad?

─Sí ─dijo Diego─. Pero eso no quiere decir que sepa lo que hay dentro de ti. Cada uno puede buscar algo particular. A mí, la que me importa, es lo que tú buscas.

─¿Por qué?

─Porque quiero conocerte mejor.

─¿Por qué? ─repitió ella con una sonrisa traviesa. Sus ojos brillaban con luz propia.

Diego sonrió a su vez, pero no respondió. Tomó su copa y dio un sorbo.

─¡No te hagas de rogar! ─protestó ella con un gemido infantil.

Diego dejó su vaso sobre la mesa, aguardó unos segundos para ordenar sus pensamientos y continuó con sus explicaciones:

─Al final, creo que la gran mayoría de nosotros, de los seres humanos quiero decir, buscamos lo mismo: compañía, apoyo, conocimiento, experiencias, estímulos, satisfacciones, placeres. El BDSM no es una panacea. Es algo que ya te he dicho muchas veces ─Marta asintió en silencio para no interrumpirle. No sabía por qué, pero cuando él se ponía a hablar, se quedaba embobada escuchándole, como si no existiese nada de mayor importancia en el mundo─. ¿Qué nos ofrece el BDSM? Algunas cosas, desde luego, pero somos nosotros, cada uno, los que debemos decidir si algo de todo ello nos conviene o nos interesa. En un Dominante o en una sumisa podemos encontrar a esa persona con quien compartir reductos de nuestro ser que jamás mostraríamos a nadie más; puede ser un modo de obligarnos, de forma directa o indirecta, a dar cuanto tenemos, a no aceptar la mediocridad o el conformismo, exigidos por nuestra condición autoimpuesta de Amo o de sumisa, a esforzarnos al máximo.

»Estas relaciones, bien llevadas, y acompañados de una persona de confianza y por la que sentimos verdadera atracción, tanto física como psicológicamente, exigen mucho esfuerzo, pero dicho esfuerzo se compensa a través de los beneficios. Para la consecución de los mismos, para el disfrute de todo ello, contamos con un factor a nuestro alcance: la complicidad.

»¿Y qué es la complicidad?, te estarás preguntando.

─Sí, justo ─dijo ella riéndose─. Me lo pregunto: ¿qué es la complicidad?

Diego sonrió a su vez:

─La complicidad es crear un espacio privado, un lenguaje nuevo, un puñado de experiencias sólo existentes para ellos dos. Es encontrar en la otra persona el blanco de nuestras travesuras, el apoyo a nuestros sueños, el artífice de nuestros deseos, al ser que despierta la pasión y el deseo. Es encontrar un cómplice ─de ahí la palabra─ con quien lograr algo más que vivir. Por debajo de todo se encuentra el sobrevivir; por encima, el vivir, que es algo más que alimentarse y dormir. Vivir es respirar la vida, es alimentarse de ilusión y encontrar sueños enriquecedores que ni siquiera requieren el cerrar los ojos. Vivir es, y debe ser, encontrar la ilusión y la pasión cada día, sea con algo grande o pequeño.

»¿Y el BDSM? El BDSM es un modo particular, erótico y profundo, de revestir esa misma ilusión y pasión bajo un teatrillo construido a medida de los dos actores. Creamos una ficción, aceptamos unas reglas, lo revestimos de un atrezzo particular, volcamos nuestras dotes, nuestros recursos, nuestra voluntad en ello y luego disfrutamos del mismo. ¿Se puede vivir sin ello? Claro, pero lo escogemos así porque nos gusta y nos atrae. Porque lo disfrutamos. Nuestra felicidad nunca dependerá de ello. No debe ser así, porque ello implicaría una dependencia emocional al mismo y eso es perjudicial. No debe convertirse en una obsesión, porque toda obsesión nos esclaviza. Es una fantasía y, por tanto, somos nosotros quienes decidimos qué es esa fantasía y en qué consiste.

»Cuando surge esa complicidad mencionada, en parte porque encontramos en la otra persona un reflejo que nos identifica en parte, saboreamos una química particular: es el olor a un cariño, un deseo, una apetencia, una amistad o una relación que posee lazos superiores a los de un extraño o un mero conocido. En una relación que, tenga el tono que tenga, se nutre de los aspectos que queramos, como es el sado, la humillación, el poder, la entrega o el juego el encontrar y desarrollar unos lazos psicológicos como estos es más que útil: es necesario.

Marta aguardó largo tiempo saboreando su bebida a la par que las palabras de Diego.

─Entiendo ─fue su respuesta somera. Volvió a esperar, y luego continuó con una nueva pregunta─: ¿Y qué hay de los castigos?

─¿Qué quieres decir?

─Ya lo sabes. Los castigos.

─Ah ─exclamó Diego con un susurro─. Los castigos. Supongo que es un tema que te asusta.

─Algo ─dijo ella encogiéndose de hombros que adolecía de cierto estremecimiento─. Bueno, quizás bastante.

─De acuerdo ─dijo Diego asintiendo─. Hablemos de los castigos.

CONTINUARÁ

2 comentarios:

monah dijo...

Hay algo para tí en mi blog ;)

iara dijo...

Hola, quedé enamorada de tu blog por muchas razones... y si me permites lo voy a linkear en mis favoritos...

Todo esta hermoso, interesante y bien planteado...

Te felcito, un besito
iara