sábado, 16 de mayo de 2009

UN SEGUNDO ANTES

Desnuda, arrodillada y postrada, así la tengo ante mí.

Llevamos largo rato sin movernos. Yo de pie, cruzado de brazos y mirándola con semblante serio. Ella a mis pies, temblando suavemente sin alzar la vista temerosa de encontrarse con mis ojos.

Es media tarde de un domingo y no hay coches que molesten en su tránsito. No hay vecinos con sus televisores a pleno volumen. No hay perros ladrando al aire. Solos ella y yo. Solos los dos. El Amo y la esclava. Ella y yo.

Adivino sus pensamientos. Con las nalgas apoyadas en los talones, las manos con las muñecas cruzadas a su espalda, su cuerpo inclinado hacia delante hasta que su frente casi roza el suelo y el cabello cayendo a ambos lados de su rostro, protegiéndola de mi escrutinio, aquella mujer ha abandonado los primeros minutos de excitación por la de confusión y sorpresa. Su mente arde de deseos de conocer mis próximas palabras; su piel palpita con la proximidad de mis manos; su sexo ha secado hacía rato el inicial hambre y ahora se ha adormecido.

Y yo, que podría azotarla, que podría penetrarla, que podría humillarla, me quedo de pie, altivo, poderoso, fuerte, dominante, preguntándome cuán altivo, poderoso, fuerte y dominante quiero, puedo, deseo ser. No tiene cadenas, no tiene cuerdas y podría levantarse y decirme vivamente: “Alto”. Y yo no podría retenerla. Soy su Amo porque ella desea ser mi esclava. Y, viéndolo al revés, ella es mi esclava sólo porque deseo ser su Amo.

Mis zapatos crujen cuando rodeo su cuerpo. Es el primer sonido que escucha en largo tiempo y no resulta ser su ahogada respiración o los latidos irregulares de su corazón. De nuevo recupera las preguntas que antaño se hiciera. ¿Qué haré con ella?. ¿Será excitante?. ¿Será doloroso?. ¿Será humillante?.

Ante mí se deslizan docenas de posibilidades. La tengo, hoy por hoy, a mi disposición. Como una moneda que se puede deslizar entre los dedos de un habilidoso tahúr, el futuro próximo se contorsiona ante mis ojos imaginativos, viéndola, sintiéndola de muchas formas: atada en forma de cruz a la cabecera de una cama con un vibrador que no conoce descanso ni tregua; su cuerpo a cuatro patas para que me sirva como apoya pies; sus nalgas enrojecidas por los azotes continuos; su sexo y ano utilizados para mi placer sexual hasta quedar satisfecho. Todo ello y más podría acontecer. Son muchos los futuros posibles, todos deseados en sus distintas formas, y todos ellos míos.

Porque para eso está ella aquí y ahora, desnuda y sometida, para complacerme y disfrutar de la sensación de abandono de sí misma, con la excitación del juego que implica un desconocimiento casi absoluto de lo que vendrá a continuación, del deseo de pensar en ser de alguien con un sentido más que metafórico.

Situado a sus espaldas, sigo sin decir nada. Es mi pequeña caja de sorpresas, un regalo que promete mil emociones hasta el momento en que sea abierta.

Pronto me decido por una de mis opciones, por saciar uno de mis deseos que me ha surgido en aquel instante, pero ahogo las palabras en mi boca y no digo nada. Todavía quiero saborear aquel instante, aquella visión de su cuerpo echado a mis pies, deseando… si, deseándolo intensamente, satisfacerme, complacerme, entregada a un placer prohibido para muchos. Ella es mía. En aquel momento, en esos segundos, es mía, la poseo, la tengo. Palpo el poder por poseer un cuerpo distinto al mío, de disfrutar con su piel sin impedimento alguno, con su obediencia a mis instintos salvajes, y cada uno de nosotros saboreando el placer del abandono: el mío, es el abandono a mis deseos; el suyo, es el placer a abandonar su libertad.

En un segundo esta emoción ancestral desaparecerá. Daré una orden y seré obedecido. El placer será distinto. Ni mejor ni peor. Sólo distinto.

Pasa el segundo y doy mi orden.