martes, 12 de mayo de 2009

POR LA MAÑANA

Es buena mañana, demasiado temprano, pero aquí estoy, junto el alféizar de la ventana contemplando el espléndido paraje en el que estoy refugiado este fin de semana.

A través del cristal empañado por el rocío, descubro los árboles cercanos por donde corretea una traviesa ardilla. Más allá, se abren arbustos y lechos de flores que impregnan el aire de suaves fragancias que me retrotraen a mi infancia en la casa de campo, cuando la vida era más sencilla y mis padres vivían.

En mis manos sostengo una taza de café aún humeante, que sólo llevo a mis labios de tanto en tanto, prevenido ante su calor. El sorbo me llena por dentro y me despierta una energía y deseos que por tiempo creí no tener. Miro el cielo y escucho la promesa de que aquel será un día magnífico. Yo, para nadie, asiento y me comprometo a que así sea.

Pasará bastante tiempo antes de que me gire. Allí, al otro lado de la habitación, se haya una cama cuyas sábanas y mantas han sido arrancadas y colocadas de cualquier manera, formando una abrupta cordillera donde descansa una figura femenina cuya silueta conozco a la perfección. Yace boca abajo, agotada por aquella noche compartida conmigo. En sus nalgas aún se aprecian las huellas de una fusta que describió largas parrafadas sobre su piel, como si mi mano fuera la de un escritor, la vara una afilada pluma y su cuerpo un bronceado pergamino.

Está despierta. Me mira y, aunque buena parte de su rostro permanece oculto, sé que está sonriendo.