Apenas te veo marcharte escaleras abajo ya siento tu ausencia. Hemos estado más de tres horas juntos, toda la tarde, pero han sido instantes en el tiempo que mide mi corazón y los cinco segundos que hace que sonó el golpe en la puerta me han arrebatado ya dos años y medio.
Aún sostengo en mis manos tu collar de sumisa. Te lo quité y acto seguido te marchaste, con tu mirada a la vez triste y candorosa. Me sonreíste, me besaste en los labios –un beso tan suave como rápido– y te marchaste.
Era necesario, supongo. Pero cada vez, cuestiono más y más ese pensamiento. Cada vez más, me doy cuenta de que tu presencia llena mi casa y tu marcha me vacía por dentro.
Tendría que avergonzarme, pero no lo hago. Estoy a solas y nadie puede ver como me acerco con mirada triste al balcón para ver como te alejas de mí y cómo desapareces al doblar la esquina.
Por un segundo siento deseos de llamarte y hacerte regresar. Sería sencillo. Pero no lo hago. Tampoco importaría. Tengo tu número de móvil. Y el de tu casa. Y tu dirección, y tu lugar donde trabajas.
No estoy seguro de qué me sucede.
Quizás sea esa mirada tuya la que tanto me perturba. Sucedió la vez anterior, y también hoy. ¿Lo recuerdas? Sé que sí. Es una mirada que, de rodillas me pidió... no, me suplicó con lágrimas en los ojos, que te diera unos azotes con la fusta. No puedo evitar desviar mis ojos a aquel instrumento negro que ahora reposa sobre una silla. Fue tan profundo tu deseo que no tuve fuerzas para negártelo. El único problema es que aquella mirada era sincera, tanto como la certeza de que los azotes te son insoportables, aterradores. Y aún así me lo pediste. No necesito preguntarte el porqué. Tu mirada me lo gritaba.
Y ahora que ha quedado todo atrás, la merienda que me serviste con tu uniforme –el pequeño delantal de tela blanca y borduras de encaje, las esposas en los tobillos, el collar unido a una larga correa retráctil que yo siempre sostenía–, la charla sobre el libro que ambos estamos leyendo, tu próximo examen que tanto se te atraganta, es cuando me veo reflejado en la soledad de cada habitación vacía y siento el eco de tus pisadas, la tenue luz impregnada en cada esquina, la calidez en las correas que te maniataron. Incluso siento vergüenza por atarte. Es tanta tu entrega que sé positivamente que no hay cuerda ni cadena que supere a tu decisión de obedecerme ciegamente. ¿Para qué atarte pues? No hay razón.
Veinte minutos después de que te fueras aún permanezco apoyado en el marco de la ventana. Diría que por tomar el aire, pero sé que no, puesto que no he desviado la mirada de la esquina que te vio partir.
Y también es ahora que nadie me oye cuando tengo fuerzas para cuestionar quién necesita más a quién.
Cuando murmuro tu nombre, siento miel en los labios.
Aún sostengo en mis manos tu collar de sumisa. Te lo quité y acto seguido te marchaste, con tu mirada a la vez triste y candorosa. Me sonreíste, me besaste en los labios –un beso tan suave como rápido– y te marchaste.
Era necesario, supongo. Pero cada vez, cuestiono más y más ese pensamiento. Cada vez más, me doy cuenta de que tu presencia llena mi casa y tu marcha me vacía por dentro.
Tendría que avergonzarme, pero no lo hago. Estoy a solas y nadie puede ver como me acerco con mirada triste al balcón para ver como te alejas de mí y cómo desapareces al doblar la esquina.
Por un segundo siento deseos de llamarte y hacerte regresar. Sería sencillo. Pero no lo hago. Tampoco importaría. Tengo tu número de móvil. Y el de tu casa. Y tu dirección, y tu lugar donde trabajas.
No estoy seguro de qué me sucede.
Quizás sea esa mirada tuya la que tanto me perturba. Sucedió la vez anterior, y también hoy. ¿Lo recuerdas? Sé que sí. Es una mirada que, de rodillas me pidió... no, me suplicó con lágrimas en los ojos, que te diera unos azotes con la fusta. No puedo evitar desviar mis ojos a aquel instrumento negro que ahora reposa sobre una silla. Fue tan profundo tu deseo que no tuve fuerzas para negártelo. El único problema es que aquella mirada era sincera, tanto como la certeza de que los azotes te son insoportables, aterradores. Y aún así me lo pediste. No necesito preguntarte el porqué. Tu mirada me lo gritaba.
Y ahora que ha quedado todo atrás, la merienda que me serviste con tu uniforme –el pequeño delantal de tela blanca y borduras de encaje, las esposas en los tobillos, el collar unido a una larga correa retráctil que yo siempre sostenía–, la charla sobre el libro que ambos estamos leyendo, tu próximo examen que tanto se te atraganta, es cuando me veo reflejado en la soledad de cada habitación vacía y siento el eco de tus pisadas, la tenue luz impregnada en cada esquina, la calidez en las correas que te maniataron. Incluso siento vergüenza por atarte. Es tanta tu entrega que sé positivamente que no hay cuerda ni cadena que supere a tu decisión de obedecerme ciegamente. ¿Para qué atarte pues? No hay razón.
Veinte minutos después de que te fueras aún permanezco apoyado en el marco de la ventana. Diría que por tomar el aire, pero sé que no, puesto que no he desviado la mirada de la esquina que te vio partir.
Y también es ahora que nadie me oye cuando tengo fuerzas para cuestionar quién necesita más a quién.
Cuando murmuro tu nombre, siento miel en los labios.