Entre risas, anécdotas y alguna que otra mirada cómplice, los tres comensales dábamos buena cuenta de aquella cena.
Era el principio de primavera y el día había resultado soleado y apacible. Ya a media tarde acudimos, mi esclava Eisha y yo, a casa de Cordelia para la cena que llevábamos semanas acordando y ya varias veces retrasada. Nosotros, por culpa del tráfico, llegamos algo tarde, pero nos tranquilizamos cuando descubrimos que los otros invitados no llevaban más de diez minutos en la casa.
Tras saludar a la anfitriona, su esclava, Diana, me arrebató a Eisha hasta una habitación para prepararla oportunamente. Allí ya estaba María José, la esclava de Ricardo.
Cordelia, Ricardo y yo mismo pasamos a la sala de estar donde nos echamos sobre un sofá. Allí ya había dispuesto, sobre una mesita de té, una bandeja con bebidas y otra con canapés de acompañamiento. No cogí más de un par, porque no quería perder el apetito. Además, estaba deseando que apareciesen las esclavas –especialmente la mía– y se estaban haciendo de rogar. Conocía el carácter rebelde de Eisha y por ello me preocupé un poco, por si su vergüenza pudieran jugarle una mala pasada, aunque quise darle el beneficio de la duda y no cuestionar su entrega. Hubiera sido insultante. Pero quisiera o no, no logré centrarme mucho en la charla entre los tres, insustancial por otra parte, por lo que no dejé de captar las miradas cómplices de los otros que adivinaban mi preocupación.
Aparecieron radiantes, las tres, pero sólo tuve ojos para una de ellas, mi Eisha. Llevaba un sedoso pantalón transparente que traslucía el fino tanga negro que llevaba debajo. Caminaba descalza, y, a la cintura, una cadenita fina de plata. Sobre el pecho, un chaleco azulado, a juego con el pantalón, chaleco abierto que permitía buen vistazo a sus pechos unidos entre sí por una cadena sujeta a los pezones mediante dos lazos. Y, en las muñecas, sendas muñequeras de cuero con argollas de metal prestas para darles un buen uso e inmovilizarlas.
Se adentró en la sala exhibiendo una amplia sonrisa, aunque también una mirada huidiza que se escurría entre mis ojos inquisidores y, desde luego, complacidos. Pasó por mi lado con no poca coquetería y descaro, se inclinó hacia delante para tomar una bandeja, se encaró hacia mí y se arrodilló sonrojada alzando la bandeja:
–¿Te apetece tomar alguno, mi Señor? –dijo entre unas risitas. Yo, naturalmente, tomé un canapé sin más deseos que el de devolver aquel exquisito y seductor gesto de mi esclava.
Las otras dos esclavas hicieron algo parecido. Quizás. No lo sé. Lo cierto es que tengo un vago recuerdo de que hubiera alguien más en la sala.
Ya más tarde, mientras Diana, supervisada por su Ama, daban los últimos toques a la preparación de la mesa en una sala contigua, más grande que la presente, me surgió un súbito deseo. Me excusé con Ricardo, con quien supuestamente estaba conversando, y salí al pasillo exterior. En aquel momento, Eisha estaba ayudando a Diana con sus tareas, habiendo dejado una jarra de agua en el salón comedor. Me sonrió con ternura y se giró para continuar ayudando en los preparativos, pero yo la detuve.
–¡Eisha!
–¿Sí, mi Señor?
Con pasos firmes, crucé la distancia que nos separaba y me quedé a su lado, aún sin decir más. Dudé unos instantes, pero por mi mente pasaron aquellas imágenes de Eisha días atrás, en una de nuestras sesiones, y también las que en aquel preciso momento presenciaba, con sus exultantes pechos, firmes y suaves, amenazando con asomarse por el exiguo chaleco que apenas cubría.
–¿Quieres algo, mi Amo? –me dijo en respuesta a mi silencio. Y así se decantó la balanza.
–Sí. Ven conmigo.
La tomé de la muñeca sin esperar su respuesta y la llevé conmigo a lo largo del pasillo, en dirección opuesta a donde estaba el comedor, Cordelia y las demás esclavas, deseando, más que nunca, huir de aquella casa. Abrí una puerta que encontré a mi paso, escogida casi al azar –sólo atraído por su aspecto mundano y vulgar– y, pasé dentro, aún arrastrando tras de mí a mi esclava.
La empujé contra la puerta ya cerrada, tanto para impedir el paso de nadie como, más acertadamente, por pura impaciencia. Sujeté sus muñecas aprisionadas por mis manos y nos besamos en una competición por descubrir quién de los dos deseaba más al otro. Nuestras lenguas se encontraron en la mitad de la nada y pronto arrastré los labios en su descenso por el cuello en la búsqueda de uno de sus puntos débiles, que tanto la excitaban sin remedio. No tardé mucho en soltarla, demasiado pendiente de aquellos huidizos pechos que pronto amasé con mis dedos y estrujé hasta lamer y mordisquear suavemente –pero tampoco demasiado–.
Su pantalón sedoso se convirtió en una prenda molesta, así como el fino tanga, coqueto antes e irritante ahora, buscando la forma de acariciar su sexo con dos dedos y recorrer el vello de su pubis recortado a lo brasileño.
–Amo… –susurró en voz baja.
–Shh, mi perrita, calla.
–Sí… sí… –pero sus palabras eran más gemidos que otra cosa y no me importó.
Nuestro abrazo se tornó más violento y salvaje; los labios, una búsqueda de puntos latentes y ocultos; las manos, cuatro enemigos que huían de la mutua compañía y ansiaban otras partes del cuerpo.
No tardé mucho en tenerla de espaldas a mí, inclinada hacia delante, apoyándose contra una pared y el culo en pompa, penetrándola o sometiéndola –¡no lo sabía ni me importaba!–, tomándola de la cintura para empujarla hacia mí –o yo impulsarme contra ella– una vez, y otra y…
Al correrme aplasté mi pecho contra su espalda, estrujándola con tal fuerza que temí partirla en dos, pero ella no se quejó, quizás, incluso satisfecha de mi súbito ataque de rabia, fuerza y energía. Ignoro si ella alcanzó el orgasmo también, pero no me importó mucho en aquellos momentos. Era mi momento y mi derecho, y, con su sonrisa dirigida a mí, quedó claro que, en un sentido u otro, también ella había disfrutado.
Más tarde, tras aquella escapada que, al menos en apariencia, había pasado desapercibida –o, cuanto menos, perdonada– por los demás, nos pusimos en torno a la mesa. Los tres Dominantes, sentados en las sillas. Nuestras esclavas, a los pies, arrodilladas en el suelo.
La comida fue ligera, algo protocolaria. Nuestra charla dejada llevar, entre bocado y bocado, al viento, como se solía decir. A mi lado notaba la presencia, a través de caricias y apretujones de la mejilla de Eisha contra mi muslo. Y, también, de tanto en tanto, algún movimiento demasiado descarado que se ganaba una mirada desaprobatoria por mi parte y una risita traviesa por parte de la suya en respuesta.
El largo mantel de tonalidad Burdeos me cubrió la vista de las otras esclavas pero, cuando vislumbré los semblantes casi hipnóticos y la tez un tanto ruborizada de Cordelia como Ricardo, en momentos distintos, no me costó mucho adivinar que sus respectivas esclavas debían estar tomando de igual modo su parte de la cena, aunque en un sentido menos literal.
Cuando terminamos el segundo plato y mientras hacíamos la sobremesa, las tres esclavas se ausentaron con algún propósito no aclarado. Algo tramaban, lógicamente, pero así debía ser. Formaba parte de la sorpresa, el juego y el morbo. Allá ellas con lo que fuera que estuvieran planeando.
Tras recibir algún aviso desde detrás de mí, Cordelia nos sugirió que pasásemos a tomar el postre a la sala que anteriormente habíamos abandonado. Por su mirada hacia mí, supuse que Eisha debía estar bien implicada. Eisha más postre. Más de una imagen pasó por mi mente.
Y tenía razón. Desnuda por completo, echada sobre una estrecha mesita de madera, Eisha permanecía tumbada boca arriba con sus brazos y piernas pegados al cuerpo y con su vientre, pechos y sexo cubiertos por un sugerente dibujo hecho con nata montada y gajitos de chocolate y fruta confitada. Temblaba ligeramente y una sonrisita nerviosa brotó de sus labios húmedos apenas cruzamos el umbral. Desvió la cabeza en nuestra dirección y, apenas posó los ojos en mí, esbozó una nueva sonrisa, esta vez más amplia y más radiante. Si antes su rostro estaba colorado en un fuerte contraste con la palidez de su piel, ahora se había encendido hasta tornarse de un intenso granate.
–¿Haces el favor? –me indicó Cordelia señalando con la mano a mi esclava–. Puedes empezar cuando gustes.
Incliné respetuosamente la cabeza y me adelanté. Deslicé los dedos por los cabellos de Eisha, me incliné y aproximando mi boca, tomé un trocito de chocolate con los dientes, para conducirlo hasta los labios de Eisha y, simultáneamente, ambos mordimos y nos quedamos con un extremo cada uno.
Tras este primer paso de apertura, los demás se aproximaron y me imitaron, dando buena cuenta de cada bocado sobre aquel delicioso postre. Dominantes y esclavas, hombres y mujeres, todos dieron buena cuenta del postre servido sobre el cuerpo desnudo de Eisha que, mal que le pesase, se sentía extrañamente excitada, no tanto sexual, como morbosamente. Sobre su piel percibía los lametones, los suaves mordiscos, los dedos acariciar su vientre para arrancar un poco de la nata montada antes de llevárselo a su boca.
Ya mucho tiempo después, en la soledad de nuestra casa, una vez duchados juntos, permanecíamos abrazados en la cama, ambos despiertos, ambos sin querer dormir.
–¿En qué piensas? –me preguntó ella.
Tardé un poco en responder.
–En la cena.
–¿Te gustó?
–Sí, mucho.
–Pues te recuerdo que yo apenas probé bocado. Y me he quedado con hambre.
La miré fijamente, pero ella, lejos de decir nada, metió la cabeza bajo las sábanas y se dispuso a prepararse su propia comida. Qué decir tiene, que me mostré más que complacido.
Era el principio de primavera y el día había resultado soleado y apacible. Ya a media tarde acudimos, mi esclava Eisha y yo, a casa de Cordelia para la cena que llevábamos semanas acordando y ya varias veces retrasada. Nosotros, por culpa del tráfico, llegamos algo tarde, pero nos tranquilizamos cuando descubrimos que los otros invitados no llevaban más de diez minutos en la casa.
Tras saludar a la anfitriona, su esclava, Diana, me arrebató a Eisha hasta una habitación para prepararla oportunamente. Allí ya estaba María José, la esclava de Ricardo.
Cordelia, Ricardo y yo mismo pasamos a la sala de estar donde nos echamos sobre un sofá. Allí ya había dispuesto, sobre una mesita de té, una bandeja con bebidas y otra con canapés de acompañamiento. No cogí más de un par, porque no quería perder el apetito. Además, estaba deseando que apareciesen las esclavas –especialmente la mía– y se estaban haciendo de rogar. Conocía el carácter rebelde de Eisha y por ello me preocupé un poco, por si su vergüenza pudieran jugarle una mala pasada, aunque quise darle el beneficio de la duda y no cuestionar su entrega. Hubiera sido insultante. Pero quisiera o no, no logré centrarme mucho en la charla entre los tres, insustancial por otra parte, por lo que no dejé de captar las miradas cómplices de los otros que adivinaban mi preocupación.
Aparecieron radiantes, las tres, pero sólo tuve ojos para una de ellas, mi Eisha. Llevaba un sedoso pantalón transparente que traslucía el fino tanga negro que llevaba debajo. Caminaba descalza, y, a la cintura, una cadenita fina de plata. Sobre el pecho, un chaleco azulado, a juego con el pantalón, chaleco abierto que permitía buen vistazo a sus pechos unidos entre sí por una cadena sujeta a los pezones mediante dos lazos. Y, en las muñecas, sendas muñequeras de cuero con argollas de metal prestas para darles un buen uso e inmovilizarlas.
Se adentró en la sala exhibiendo una amplia sonrisa, aunque también una mirada huidiza que se escurría entre mis ojos inquisidores y, desde luego, complacidos. Pasó por mi lado con no poca coquetería y descaro, se inclinó hacia delante para tomar una bandeja, se encaró hacia mí y se arrodilló sonrojada alzando la bandeja:
–¿Te apetece tomar alguno, mi Señor? –dijo entre unas risitas. Yo, naturalmente, tomé un canapé sin más deseos que el de devolver aquel exquisito y seductor gesto de mi esclava.
Las otras dos esclavas hicieron algo parecido. Quizás. No lo sé. Lo cierto es que tengo un vago recuerdo de que hubiera alguien más en la sala.
Ya más tarde, mientras Diana, supervisada por su Ama, daban los últimos toques a la preparación de la mesa en una sala contigua, más grande que la presente, me surgió un súbito deseo. Me excusé con Ricardo, con quien supuestamente estaba conversando, y salí al pasillo exterior. En aquel momento, Eisha estaba ayudando a Diana con sus tareas, habiendo dejado una jarra de agua en el salón comedor. Me sonrió con ternura y se giró para continuar ayudando en los preparativos, pero yo la detuve.
–¡Eisha!
–¿Sí, mi Señor?
Con pasos firmes, crucé la distancia que nos separaba y me quedé a su lado, aún sin decir más. Dudé unos instantes, pero por mi mente pasaron aquellas imágenes de Eisha días atrás, en una de nuestras sesiones, y también las que en aquel preciso momento presenciaba, con sus exultantes pechos, firmes y suaves, amenazando con asomarse por el exiguo chaleco que apenas cubría.
–¿Quieres algo, mi Amo? –me dijo en respuesta a mi silencio. Y así se decantó la balanza.
–Sí. Ven conmigo.
La tomé de la muñeca sin esperar su respuesta y la llevé conmigo a lo largo del pasillo, en dirección opuesta a donde estaba el comedor, Cordelia y las demás esclavas, deseando, más que nunca, huir de aquella casa. Abrí una puerta que encontré a mi paso, escogida casi al azar –sólo atraído por su aspecto mundano y vulgar– y, pasé dentro, aún arrastrando tras de mí a mi esclava.
La empujé contra la puerta ya cerrada, tanto para impedir el paso de nadie como, más acertadamente, por pura impaciencia. Sujeté sus muñecas aprisionadas por mis manos y nos besamos en una competición por descubrir quién de los dos deseaba más al otro. Nuestras lenguas se encontraron en la mitad de la nada y pronto arrastré los labios en su descenso por el cuello en la búsqueda de uno de sus puntos débiles, que tanto la excitaban sin remedio. No tardé mucho en soltarla, demasiado pendiente de aquellos huidizos pechos que pronto amasé con mis dedos y estrujé hasta lamer y mordisquear suavemente –pero tampoco demasiado–.
Su pantalón sedoso se convirtió en una prenda molesta, así como el fino tanga, coqueto antes e irritante ahora, buscando la forma de acariciar su sexo con dos dedos y recorrer el vello de su pubis recortado a lo brasileño.
–Amo… –susurró en voz baja.
–Shh, mi perrita, calla.
–Sí… sí… –pero sus palabras eran más gemidos que otra cosa y no me importó.
Nuestro abrazo se tornó más violento y salvaje; los labios, una búsqueda de puntos latentes y ocultos; las manos, cuatro enemigos que huían de la mutua compañía y ansiaban otras partes del cuerpo.
No tardé mucho en tenerla de espaldas a mí, inclinada hacia delante, apoyándose contra una pared y el culo en pompa, penetrándola o sometiéndola –¡no lo sabía ni me importaba!–, tomándola de la cintura para empujarla hacia mí –o yo impulsarme contra ella– una vez, y otra y…
Al correrme aplasté mi pecho contra su espalda, estrujándola con tal fuerza que temí partirla en dos, pero ella no se quejó, quizás, incluso satisfecha de mi súbito ataque de rabia, fuerza y energía. Ignoro si ella alcanzó el orgasmo también, pero no me importó mucho en aquellos momentos. Era mi momento y mi derecho, y, con su sonrisa dirigida a mí, quedó claro que, en un sentido u otro, también ella había disfrutado.
Más tarde, tras aquella escapada que, al menos en apariencia, había pasado desapercibida –o, cuanto menos, perdonada– por los demás, nos pusimos en torno a la mesa. Los tres Dominantes, sentados en las sillas. Nuestras esclavas, a los pies, arrodilladas en el suelo.
La comida fue ligera, algo protocolaria. Nuestra charla dejada llevar, entre bocado y bocado, al viento, como se solía decir. A mi lado notaba la presencia, a través de caricias y apretujones de la mejilla de Eisha contra mi muslo. Y, también, de tanto en tanto, algún movimiento demasiado descarado que se ganaba una mirada desaprobatoria por mi parte y una risita traviesa por parte de la suya en respuesta.
El largo mantel de tonalidad Burdeos me cubrió la vista de las otras esclavas pero, cuando vislumbré los semblantes casi hipnóticos y la tez un tanto ruborizada de Cordelia como Ricardo, en momentos distintos, no me costó mucho adivinar que sus respectivas esclavas debían estar tomando de igual modo su parte de la cena, aunque en un sentido menos literal.
Cuando terminamos el segundo plato y mientras hacíamos la sobremesa, las tres esclavas se ausentaron con algún propósito no aclarado. Algo tramaban, lógicamente, pero así debía ser. Formaba parte de la sorpresa, el juego y el morbo. Allá ellas con lo que fuera que estuvieran planeando.
Tras recibir algún aviso desde detrás de mí, Cordelia nos sugirió que pasásemos a tomar el postre a la sala que anteriormente habíamos abandonado. Por su mirada hacia mí, supuse que Eisha debía estar bien implicada. Eisha más postre. Más de una imagen pasó por mi mente.
Y tenía razón. Desnuda por completo, echada sobre una estrecha mesita de madera, Eisha permanecía tumbada boca arriba con sus brazos y piernas pegados al cuerpo y con su vientre, pechos y sexo cubiertos por un sugerente dibujo hecho con nata montada y gajitos de chocolate y fruta confitada. Temblaba ligeramente y una sonrisita nerviosa brotó de sus labios húmedos apenas cruzamos el umbral. Desvió la cabeza en nuestra dirección y, apenas posó los ojos en mí, esbozó una nueva sonrisa, esta vez más amplia y más radiante. Si antes su rostro estaba colorado en un fuerte contraste con la palidez de su piel, ahora se había encendido hasta tornarse de un intenso granate.
–¿Haces el favor? –me indicó Cordelia señalando con la mano a mi esclava–. Puedes empezar cuando gustes.
Incliné respetuosamente la cabeza y me adelanté. Deslicé los dedos por los cabellos de Eisha, me incliné y aproximando mi boca, tomé un trocito de chocolate con los dientes, para conducirlo hasta los labios de Eisha y, simultáneamente, ambos mordimos y nos quedamos con un extremo cada uno.
Tras este primer paso de apertura, los demás se aproximaron y me imitaron, dando buena cuenta de cada bocado sobre aquel delicioso postre. Dominantes y esclavas, hombres y mujeres, todos dieron buena cuenta del postre servido sobre el cuerpo desnudo de Eisha que, mal que le pesase, se sentía extrañamente excitada, no tanto sexual, como morbosamente. Sobre su piel percibía los lametones, los suaves mordiscos, los dedos acariciar su vientre para arrancar un poco de la nata montada antes de llevárselo a su boca.
Ya mucho tiempo después, en la soledad de nuestra casa, una vez duchados juntos, permanecíamos abrazados en la cama, ambos despiertos, ambos sin querer dormir.
–¿En qué piensas? –me preguntó ella.
Tardé un poco en responder.
–En la cena.
–¿Te gustó?
–Sí, mucho.
–Pues te recuerdo que yo apenas probé bocado. Y me he quedado con hambre.
La miré fijamente, pero ella, lejos de decir nada, metió la cabeza bajo las sábanas y se dispuso a prepararse su propia comida. Qué decir tiene, que me mostré más que complacido.